

Fotografiar lo que queda: una conversación con Manuel Bayo Gisbert
Por Andrea Fajardo
«La fotografía no apareció en mi vida como una elección calculada, sino como un modo de sobrevivir a preguntas de las que no tenía respuesta». Con esta confesión, Manuel Bayo Gisbert habla de su trabajo en la fotografía no como una serie de pasos y metas previstas, sino como un aprendizaje constante y a tientas. Para él, la cámara nunca ha representado un instrumento que colecciona imágenes estéticamente armoniosas, sino una herramienta para analizar lo que se esconde detrás de las fachadas. En sus palabras «fotografiar se parece más a escuchar». Capturar aquello que no se dice, que puede resonar en el silencio pero que se mantiene vivo en la memoria.
Manuel nació en México y ha trabajado principalmente en fotografía documental, investigación y creación artística con un mismo pulso: entender las raíces de la violencia en su país. Partiendo de preguntas íntimas que lo han empujado a mirar otros territorios incómodos, a explorar el vacío que dejan las ausencias y a reconocer la fragilidad de la memoria colectiva, ha expuesto en distintos espacios dentro y fuera de México.
Recientemente, presentó la expo ECOS, una muestra colaborativa en la galería Leche Negra de la Ciudad de México, junto a Graciela Iturbide y Musuk Nolte. Una propuesta de exposición donde las imágenes no representan evidencias duras de temas como la desaparición forzada, sino que se vuelven resonancias: paisajes, huellas y objetos para evocar la ausencia. «No busco respuestas —asegura— sino espacios donde esa ausencia pueda sentirse, aunque sea por un pequeño momento».
En esta entrevista, hablamos con Manuel sobre una práctica que transita entre el registro y la intuición, entre la ética del documental y la sensibilidad del acto creativo. Un ejercicio que ejecuta sin la promesa de certezas y soluciones, sino para abrir nuevas grietas y preguntas en un país atravesado por la violencia.
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Vist: ¿Cómo llegaste a la fotografía? ¿Hay algún momento, anécdota o imagen que te haya dado el impulso para trabajar con las imágenes?
Manuel: Originalmente, estudié cine en el CCC (Centro de Capacitación Cinematográfica, Ciudad de México) con un impulso inicial de hacer películas. Pero pronto noté que el sistema estaba muy limitado, que el cine documental quedaba siempre como relegado. También me faltaban recursos y terminé inclinándome hacia la fotografía casi de manera natural. Al principio no tenía referencias ni formación, hacía fotos sin entender del todo qué estaba buscando y mi camino fue un poco sui géneris.
En 2020, en medio de la pandemia, fui secuestrado por un cártel en las afueras de Ciudad de México. Estaba con la que era mi novia en ese momento, en un pueblo a las afueras. Lo que recuerdo es que de repente llegaron cinco hombres armados, nos subieron a un coche y nos llevaron a pedir rescate a nuestros familiares, quienes obviamente no contaban con ese dinero. Pero por razones que hasta el día de hoy no entiendo, nos dejaron ir. Todavía me resulta extraño recorrer caminos rurales o ver las montañas y recordar eso.
Menos de 20 días después regresé a ese mismo lugar. Ahí tomé una primera foto después de lo que pasó. Es esta foto del caminito que abre la exposición de ECOS. Para mí fue como un intento de entender lo que nos había pasado a través de la imagen. No sé si realmente entendí, pero algo de mí se reconoció en esa foto. Desde entonces, sigo buscando sentido a través de la cámara.En ese momento tenía herramientas técnicas, pero ningún rumbo claro. La fotografía se volvió entonces como un machete para abrirme camino, para darle significado a eso que había vivido. Fue mi forma de responder preguntas que quizás son más espirituales, históricas, socioculturales… sobre lo que me había pasado y sobre la violencia en general en este país.
Con el tiempo entendí que al llegar a lugares como Guerrero [donde empezó a investigar sobre la violencia en México] lo hacía con una intención revolucionaria de denunciar y resolver cosas. Pero la fotografía me fue enseñando que no podía resolver nada fuera de mí si primero no resolvía lo que tenía dentro. Ahora creo que, si logro procesar esa experiencia, quizás eso tenga sentido para alguien más. Aunque no ofrezca respuestas claras, al menos abre preguntas que permiten transitar mejor la historia de este continente tan complejo.


V: ¿En qué momento decidiste dejar de ver esta experiencia como algo privado y empezar a compartirlo en un proyecto o una serie fotográfica?
M: Desde el inicio, cuando eso pasó, sentí que quería construir una genealogía de la violencia, una forma de mapear todo eso que nos atraviesa como país[1] . Al principio era yo solo con mi cámara, sin saber qué estaba haciendo realmente. Veo incluso las fotos de esos primeros seis o siete meses y me pregunto: “¿Quién tomó esto?”. No tenía nombre, ni plataforma, ni experiencia; tenía 21 años y actuaba en automático.
Pero con el tiempo el proyecto creció y aparecieron nuevas necesidades. Primero, entender otros casos más allá del mío. Llegué a Guerrero y me encontré con toda la herencia de la Guerra Sucia, todas las desapariciones forzadas cometidas por el Estado en ese tiempo –por ahí de los 60 y 70–. Estoy convencido de que ahí está una violencia primigenia de este país y eso me abrió la mirada a otras historias.
También ahí surgió la necesidad económica y esto de la validación. No puedes pedirle a alguien que te comparta algo tan íntimo y doloroso si “no eres nadie”. Así que empecé a buscar espacios donde el proyecto pudiera ser visto, aunque los apoyos económicos, la verdad, han sido casi nulos.
Hablar de estas cosas en México es bastante problemático. El sistema de estímulos culturales difícilmente apoya proyectos críticos que cuestionan a todos los gobiernos de los últimos 60 años. En el mundo del arte y del periodismo hay como cierta resistencia para ir a la raíz de este problema. Se reporta el presente como algo aislado y momentáneo, muchas veces sin citar toda la historia detrás que explica este presente. Yo intento buscar justo lo contrario: trazar de alguna forma esa genealogía que conecte la violencia de hoy con la de ayer.
V: En tu trabajo es bastante visible una resistencia a ciertos formatos tradicionales del fotoperiodismo o de la foto documental. ¿Cómo elaboras esos gestos estéticos para contar historias tan duras con un lenguaje que pueda ser más poético?
M: No estoy seguro, la verdad. Tampoco estoy seguro de sentirme fotoperiodista. Lo que hago sí tiene relación con el periodismo, pero soy bastante ineficiente como periodista. No me interesa hacer la nota, ni ilustrar hechos inmediatos.
Lo que ha guiado mi trabajo son emociones: un dolor profundo, un enojo contra el Estado mexicano y contra el sistema capitalista. Mis fotos son una manifestación física de cosas que siento. La propuesta estética no es planeada en realidad, surge en el proceso. Con el tiempo se volvió más consciente, claro, pero al inicio simplemente fluía.
Creo que cada imagen es un territorio emocional que exploro. Por eso, aunque digo que mi proyecto es una cartografía de la violencia y todo eso, en el fondo también es una cartografía de mi propia condición y mi propia historia.


V: Al trabajar con estos temas o historias que están atravesadas por mucho dolor y que también son difíciles de procesar con las familias involucradas, ¿cómo ha sido tu experiencia en términos de seguridad y salud mental?
M: Creo que, definitivamente, la violencia te destruye. Cinco años después de lo que pasó, todavía siento que sigo reconstruyéndome. Y duele ver cómo mi país, Latinoamérica y el mundo entero, siguen hundidos en procesos de colonización y violencia todo el tiempo. Yo soy apenas un pelo dentro de ese pelaje.
En lo mental ha sido muy difícil. Este trabajo no paga de manera justa, casi siempre es autofinanciado, solidario, cuesta arriba. Eso genera mucho desgaste y ansiedad. Estar tan cerca del dolor también es devastador, pero a la vez da mucha fuerza ver la resistencia de las familias: cómo buscan a sus hijos, cómo siguen de pie. Eso duele y al mismo tiempo te revitaliza.
No existen protocolos de seguridad suficientes. He estado en lugares extremadamente peligrosos y hay momentos en los que solo queda encomendarse a Dios, yo creo, y esperar genuinamente poder regresar. Eso también afecta las relaciones personales, amistades, parejas. No todos quieren ni pueden cargar con lo que uno ha visto.
Saber lo que sé, vivir lo que viví y haber estado cerca de estas familias a veces se siente como un atentado contra mi derecho a la paz. Y sin embargo, tengo que cargarlo para intentar recuperar mi dignidad y ayudar a que otros recuperen la suya, con verdad, justicia y memoria.
Pienso mucho en los campesinos guerrilleros de los 60 y 70, por ejemplo. Muchos no sabían leer ni tenían formación política, pero lucharon con una dignidad enorme contra el Estado, el ejército y los sistemas de seguridad. Me parece uno de los ejemplos más grandes de dignidad que ha dado México. Ese tipo de historias me inspiran a seguir caminando, aunque ahora la situación sea muy triste. Después de mi secuestro, contacté a la Brigada Internacional de Paz y me vincularon con familias de personas desaparecidas. Me encontré con miles de personas dispuestas a contar su historia, a ayudarme a entender, a abrazarme. En un país donde ya se ha perdido tanto, la gente no tiene nada que temer ni que ocultar.
V: Expusiste parte de tu trabajo Monument –sobre desaparición forzada y familias afectadas por la violencia– en un espacio del Congreso de los Estados Unidos; también has llegado a colaborar con plataformas como The New York Times. ¿Qué ha implicado para ti mostrar este trabajo en espacios que, de alguna manera, están ligados al poder? ¿Cómo dialogas con esos espacios para contar estas historias y evitar la instrumentalización o la revictimización?
M: Al final, yo creo que todo es mediación. Las grandes plataformas tienen la tarima y la capacidad de amplificar, y no podemos renunciar a eso. Al mismo tiempo, hay que ser cuidadosos. La pregunta es: ¿cómo nos paramos ahí para que nos escuchen sin que nos instrumentalicen?
Pienso que son vitales las radios comunitarias y los circuitos locales, pero a través de esas audiencias las historias no siempre llegan a quienes pueden y deben incidir para cambiar la situación. Por eso a veces hay que “dar un brazo a torcer”, ¿tal vez? Entrar en la tarima grande para intentar que parte de este mensaje salga de esa burbuja informativa. Hay riesgos de que la pieza termine pudriéndose dentro del aparato o termine reducida a un símbolo; por eso hay que medir, documentar con dignidad y vincularse honestamente con las personas.
No se trata solo de hablar el lenguaje del poder, ni de aceptar sus lógicas sin la crítica. Es aprender a traducir nuestra verdad para que atraviese distintos públicos y, con responsabilidad, usar ese acceso o ese “pase” para abrir diálogos que puedan tener consecuencias reales y posibles soluciones.


V: Cuéntame sobre la expo ECOS. ¿De qué se trata y cómo fue establecer ese diálogo intergeneracional con Graciela Iturbide y Musuk Nolte? ¿Qué aspectos crees que comparten sus obras con la tuya? ¿En qué te desafió o te inspiró esta experiencia?
M: Graciela siempre fue una meta y una base para mí: siento que muchos fotógrafos en este país construimos sobre lo que ella hizo. La historia del arte funciona así, como capas que se superponen. Y pararme sobre ese suelo fue importante. Es una vergüenza que en 1979 ya existieran fotografías sobre estos problemas de violencia y que hoy sigamos sin resolverlos; la situación, incluso, empeora cada vez.
ECOS es una expo pequeña, que tampoco pretende dar soluciones. Su aporte es más hacia abrir un diálogo intergeneracional y transnacional. Mostrar juntas estas obras permite ver patrones en el continente, no son casos aislados. Hay una lógica sistemática y un capitalismo necropolítico que afecta a varios países de Latinoamérica. Cruzar miradas —en este caso Graciela, Musuk y yo— creo que ayuda a detectar esas recurrencias y a plantear preguntas en común.
Fue un ejercicio de reconocimiento, de hacer contemporáneo lo que nos antecede y de buscar puntos de encuentro más que respuestas definitivas. La curaduría también ayudó mucho a articular ese cruce.
V: ¿Qué preguntas crees que te quedan por resolver y qué otros lenguajes quisieras explorar? ¿Cómo ves el futuro de tu trabajo y qué estás haciendo ahora en ese sentido?
M: Me preocupa mucho la permanencia: no existe un marco claro para preservar este tipo de trabajo ni las historias de las personas que me abrieron sus casas. Me pregunto cómo podemos hacer para que estas narrativas no queden olvidadas con nosotros. Graciela dejó una huella en la historia del arte, por ejemplo. Mi inquietud ahora es ver cómo puedo preservar este archivo para la posteridad.
En lo inmediato, estoy explorando más con el cine. Acabo de terminar una película que se estrenará pronto y quiero también hacer instalaciones, otro documental y algún día ficción. Hay muchos proyectos en puerta, solo que hay pocos espacios.
Lo que más me inquieta es la fragilidad de estos tiempos: vivimos en contextos represivos y cualquiera puede desaparecer. Esa realidad me obliga a pensar en la preservación, la seguridad y las formas de cuidado de estos archivos como urgencias estratégicas para no olvidar.






