Ilustración - Florencia Merlo
Tania Pleitez Vela
El Salvador -
julio 15, 2021

Arqueologías

 

1. Remiendos

 

Preguerra. Así se llama una serie de poemas sobre mi niñez en los años 70 en El Salvador, país que en la actualidad es catalogado como uno de los más violentos del mundo. El título del libro deriva de “El payaso y la filosofía”, ensayo de María Zambrano publicado en 1957. El ensayo, entre otras cosas, dice lo siguiente: “Recuerdo al viejo Grock haciendo sonreír a una multitud inmensa de todas las edades y clases sociales en el Circo de Price, de un Madrid ya angustiado, en ese período más angustioso aún que la posguerra, que es la preguerra. (Del que no sé por qué no suele hablarse nunca)”. Si bien es cierto que he conocido la preguerra, guerra y posguerra de mi país, los recuerdos más nítidos de la violencia que arraigaron mi sentir por el mundo, mi silencio meditativo, son aquellos que se han quedado navegando en ese bloque de infancia. Potentes filamentos de la memoria que marcan las vicisitudes de mi cuerpo adulto.

Mi niñez en la preguerra salvadoreña fue testigo de fotografías de desaparecidos, estallidos de bombas, toques de queda, discursos de militares en la televisión, manifestaciones violentamente reprimidas, compañeros de escuela de tan solo ocho años que querían matar a “comunistas y mariquitas”; pero también fue testigo de susurros, silencios impuestos, preguntas sin responder. En uno de mis poemas caracterizo al tenso silencio que me rodeaba como un “agrio y rancio cascarón”. En ese ambiente, mi resistencia provenía del color pastoso que me ofrecía el trópico y las palabras sonoras de los relatos de mamá. Esos eran mis “remiendos de dicha”. Sin embargo, la niña que aparece en el poemario, atraviesa el campo de la angustia y, a pesar de ser pequeña, intuye la llegada de la oscura noche de la historia, como diría Pasolini. La cita de Zambrano que abre el libro evidentemente refleja esa lectura: la angustia de la preguerra. En ese sentido, quise expresar que soy parte inseparable de ese ánimo en ruinas, histórico, colectivo, aunque a nivel individual, muchos años después, haya reconstruido mi vida en otro país. He aprendido a manejar, “con grotesca gracia”, otras violencias, pero sigo siendo “la gota que sin desprenderse del lago se sabe gota”.

2. Tránsitos de cuerpos pequeños

La infancia es uno de los tópicos más recurrentes de la literatura. Es una especie de pantalla en la que se proyecta la subjetividad adulta: miedos, ansiedades, roturas afectivas, deseos. Dicen Deleuze y Guattari que el adulto suele ser capturado en un bloque de infancia, sin dejar de ser adulto; o viceversa, el niño puede ser apresado en un bloque de adulto sin dejar de ser niño. ¿Cuándo una niña que atestigua una masacre nombra el mundo como adulta? ¿Cuándo un adulto desolado decide imaginar el presente con la potencia de un niño para sobrevivir sus pérdidas en entornos desgarrados? La frontera es delgada y, al parecer, ambos espacios operan en estricta proximidad. Ahora bien, ¿existe una diferencia entre niñez e infancia?

La socióloga Iskra Pavez Soto se refiere a la complejidad social y etimológica respecto a los conceptos de infancia y niñez. Afirma que infancia proviene del latín infantia, “cuyo significado alude a la incapacidad de hablar”; así, los înfâns o înfantis son definidos como “aquellos que no tienen voz”. Si nos adscribimos a la sociología, la infancia se referiría a una condición social derivada de una construcción cultural e histórica diferenciada y caracterizada por relaciones de poder, es decir, se ubicaría en un mundo marcado por oposiciones binarias que silencian o minimizan su voz frente a la voz adulta. La niñez, en cambio, abarcaría al grupo de personas o sujetos que se desenvuelven en el espacio social. No obstante, en la literatura, propiamente, la infancia también implica ciertos tópicos, como la utopía del adulto, la memoria, la etapa mágica de la niñez, la pérdida de la inocencia, el paraíso perdido por la imposición del mundo de los adultos, etc.

En pocas palabras, la noción de infancia en la mayoría de los discursos literarios y culturales se perfila como una invención o proyección adulta. Y si bien ha sido imaginada, simbolizada, también ha sido excluida de lo público y, por lo tanto, tradicionalmente no ha sido reconocida como una voz ciudadana. En los últimos años, la geografía, la sociología y la antropología dieron un giro crítico para considerar la subjetividad y actoría política de la niñez y adolescencia. Así, han problematizado cómo, históricamente, sus subjetividades se han aminorado mediante una construcción social que correlaciona la infancia con la fragilidad y la pasividad. Este giro crítico sostiene que la niñez, en realidad, observa el mundo, acumula experiencias y conocimientos, tiene capacidad de respuesta, imaginación y resistencia. Son, pues, actores en el espacio socio-político: tienen agencia. Lo anterior se ha trasladado a la crítica literaria y cultural, que se ha detenido en su representación en diversos textos, por ejemplo, la niñez indigente desenvolviéndose en el espacio público, pequeños cuerpos simbolizando acciones contestatarias y de denuncia.

Es así como, según Catherine Coquio, de la escritura de la memoria brota la figura del niño/niña-testigo, sobre todo en situaciones históricas particularmente traumáticas, lo que conlleva a la imagen del niño/niña como resistente.

3. Escarbar

Dice Walter Benjamin que la memoria no es un instrumento sino un espacio que, sin embargo, no hay que recorrer horizontalmente, tal si fuera una ciudad, sino más bien uno que hay que escarbar. Como una acción arqueológica, hay que descender por su espesor, encontrar los vestigios. La memoria es dinámica porque significa el presente y, para que tenga sentido, hay que traerla al hoy. Pensé en esta poderosa imagen, la de remover la tierra de la memoria, cuando leí un poema de William Archila (1968), salvadoreño que con 12 años migró a los Estados Unidos. En “Bury This Pig” [Entierra este cerdo], incluido en The Art of Exile (2009), el poeta rememora su infancia mediante un episodio escalofriante. En El Salvador, junto a sus amigos, solía escalar la ladera detrás de un campo de maíz. Una mañana encontraron una “cosa” muerta ceñida en una zanja; creyeron que era un cerdo descuartizado. El niño William, recordado por el bloque de su adulto, imaginó la muerte del animal: “los huesos se deshacen en el suelo, abiertos / al tajo y al desgarro de las manos humanas: / carne de cerdo y manteca de cerdo, patas delanteras, lomo de cerdo cortado en trozos, / un órgano engordado y descuartizado”. Durante semanas, los niños acudían a ver los restos del animal: “gusanos / robando el gris del cerebro, / cada vez, otro niño descalzo / sondeando la cuenca del ojo con un palo”. Finalmente, un día decidieron enterrarlo, de una vez por todas, y llegaron al lugar con picos, barras y palas. Fue en ese momento que oyeron el grito de guerra que emanaba de la tierra:

¿Cómo iba a saber

que estarían enganchados, mutilados,

los hocicos aplastados contra la pared,

sus cuerpos descorchados en el suelo?

¿Cómo iba yo a saber

que enterraría a este cerdo, roca sobre roca?

El adulto Archila y el niño William se funden en el gesto poético: al remover la tierra de las fosas de desaparecidos, se llega a la entraña de la memoria.

Quienes nos fuimos, quienes se quedaron: llevamos rastros de ceniza en las manos de tanto escarbar.

4. Desasosiego

La fotógrafa y periodista Donna de Cesare ha documentado la realidad salvadoreña desde la guerra civil, en los años 80, hasta la emergencia de las llamadas maras, en los años 90. En los últimos años, ha continuado retratando la compleja cotidianidad de las familias de las pandillas, tanto en El Salvador como en Estados Unidos e Italia. En el verano de 2018, Donna estuvo de visita en Barcelona y compartimos profundas conversaciones sobre el problema de la violencia ejercida por las maras, la cual se materializa en extorsiones, el tráfico de drogas y asesinatos. Después de los Acuerdos de Paz, firmados en 1992, los gobiernos no resolvieron de raíz los problemas socio-económicos que causaron la guerra. La persistente desigualdad, la llegada del neoliberalismo feroz, el sustrato de la herida colonial que nunca ha dejado de palpitar, la política de “borrón y cuenta nueva”, entre otras cosas, contribuyeron a crear las condiciones para que miembros de pandillas deportados desde los Estados Unidos, en los años 90, encontraran tierra fértil para desarrollar una estructura de crimen organizado. Ante un futuro sin futuro, niños y jóvenes de barrios precarizados se sintieron atraídos por la vida de las pandillas. Sin embargo, a menudo se suele simplificar y exacerbar el estigma en torno a estos jóvenes.

Como dice Donna, en su libro Unsettled. Children in a World of Gangs / Desasosiego. Niños en un mundo de pandillas (2013), “los legados de brutalidad, impunidad y supresión de la memoria son parte de las cuentas no saldadas. El daño acumulado subyace a las nuevas formas de violencia, corrupción e injusticia que la gente joven de la generación de posguerra […] tiene que confrontar”.

Me detengo minuciosamente a observar las fotografías de Donna: una niña mira el cuerpo de un hombre asesinado por los escuadrones de la muerte en los años ochenta; “Gustavo” aparece en un campo guerrillero junto a su fusil, al que decidió unirse después de que sus padres fueran asesinados por el ejército; niños de ocho años muestran sus tatuajes de afiliaciones a pandillas, marcas que los convierten en blancos de clicas enemigas y de escuadrones de limpieza social; un niño de no más de diez años llamado “Baby Bugsy” muestra su señal de pandilla; “Esperanza”, una niña de tres años, abriga a un pájaro entre sus manos, al que ha llamado como a su tío adolescente, quien utiliza una silla de ruedas por el disparo recibido de pandilleros rivales. Las fotografías resumen nuestra historia de la violencia repartida en pequeños cuerpos que transitan despojos de vida.

María José Punte, autora de La topografía del estallido (2018), afirma que es necesario contextualizar a la niñez en las historias nacionales, brindarles un lugar, ya que es precisamente esa historia la que “los ha sacado de toda noción segura de casa”. Pero no solamente por las guerras o el terrorismo de Estado, sino también por el modelo de sociedad polarizada y empobrecida que continuamente se acrecienta, tal y como sostiene la socióloga Sandra Carli. Se debe, pues, revisar la forma en que se criminaliza a niños, niñas y adolescentes en un país que les ofrece muy pocas oportunidades de desarrollo. En otras palabras, desestigmatizar, disputar la idea unívoca, homogénea, con que se ha construido a estos “hijos” de la violencia. A veces son víctimas, a veces verdugos, o tal vez ambas cosas al mismo tiempo. Adolescentes pandilleros y jóvenes sicarios: son la pesadilla de la población civil salvadoreña, pero, en algunas ocasiones, también son el chivo expiatorio de una política que busca una coartada para expandir y fortalecer medidas represivas. En no pocas ocasiones esto se traduce en arrestos arbitrarios de jóvenes inocentes.

Autonombrándose con un verso de “Poema de amor” de Roque Dalton, “Los siempre sospechosos de todo” es un movimiento integrado por familiares de adolescentes detenidos ilegalmente por instituciones de seguridad pública; también lo conforman jóvenes, activistas, artistas y abogados. La iniciativa combina performances artísticas a las puertas de la Fiscalía General con una intensa campaña de denuncias relativas a detenciones policiales arbitrarias y juicios opacos. Además, entre 2009 y 2016 se registraron 11,252 denuncias sobre desapariciones; 3 de cada 10 desaparecidos eran menores de 18 años. El documental de Marcela Zamora, El cuarto de los huesos (2015), refleja esta realidad y la incansable búsqueda de madres y abuelas.

Desde los años 90, resulta sumamente difícil tener entre 10 y 20 años en El Salvador, considerando tanto las pocas opciones con las que cuentan la niñez y la adolescencia, como el estigma que se les adjudica. Muchos padres, temerosos de que sus hijos e hijas se inclinen por el crimen o sean asesinados por negarse a ser parte de las pandillas, los mandan por los caminos de los migrantes a los Estados Unidos. Varios deciden marcharse por su cuenta. En otros casos, jóvenes que en un momento fueron miembros de pandillas, pero que quieren cambiar el rumbo de sus vidas, también parten solos.

Los caminos hacia el norte son vidas desgajadas, resonancias de trapicheos y extorsión. Sus bifurcaciones huelen a tachadura. Y el azufre.

5. Balbuceo

Ya en los años de la guerra, cuando una bomba dañaba el sistema eléctrico, prendíamos las velas. Sucedía con bastante frecuencia. Después de cenar nos sentábamos alrededor de mamá y ella nos contaba historias. Papá escuchaba las noticias en su radio portátil de batería. Recuerdo las sombras en las paredes, la noche oscura, las noticias angustiantes. Pero mamá insistía en relatar, cualquier cosa, y así nos congregaba. Mi angustia menguaba y me demoraba en el sabor de los vocablos. Imaginábamos y resistíamos.

Miroslava Rosales, poeta y amiga salvadoreña residente en Alemania, recientemente me compartió su poema “No hay sitio para mi país en las enciclopedias del asombro”. Después de varias imágenes que traslucen una tremenda desazón, el poema cierra con estos hermosos versos:

Mi país: cactus en una larga temporada de sequía.

Mi país-fogata resistiendo a las pirañas del poder.

Del cactus una flor espléndida nacerá
para hacernos recordar la existencia del consuelo pese a la aridez del terreno.

 

Profesionales de la supervivencia, insistimos en relatar para acobijar nuestro balbuceo antes de su transformación. ¿En qué? Quizá en esperanza. Ojalá en esperanza.

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