Ilustración - Florencia Merlo
Abilio Estévez
Cuba -
julio 21, 2021

CEMENTERIO EN MEDELLÍN

They brought them dead sons from the war,
And daughters whom life had crushed,
And their children fatherless, crying —
All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill.
“The Hill”
Edgar Lee Masters.

1

Tengo un recuerdo persistente del cementerio San Pedro de Medellín. Allí tuve la primera revelación de lo que podía significar el drama del narcotráfico. Venía de La Habana, del encierro habanero, donde la guerra de la droga era para nosotros, los simples mortales, la lejana noticia de países corrompidos y —por supuesto— capitalistas. El mundo de las drogas era algo que nada tenía que ver nuestras vidas enfrascadas en la “construcción del Mundo Nuevo”, ese donde habitaría el hombre inevitablemente heroico y altruista, sin las máculas impresas por el imperialismo, el incorruptible combatiente de la “batalla por el futuro”. (Ignoraba yo entonces que aquel “Hombre Nuevo” tenía ya acceso a los paraísos artificiales, en fiestas secretas e interminables). Nunca olvidaré la impresión que provocaron en mí las fotos de los jovencísimos sicarios, enmarcadas en lápidas de estuco, al sonido de rancheras que no terminaban nunca. Fotos, flores, mensajes, juguetes, recuerdos, música que creaba una atmósfera extraña, como de vida en la muerte —como antes, supongo, debió haber sido de muerte en la vida. Había algo patéticamente frustrado en aquel lado del cementerio donde las fotos de tantos jóvenes sonrientes contradecían la paz propia de cualquier cementerio. Y luego, cuando subimos al cementerio de Itagüí, frente a la tumba discreta (elegante) de Pablo Escobar, cubierta de flores frescas (según me dijeron siempre había flores frescas) comprendí la distancia enorme entre un cementerio y el otro, la dimensión simbólica entre los nichos con fotos y la exasperada música del Rey del Despecho y aquel sepulcro en tierra, con flores y losa de mármol gris oscuro. Hasta la muerte conoce diferencias. En el fondo da lo mismo, pero el Caudillo parece enfrentar la eternidad de manera bien diferente a sus vasallos.

2

Y pensé (pienso) en el caudillismo que ha sido y sigue siendo una de las lacras más dañinas que dejó la tradición hispana, el caciquismo y las guerras por la independencia. Desde los inicios del siglo XIX, desde las propias guerras por la liberación de América Latina del imperio español, apareció el horror del líder, el poder del guía iluminado, la autoridad del “mesías”, el hombre que destaca por su fuerza, su carisma y, sobre todo, por su falta de escrúpulos y moral. Uno de los grandes problemas de “nuestras dolorosas repúblicas” (como las llamó José Martí) viene de la persistencia de esa anomalía inicial. ¿Acaso alguna vez hemos sido democracias plenas? Algo terriblemente definitivo pervive entre nosotros cuando somos capaces de crear toda una disciplina literaria llamada Novela del Dictador. Desde Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán; hasta La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, se ha testimoniado el espanto que ha ido haciendo imposible la vida en un continente maravilloso —en su doble acepción de excelencia y magia. Era cuestión de tiempo que el caudillismo pasara de terrateniente o de político (o de ambas cosas), a narcotraficante. Era sólo cuestión de tiempo: se trataba de un simple proceso histórico. Caía por su propio peso que las repúblicas de “generales y doctores” pasaran a ser las del Señor de las Drogas. El poder se acomoda, se ajusta a los tiempos. El poder también intenta “perseverar en su ser”. Ahora Pedro Páramo dirige su tiranía hacia el control de la venta de drogas. Yo, el supremo, reaparece en el cártel de Sinaloa. Como se sabe y se comprueba cada día, las consecuencias han sido nefastas. Casi parece innecesario hablar del número elevadísimo de muertos (asesinatos, suicidios…); de los pueblos arrasados; de la inestabilidad política, jurídica; del abuso de poder; de la militarización y, como consecuencia, de la consiguiente pérdida de libertades; de las enfermedades mentales que provocan el miedo, la inestabilidad y el encierro; de la extorsión; de la corrupción en todas sus formas; de la pobreza; del hastío de vivir; y quizá, lo peor, la trivialización de todos estos espantos…

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Y en medio de todo, ¿dónde queda la libertad? La libertad individual, digo. Entonces me parece justo hablar de las prohibiciones. Por ejemplo: hace cien años se impuso en Estados Unidos la famosa ley llamada Prohibition (Ley Seca), aprobada por el Congreso y firmada por el presidente demócrata Woodrow Wilson en 1917, por medio de la cual se prohibía la fabricación, venta, importación y consumo de bebidas alcohólicas. El proceso hacia ella venía de lejos, por supuesto, desde aquel American Temperance Society de un puritanismo tan próximo al fanatismo. El Estado (el “Ogro Filantrópico”, que diría Octavio Paz) asumía el control del “bien común”, la observación de la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos. Como era lógico, las consecuencias no se hicieron esperar. La producción y el consumo de alcohol no disminuyeron. Aumentó considerablemente, en cambio, el crimen organizado. Fue el gran momento de la mafia norteamericana. Los países limítrofes (México, Cuba) sufrieron en alto grado las consecuencias de la ley seca. Para que durante la prohibición el alcohol continuara su secreta presencia en la sociedad norteamericana, era precisa la corrupción del sistema. Y he ahí que la historia se repite de manera atroz.

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Hace cien años, los efectos adversos de la ley seca fueron mucho más desastrosos que el consumo de bebidas alcohólicas. Los efectos contraproducentes de la lucha contra el narcotráfico están resultando más siniestros, mucho más siniestros, que el propio consumo de drogas. En grado dramáticamente superlativo. Siempre sucede cuando el Estado se moviliza hacia el control, la proscripción: el resultado no solo atenta contra la libertad individual, sino que echa por tierra la higiene del propio sistema. La guerra ¿no arruina más que la droga misma? Destruye física y moralmente. Va dejando a su paso un rastro de ruina, pobreza y falta de esperanza. Corrompidos ambos bandos, el Estado y el “narcoestado”, arremeten contra el lado más vulnerable de la sociedad. A nadie conviene percatarse de que el consumo de droga es en primer lugar un problema de salud pública. El narcotráfico y la batalla contra él, hacen quebrar la soga por lo más delgado, si se me permite una frase frívola, dada la terrible tragedia que implica. Pienso que el poder del Estado se acerca catastróficamente al poder que pretende combatir y que el veneno del caudillismo se extiende hacia todas las instituciones. De pronto es difícil saber si quien dice venir a salvarnos, pretende, por el contrario, destruirnos.

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Siempre me ha gustado pasear por los cementerios. Los cementerios son novelas, diría acaso Cees Nooteboom. O maravillosos libros de poemas, como nos enseñó Edgar Lee Masters con su portentosa Antología de Spoon River. Por paradójico que parezca, de algún modo los cementerios me reconcilian con la vida. Hay algo de hermoso en pretender que al final existe un jardín de paz (crezcan o no los cipreses allí). No obstante, el cementerio San Pedro de Medellín me provocó un oscuro desasosiego. Nada había de reconciliación en aquel pasear entre nichos con las fotos de tantos jóvenes sonrientes y la música tenaz de las rancheras. Había algo desesperado y violento. Las fotografías hablaban del desastre y del fracaso. ¿Tendría que ver con la conciencia de cómo la historia se convierte en trampa? Luego, se han leído y escuchado numerosos testimonios. Nos han estremecido, por ejemplo, las crónicas de Marcela Turati. Hoy mismo, para no ir más lejos, he visto, en un reportaje de televisión: un ejército de niños soldados en algún lugar al norte de México para atenuar el fracaso del Estado en la batalla perdida. “La historia es una pesadilla de la que intento despertar” (Stephen Dedalus: James Joyce). Esa pesadilla, esa historia se extiende por todo el continente, hasta el río Bravo. Me parece justo distinguir que en el campo de batalla están los muertos-muertos y los muertos-vivos. Se hace cada vez más preciso comprender que no son sólo cadáveres los que van quedando amontonados en las cunetas.

Palma de Mallorca, 2021.

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