Entrevistas
Julián Quintero
Colombia -
agosto 05, 2022

Échele cabeza cuando se dé en la cabeza

Julian Quintero es un experto en drogas, pero no uno cualquiera. Con su proyecto Échele cabeza, asesora a varios gobiernos de Latinoamérica en cómo aplicar “el enfoque de reducción de riesgos y daños”: una estrategia que viaja por fiestas y festivales para promover el consumo responsable de sustancias psicoactivas.

Por Marcela Vallejo

Una noche, durante un festival de música electrónica en Bogotá, al stand de Échele cabeza llegó un muchacho muy alterado que solo podía hablar de colores: cuando intentaba decir algo solo podía decir verde, azul, rojo. Solo colores. De inmediado, el equipo se dio cuenta de que el muchacho estaba “malviajado”. Entonces lo llevaron a la zona de primeros auxilios psicoactivos -que instalan en todas las fiestas a las que van para asesorar a los asistentes sobre las drogas que consumen-, lo cubrieron con una manta y lo cuidaron toda la noche hasta que pudo hablar otra vez con normalidad. Desde ese día, cada vez que pasa por el stand, el muchacho saluda y agradece.

Para Julián Quintero, uno de los fundadores de Échale cabeza, la historia de aprendizaje que tuvo aquel muchacho “malviajado” es uno de los objetivos que persigue su proyecto desde hace 12 años. A ese tipo de espacios, el sociólogo colombiano los llama “la primera línea del trabajo con drogas”: el lugar y el momento donde se puede medir el fracaso del prohibicionismo, y también el éxito de otro tipo de abordajes, como la prevención. Quintero es una de las personas que más sabe del consumo de estas sustancias en América Latina; en especial, sabe cómo se drogan los colombianos. A eso le ha dedicado buena parte de su vida. Inició haciendo su tesis de pregrado en sociología sobre la generación más joven de narcotraficantes en su natal Pereira y luego siguió trabajando para el estado, hasta crear sus propios espacios: Acción Técnica Social en 2008 y Échele cabeza en 2010.

En su libro (un estudio muy documentado sobre el consumo de sustancias en su país), Quintero cuenta que, desde que probó marihuana a los 14 años, la vida lo ha llevado a interesarse en el mundo de las drogas, “en unas ocasiones por pura curiosidad orgánica de probar, en otras como objeto de estudio, luego como opción laboral y ahora como proyecto de vida”. Está convencido de que la regulación de los mercados de drogas es el camino para buscar la justicia social. Y el camino lo ha encontrado a través del enfoque de reducción de daños y riesgos. Es decir: no espera que la gente deje de usar drogas, sino que pueda consumir sustancias sin dejar de ser funcional, sin que eso le genere problemas, pero sobre todo defendiendo el placer y la posibilidad de expandir la mente.

Foto: Sebastian Rubiano

Llevas un buen tiempo trabajando alrededor de las políticas de drogas. ¿Cómo nació en ti ese interés?

Yo trabajé en Colombia Joven, la Consejería Presidencial para la Juventud, ahí fue donde conocí el enfoque de reducción de riesgos y daños planteado por Energy Control de España, y acompañé la redacción de la política nacional de consumo de sustancias psicoactivas. Cuando salió mi jefe, en 2008, varios de mis compañeros decidieron salir también y crear Acción Técnica Social (ATS), para vender servicios a los municipios y a las agencias de cooperación. Yo fui el último al que llamaron. Mi especialidad era el tema de drogas.

Aunque era un asunto que me interesaba desde antes, fue realmente en ese momento, con ATS, que nace una alternativa a las ofertas que daba el Estado, que no se movía de la prevención y las operaciones de castigo. Me di cuenta que, desde la sociedad civil, se podían poner a rodar unas ideas diferentes.

¿Por qué era tan importante encontrar alternativas a los abordajes que proponía el Estado?

He sido un consumidor y claramente lo que el Estado ofrecía no llenaba las expectativas. Yo no me consideraba un ladrón, ni un enfermo y tampoco iba a dejar de usar. Ese es el punto donde todo crece y además, en ese momento, llega esta tendencia mundial reformista. A Colombia llegan los primeros debates internacionales de que la guerra contra las drogas fracasó. Llega Open Society y el International Drug Policy Consortium (IDPC) a darnos pedal con recursos e ideas. En ese torbellino surge Acción Técnica Social y su idea por trabajar en función de la reforma de las políticas de drogas.

Además, Vanessa Morris y yo, que somos las cabezas de ATS, somos sociólogos. La perspectiva de la sociología en el abordaje del tema de drogas le ha logrado arrebatar un espacio importante a quienes tenían el monopolio que eran las ciencias de lasalud mental y física.

Nosotros llegamos a confrontar a quienes siempre nos dijeron que las drogas eran malas y que la única manera de enseñarnos sobre las drogas era el daño. Empezamos a decir que existe un contexto, una motivación, una funcionalidad. Que hay factores diferentes y que hay razones por las que los seres humanos tomamos el riesgo de consumir drogas pese a todo el daño que siempre nos están queriendo meter en la cabeza.

¿En qué momento aparece Échele cabeza?

Nace en abril de 2010. Salimos a la calle a hacer una primera intervención, gracias a una convocatoria con la que conseguimos recursos públicos del Ministerio de Salud. Era algo así como un proyecto piloto en reducción de daños en Colombia, y fue el primer proyecto financiado por el Estado con ese enfoque e implementando el eje de mitigación de la política del año 2007. Justo yo acababa de llegar de España de hacer mi maestría, había aprovechado, también, para conocer Energy Control y traje varias ideas.

En el 2012, ATS coordinó la Conferencia Latinoamericana de Políticas de Drogas. Unos meses después con recursos públicos trajimos gente de diferentes países que nos enseñaron a analizar drogas y nos dejaron los reactivos. Con eso, en el 2013, en un Bogotrax hicimos por primera vez un análisis de sustancias de manera ilegal.

 

Foto: Sebastian Rubiano

“Mucha gente pensó que solo éramos un perfil de redes sociales. Pero tenemos un proyecto de calle, de ir a fiestas, de ir donde está la gente, usar la estética del arte, no juzgar. Todo eso hace parte de un amplio protocolo de intervención: cuando vamos a una fiesta para asesorar a las personas sobre las drogas que consumen”.

Mucha gente los conoció en la alcaldía de Gustavo Petro en Bogotá. Incluso hay quienes piensan que Échele cabeza empezó en esa época.

Lo que pasó es que Petro aprovechó la oportunidad política de ese momento y hay que reconocerle la apuesta que hizo. Su administración nos financió entre 2014 y 2015 para que nosotros le ayudaramos a cumplir las metas de la política pública de sustancias psicoactivas. Yo había participado de la escritura de esa política en 2011. Trabajar con esa administración nos hizo estallar muchísimo y empezamos a aparecer en Rock al Parque, Hip-Hop al Parque, Stereo Picnic, y en muchas otras fiestas.

Otra cosa que pasó es que mucha gente pensó que el nuestro era solo un perfil de redes sociales. Pero nosotros tenemos un proyecto de calle, de ir a fiestas, de ir a con la gente, de estar en espacios de consumo. Varios principios nos acompañaban: el trabajo entre pares, la reducción del riesgo y el daño, ir donde las personas consumen y no hacer que las personas que consumen vengan a nosotros, usar la estética del arte, no juzgar. Todo eso hace parte de un amplio protocolo de intervención.

¿Cómo piensan ustedes la idea de la intervención y cómo la hacen?

Para nosotros una intervención es cuándo vamos a una fiesta para asesorar a las personas sobre su consumo. La intervención es la estrategia mediante la cual un grupo de personas acude a un contexto donde hay presencia y consumo de sustancias psicoactivas para brindar, de manera empática basada en la evidencia y a través de pares, información sobre reducción de riesgo y daño pero también servicios de análisis de sustancias.

Lo más emocionante es que esa es la primera línea de investigación del consumo de drogas. Todo lo que lo que pueda pensarse en temas de drogas surge en el lugar donde una persona va a consumir. Antes de eso está la producción, el tráfico, la venta. Pero en ese punto, donde la persona ya está lista para consumir, empieza el lado B de la historia. Ahí se materializa el fracaso del prohibicionismo, porque se supone que debería haber evitado que yo tuviera esa droga en la mano. Pero ahí también podría empezar el éxito o el fracaso de la prevención o de la recuperación del consumo.

Ayahuasca Musuk

Foto: Sebastian Rubiano

Esa es una perspectiva interesante. La guerra contra las drogas estigmatiza el consumo, lo convirtió en un problema de salud, pero también hizo un gran énfasis en la producción. ¿Qué más encuentran ustedes en esa “primera línea”?

Nosotros entramos en ese punto a indagar todo: desde las motivaciones, las razones, los intereses, por qué la persona usa sustancias, qué es lo que le gusta para bailar, para quererse, para hacer introspección. Pero también empezamos a indagar por la calidad, la cantidad, los precios.

Eso, creo, es lo bonito de ese lugar, que es la primera línea de combate. Y con todo lo que hemos logrado, muchas veces a uno se le aguan los ojos estando ahí, porque la gente tiene un nivel alto de confianza en este proyecto que asombra mucho. Las personas se abren completamente, nos cuentan sus experiencias, sus miedos, sus expectativas, preguntan de todo. Hay dos comentarios muy comunes: los más viejos llegan y dicen que si hubieran sabido todo esto antes, se habrían evitado tantos malos viajes. Y hay otros que, cuando están esperando el resultado de una prueba, dicen que sienten como si fueran a recibir los resultados de un examen final, o un examen de embarazo.

Al escucharte me da la idea de que el enfoque de reducción de daños es educativo, ¿es el caso de ustedes o es así en general?

La reducción de años empieza como una estrategia de cuidado de la salud física, pero ha empezado a ampliarse de una manera muy interesante. Ha trascendido a una escala de algo que ahora llaman reducción de riesgos de amplio espectro, que no solamente es salud física salud mental, sino del contexto. Pero también se ha vuelto una bandera del activismo muy bacana, de la reivindicación y los derechos.

Hace un par de meses en plena crisis por la pandemia, era muy difícil conseguir agua barata o grifos de agua en los bares y en las fiestas. Desde ATS y Échele cabeza empezamos a dialogar sobre eso y la gente se emputó muchísimo y empezó a levantarse, a exigir que haya agua en las fiestas. La gente se empoderó con el tema de la exigibilidad de derechos.

En el tema legislativo en reforma de política de drogas, acabamos de participar en la escritura de un proyecto de ley exclusivo en reducción de riesgos y daños. Vamos a ver hasta donde llega. Pero hemos logrado meter el enfoque en cinco proyectos más.

En un futuro cercano con drogas reguladas, que es lo que se viene con la marihuana, por ejemplo, la reducción de riesgos y daños está abonando el camino en términos de educación para que cuando las drogas sean legales no nos atropellen. Creo que vamos en la ruta correcta y es que la gente antes de que las drogas sean legales tiene que aprender a drogarse. Así no nos va a pasar lo que nos pasó con el alcohol o el cigarrillo y es que ya no hay nada que hacer: son las sustancias que ponen las muertes y los indicadores de alto impacto social, la razón de las riñas, las lesiones.

 

Foto: Sebastian Rubiano

“En Naciones Unidas me preguntaban: ¿cuántas personas han salido de las drogas con la reducción de daños? La respuesta era ninguna. El objetivo de la reducción de daños no es que la gente deje las sustancias, sino que las personas sean funcionales, puedan trabajar, que las drogas no les jodan la vida”.

 

¿En qué consiste este proyecto de ley exclusivo de la reducción de daños?

Lo que pasa es que el enfoque ya está en la política pública, pero ahí no hay plata, no hay castigo, no hay autoridad. Es bonito para diseñar planes, programas, proyectos en el marco de una administración pública. Cuando tiene categoría de ley las cosas cambian y la obligatoriedad es clara.

Este proyecto tiene cosas tan bonitas como que deben existir servicios de análisis en todos los sectores turísticos del país, en los festivales de tal número de personas debe haber tantos grifos de agua gratuitos para que las personas puedan acceder a ellos. Todos los locales que venden licor tienen que estar certificados en manejo de consumo responsable

de alcohol, todos los bares y todos los lugares donde vendan alcohol, debe tener en claro de manera visible lo que se conoce como las 8 C del consumo responsable y debe brindar el espacio para que esto suceda. Es decir, debe tener una zona de descanso, una zona ventilada, debe tener comida y agua, cada vez que un cliente solicite cambiar de licor debe por obligación sugerirle que no es bueno cambiar de licor.

Lo otro es que en Colombia el 95% de la plata que le quitan a los narcos se va para comprar helicópteros y para pagar tombos [policías] y eso debe cambiar. Si en este país no somos más drogadictos y más borrachos es porque no nos da la gana. Aquí menos del 3% de la plata de drogas se va a hacer prevención

Si se legalizaran las drogas es fácil que se conviertan en mercancías de consumo masivo. El capitalismo lo puede hacer fácilmente. ¿Es posible evitar eso?

Yo creo que eso va a pasar. En gran parte, porque hay una demanda que quiere productos desprendidos de cualquier carga subjetiva o de cualquier espiritualidad, eso va a pasar. Lo que necesitamos es que pase lo menos posible. O sea, el paquete Marlboro con porros va a llegar, te lo vas a fumar y así lo vas a querer comprar. Porque además a la mayoría de la gente no le interesa lo que hay detrás de eso. Como a la mayoría de la gente no le interesa autocultivar porque no sabe hacerlo y le toca comprar el porro. Pero los amigos fanáticos del autocultivo dicen que comprar un porro es financiar el narcotráfico.

Es nuestra responsabilidad cargar de sentido la voluntad y la intención de las personas para consumir. En un mercado capitalista son los clientes los que mandan y como clientes empiezan a exigir. Entonces, primero, hay que asumir que eso va a pasar y no quedarnos llorando. Dos, tenemos que educar una generación de consumidores muy conscientes de su consumo, pero también del producto que van a comprar. Y tercero, desde la producción, creo que hay que saber competir y la competencia no la vamos a dar en volumen, sino que la vamos a dar en calidad.

Finalmente, creo que la regulación de las drogas que viene debe tener un componente de justicia social muy grande, debe pensarse ante todo para resolver la violencia y la pobreza del campo colombiano antes de querer venderle perico a los gringos de Manhattan. Mucha gente creyó que con la regulación del cannabis medicinal se iba a enriquecer y se quebró. Tenemos la oportunidad de hacer otro ensayo con la marihuana recreativa pero definitivamente nuestro gran reto y lo que esta sociedad necesita es la regulación de la coca y de la cocaína.

Hay una cosa que se dice mucho cuando se habla de la regulación y de legalización y es que si se da inmediatamente se van disminuir los mercados ilegales. Pero al respecto, por ejemplo, ¿qué lecciones se pueden aprender de Estados Unidos donde eso no está pasando?

Primero, la regulación del mercado debe entenderse como un proceso de transición. No es una bala de plata, no es la respuesta inmediata. El éxito de la regulación de los mercados no solamente se debe medir en el tamaño del mercado y si existe o no, yo creo que los indicadores de medición deben ser otros. El éxito debe medirse en factores como la economía, las enfermedades crónicas y la manera como se pueden atender, el hecho de que usted pueda consumir drogas de mejor calidad, la seguridad y la reducción de la violencia.

En Naciones Unidas, una de las peleas que yo di, es que ellos me preguntaban cuántas personas han salido de las drogas con la reducción de daños. La respuesta era ninguna. El objetivo de la reducción de daños no es que la gente deje las sustancias, sino que las personas sean funcionales, duren más tiempo, puedan trabajar, que las drogas no les jodan la vida.

Lo que está claro es que la regulación no se puede medir con los indicadores de la prohibición. Cuando tú me dices hay más pues estás haciendo lo mismo: pensabas que no iba a dar más tráfico. Aquí lo que necesitamos es que haya más recursos en el Estado, que haya más posibilidad que la gente se atienda, que haya menos violencia y todo eso sí es diferente a cuando es ilegal el mercado.

Ayahuasca Musuk

Foto: Sebastian Rubiano