ARNAU

Si entendemos la fotografía como experiencia y expresión, como forma y color; como herramienta para trasladar al lector estados de ánimo alterados por el uso reiterado del opio.

Si somos capaces de interiorizar superficies que transitan entre lo acuático y lo geológico, lo microscópico y lo estratosférico. Si sustituimos las lógicas y las estéticas de la geometría euclidiana por los patrones aparentemente aleatorios de la fractal, donde no contamos ni con un principio ni un final, pero tampoco nos hace falta.

Si nos sumergimos en la expresividad de la abstracción y nos dejamos envolver por las sensaciones que la intervención humana provoca en los crudos soportes y materiales de la imagen cuando actúa desde más allá de las fronteras de la razón.

Si nos liberamos de todo aquello que damos por hecho, de las barreras que separan el sueño de la vigilia, la consciencia del letargo. Si repensamos los márgenes de lo visual como espacios porosos donde los cánones de la pintura y la fotografía se interrelacionan en libertad.

Si nos dejamos llevar allá donde la cámara no llega, donde las sustancias narcóticas y analgésicas nos llevan, donde el contenido no se describe sino que se alcanza, solo entonces, estaremos entrando en the Twilight Zone.