

Recibí un paño
El paño, tejido emblemático de la región andina de Azuay, Ecuador, es más que un objeto utilitario: se convierte en un dispositivo de memoria y resistencia. Su historia se despliega entre manos que amarran, tiñen y tejen, en un diálogo intergeneracional que desafía la velocidad del mundo contemporáneo.
Lo que alguna vez fue un trabajo dividido entre hombres y mujeres —ellos encargados del tejido central, ellas del macramé que lo bordeaba— hoy se ha transformado en una práctica compartida, realizada en familia y sostenida en redes de mujeres que mantienen vivo un oficio centenario. Este tejido, portado tradicionalmente por mujeres campesinas conocidas como cholas, ha atravesado transformaciones profundas. Los materiales, los bordes, los colores, los usos: todo ha mutado con el tiempo.




La serie presentada surge precisamente desde ese lugar afectivo y político. Nace de un gesto íntimo: un paño recibido como regalo y, con él, una responsabilidad. A partir de ese objeto heredado —que la artista reconoce como un puente hacia las manos de sus ancestras— se activa una búsqueda por comprender la historia del tejido, sus símbolos y la comunidad que lo sostiene. Esta investigación la conduce a la familia Rodas Ulloa, tejedores de tradición en Gualaceo. César Rodas y Piedad Ulloa, junto a sus hijxs, continúan elaborando paños y macanas con la técnica del ikat, palabra de origen indonesio que significa “amarrar o atar”.




El ikat en Azuay ha atravesado sus propios ciclos materiales: del algodón a la lana y de vuelta al algodón; de tintes naturales y añil traído de Centroamérica a pigmentos industriales; de amarras de penco a amarres de plástico. Hoy, el algodón proviene de Estados Unidos y los tintes de fábrica, pero la técnica lenta del telar de cintura persiste. Cada transición revela una tensión entre permanencia y adaptación.




Los usos también han cambiado. De chal y portabebés se ha pasado a piezas de diseño contemporáneo. Los bordes del paño se han reducido a menos de la mitad, y el tejido ha sido estigmatizado por sectores juveniles que lo rechazan en su vestimenta. A ello se suma la presión del mercado: paños industriales de poliéster importados de China cuestan menos del quince por ciento de un paño hecho a mano, erosionando su presencia cotidiana. Sin embargo, el oficio resiste en la precisión del hilo amarrado y en los símbolos que evocan la cosmovisión andina: el colibrí, el maíz, la semilla del poroto.




Como señala Camila Peña: “En una época marcada por sistemas algorítmicos, la moda sigue siendo, al mismo tiempo, destrucción ambiental y precarización laboral; pero también es una narrativa del yo… que permite construir relatos y convertirse en un archivo afectivo de la identidad.”
Las intervenciones fotográficas realizadas sobre negativos se inscriben en esa misma lógica. Pigmento de nogal, como el que antiguamente teñía los paños, y anilinas contemporáneas dialogan sobre la superficie de la imagen, como si los motivos del tejido migraran hacia el archivo visual. En esas capas se superponen memoria, técnica y territorio, articulando una narrativa donde el gesto artesanal se convierte en acto político.




Las fotografías reunidas aquí no solo documentan un proceso, lo amplifican. Cada imagen funciona como un umbral donde conviven tradición y presente, afecto y oficio, materialidad y relato. En un tiempo acelerado que privilegia la inmediatez, estos paños —y quienes los tejen en Azuay— recuerdan que el conocimiento se preserva a través de la lentitud, la repetición y la comunidad. Que cada hilo sostiene una historia. Que cada patrón guarda un mundo. Que el tejido, como la memoria, persiste porque resiste.




