

Entre memoria y tecnología: imaginar el futuro desde el altiplano con Noemí Gonzales
En “Post-humanas y sueños cyborgs de + seres de los Andes”, Noemí Gonzales propone imaginar el futuro desde el territorio. Esta conversación no gira únicamente en torno al proyecto, sino a las preguntas que lo atraviesan: la tecnología como campo en disputa, la memoria como práctica viva y el cuerpo como espacio donde se activan otros modos de reconocer su herencia cultural.
Desde el altiplano, su trabajo tensiona los imaginarios dominantes del progreso y plantea una mirada donde lo ancestral y lo contemporáneo no se oponen, sino que se entrelazan. En un contexto donde el futuro suele pensarse desde una sola dirección, esta entrevista abre una pregunta urgente: ¿qué otros futuros ya se están imaginando y habitando desde nuestras comunidades?
VIST: ¿Cómo imaginas el futuro desde tu territorio?
Noemí: Es difícil romper con los imaginarios que tenemos sobre el futuro, ya que están muy ligados a la tecnología que viene del Norte Global. Pero, ¿cómo imaginar el futuro en el territorio andino? Lo considero como una vuelta a los lugares de origen; porque hemos sido desplazados y hemos migrando en busca de una urbanidad que vuelve anónimas a las colectividades y nos individualiza.
Entonces, pienso que la vuelta al campo, a nuestros pueblos, es un futuro viable y sostenible, tanto en términos alimentarios como también en el hecho de conservar la cultura. Y que no tienda a ser hiper-globalizada: ahora todo se mezcla, pero superficialmente. Se trata de conservar nuestras tradiciones, tanto la tradición oral de contar las historias de nuestros abuelos, como conservar la cultura material, como la vestimenta. No desde esa mirada museográfica, sino desde lo práctico, y al mismo tiempo, lo simbólico.
V: ¿Qué materiales usas para construir esa imaginación?
N: En el proyecto de «Post-humanas y sueños cyborgs de + seres de los Andes», hemos utilizado prendas que ya teníamos en nuestros closets: mantas, vestidos, polleras y zapatos que forman parte de nuestra herencia; o cosas que habíamos comprado antes sin pensar en hacer un proyecto, sino desde nuestros gustos y búsquedas personales.
Por otro lado, para acentuar la estética futurista conseguí lentes en el mercado local en un pasaje comercial en la ciudad. El maquillaje también fue fácil de conseguir porque hay sectores en la ciudad donde venden materiales para hacer artesanías, ahí compré lentejuelas. En cuanto a las luces LED y RGB las obtuve en circuitos comerciales donde venden accesorios para los minibuses en los edificios también.
El proyecto está inspirado en los edificios de arquitectura neo-andina, sus fachadas proporcionaron el ambiente para construir los escenarios.


V: ¿Cómo plantear un imaginario que nos permita soñar futuros propios?
N: Creo que hay varias metodologías que se están usando. Uno de mis referentes es Rufai Ismaila (@kingsvillevisualsgallery), un fotógrafo africano que en su metodología utiliza elementos pop o también elementos cotidianos. Él hace que sus compañeros, amigos o modelos posen desde ángulos contrapicados, logrando que se vean grandiosos, majestuosos y con unas poses y actitudes que transmite mucha admiración. Son personas afro que están construyendo otras estéticas que no solemos ver porque, en Pinterest o en otras web, vemos gente modelando con objetos pop, pero gente de rasgos hegemónicos, mientras que Rufai aún insiste en proponer otras representaciones.
En mi caso, la metodología ha sido un poco de retornar a las memorias, es decir, permitir que el cuerpo retome su memoria. Hay un video donde mi compañera baila huayno y se trata justamente de eso: dejar mover el cuerpo, permitirle moverse en el espacio y posar de una forma en la que nos sintamos que estamos protagonizando una comunidad en un mundo nuevo, o en un mundo que trasciende este y que es nuestra forma de ver el futuro.
Entonces no ha sido una producción muy clásica en la que el director de arte te dirige, sino más bien un performance colectivo, como suelo decir, tanto musical como mediado por el clima. Recuerdo que hacía un frío terrible y estábamos acompañadas de las alpacas. Esa es la metodología de pensar con el cuerpo y recordar lo que nuestros padres hacían en el campo, cómo trabajaban, y cómo nosotros nos proyectamos igual encima de la terraza de un edificio o sobre la ciudad.
V: ¿En qué momento sentiste esta necesidad de imaginar otros futuros?
N: He tenido muchos acercamientos al futurismo y a pensar sobre el futuro. Una de ellos fue la influencia del anime japonés Lain, que anticipaba el mundo de internet. En ese tiempo no se tenía idea de cómo iba a ser la interacción en la Web 2.0., pero el personaje se sumerge en ese entorno y se va desconociendo, porque son identidades que se van multiplicando entre la virtualidad y lo físico.
Luego leí sobre el transhumanismo y eso me voló la cabeza. Porque el transhumanismo —una de las referentes musicales es Arca— trata sobre la corriente filosófica aceleracionista. Eso quiere decir que las transformaciones del cuerpo mediante la tecnología van a mejorar nuestras habilidades y expandirlas, como el ver más lejos. Hay casos como el de tocar la batería con una prótesis, que no solo reemplaza una función sino que permite explorar nuevos sonidos y efectos.
También me influyó el pensamiento de Donna Haraway, es una teórica feminista que habla sobre el cuerpo cyborg y dice que ya somos cyborgs por el hecho de que dependemos de ciertos dispositivos. Hay que plantearse que las desigualdades pueden aparecer a partir del uso de las tecnologías, y qué tan accesibles son esas tecnologías para unas poblaciones u otras.
Aquí aterrizo en lo local en la ciudad de El Alto, los padres empiezan a mandar a sus hijos a estudiar en las universidades públicas y se generan proyectos tecnológicos innovadores que resuelven problemas cotidianos que necesita nuestra población. O como el uso del torito, que considero que es como reconstruir una moto para darle otro uso y que sea más práctico y que genere algo más de ingresos a la persona que no tiene para transportar.
Y pensando en cómo nosotros nos apropiamos de la tecnología, la gente del altiplano, la gente popular— la adapta a sus propios usos y horizontes de cómo queremos desarrollar esas tecnologías. Y por eso en el proyecto hay simulación de artefactos tecnológicos que nos sirven, pero que permanecen, o nos sirven también en el área rural.
Y no solamente se usa la tecnología en una ciudad cyborg cyberpunk en donde la tecnología destruye la naturaleza, sino cómo la tecnología puede ir a la par, en simbiosis con la naturaleza, porque es lo que sostiene al final la vida.
Creo que nuestros consumos culturales, como de series y películas, nos cierran en una idea de futuros. Pero hay que viajar mucho alrededor de nuestras ciudades, al campo o a las ciudades intermedias para saber cómo se están proyectando realmente los futuros y cómo la sabiduría de nuestras culturas puede salvarnos todavía de esa idea de que el mundo se va a destruir por una bomba nuclear, por ejemplo.
Noemi Gonzales Cabrera – K’ita Wichhu (1998) nació en el territorio abarcado por el estado boliviano. Su trabajo artístico investiga la transculturalidad andina, las políticas del cuerpo y las mutaciones materiales, mediante la fotografía, poesía y otros medios. Participó en exposiciones colectivas a nivel nacional y destacó en el festival “Enfoque Visual”, Colombia, y “Altiplánica” Perú; fue invitada al festival “Apthapi” en Puno. Fue residente en Focco 2024, Chile y ganadora dentro la categoría Nuestra Mirada de POY LATAM. Es miembro del colectivo “El Alto Aesthetics”











