Textos
Darío Ramírez
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febrero 13, 2026

Narrar para que el mundo no se vuelva ilegible

El periodismo no es solo una práctica de información. Es, antes que nada, una forma de narrar el mundo para hacerlo legible. En un tiempo marcado por la sobreabundancia de datos, imágenes y opiniones, esa función —aparentemente elemental— se ha vuelto una de las más frágiles y, al mismo tiempo, una de las más necesarias de la vida social y política.

«El periodismo no es solo una práctica de información. Es, antes que nada, una forma de narrar el mundo para hacerlo legible.»

Durante años se ha repetido que el periodismo atraviesa una crisis permanente: crisis de modelo de negocio, de credibilidad, de autoridad pública. Sin embargo, quizá el problema no esté únicamente en sus estructuras económicas o en sus soportes tecnológicos, sino en algo más profundo: una crisis de sentido. No falta información; falta narración. No escasean los hechos; escasea la capacidad de organizarlos, jerarquizarlos y dotarlos de un significado compartido. En medio del flujo constante, el mundo se vuelve ilegible.

En ese terreno, el periodismo sigue siendo insustituible.

Como ha señalado Germán Rey, existe un pensamiento que habita el núcleo más íntimo del oficio: el periodismo tiene su razón de ser en sus narrativas. No como un adorno estilístico ni como un recurso expresivo, sino como su estructura misma. Narrar no es embellecer la realidad, sino hacerla comprensible, cercana. Es establecer relaciones entre hechos, contextos y voces. Es permitir que una sociedad se mire a sí misma sin reducir su complejidad a consignas, cifras o titulares aislados.

«Narrar no es embellecer la realidad, sino hacerla comprensible, cercana. Es establecer relaciones entre hechos, contextos y voces.»

La revolución digital transformó de manera radical los formatos, los lenguajes y los tiempos del periodismo. Podcasts, visualizaciones de datos, video, redes sociales y, más recientemente, sistemas de inteligencia artificial ampliaron las posibilidades de producción y circulación de información. Nunca fue tan fácil publicar, distribuir y consumir contenidos. Sin embargo, esa expansión no ocurrió sin costos. Las plataformas reorganizaron las prioridades editoriales. Las métricas comenzaron a funcionar como criterio de valor. La velocidad se impuso como norma. La fragmentación desplazó al relato.

La tecnología no eliminó la narración, pero sí la tensionó. Cuando la técnica se convierte en fin y no en medio, el periodismo corre el riesgo de perder aquello que lo sostiene como práctica social: el tiempo de la escucha, la verificación, el contexto. Ninguna herramienta, por sofisticada que sea, sustituye el acto de salir al mundo, observarlo con atención y asumir la responsabilidad de contarlo. La técnica amplifica, pero también distorsiona. El problema no es tecnológico; es narrativo.

«Cuando la técnica se convierte en fin y no en medio, el periodismo corre el riesgo de perder aquello que lo sostiene como práctica social: el tiempo de la escucha, la verificación, el contexto. »

En ese contexto emerge con fuerza lo que se ha llamado “posverdad”. No se trata únicamente de una era dominada por la mentira, sino de un ecosistema saturado de versiones, estímulos y afectos. El problema no es solo la falsedad, sino la imposibilidad de jerarquizar, de contextualizar, de distinguir lo relevante de lo accesorio. Todo parece equivalente. Todo circula al mismo ritmo. Todo se consume con la misma rapidez.

Hoy, la discusión pública ya no gira en torno a la interpretación de los hechos, sino a la negación misma de la realidad que esos hechos describen. No se debate qué significan los acontecimientos, sino si ocurrieron o no, si merecen ser reconocidos como reales. La disputa se ha desplazado del terreno del sentido al de la existencia. En ese desplazamiento, el espacio común se erosiona: cuando la realidad deja de ser un punto de partida compartido, toda conversación se vuelve imposible. El problema ya no es disentir sobre los hechos, sino enfrentar una lógica que los relativiza hasta hacerlos intercambiables con la opinión, la sospecha o el deseo. Frente a esa negación activa de lo real, el periodismo informa e insiste. Insiste en nombrar, en verificar, en sostener que los hechos existen, aun cuando resulten incómodos, impopulares o políticamente inconvenientes.

El periodismo no compite únicamente contra la desinformación, sino también contra el cansancio, la indiferencia y el cinismo. Contra la sensación de que nada importa demasiado porque todo dura muy poco. En ese escenario, narrar se vuelve un acto de resistencia. Insistir en que los hechos tienen consecuencias. En que los procesos importan. En que las historias no se agotan en un instante de viralidad. En un posteo.

«El periodismo no compite únicamente contra la desinformación, sino también contra el cansancio, la indiferencia y el cinismo. Contra la sensación de que nada importa demasiado porque todo dura muy poco. »

Narrar no es un gesto neutral. Decidir qué se cuenta, cómo se cuenta y desde dónde se cuenta implica una toma de posición ética. Visibilizar o invisibilizar. Toda narración organiza el mundo de una manera específica y, al hacerlo, produce efectos simbólicos, sociales y políticos. Un dato sin contexto puede desinformar tanto como una mentira. Una historia mal narrada puede reforzar estigmas, simplificar conflictos o invisibilizar actores. Puede ser la reproducción perenne del racismo y la discriminación. La forma importa tanto como el contenido.

En América Latina, el periodismo rara vez se ejerce desde la comodidad. No es un oficio que se limite a describir lo que ocurre: suele irrumpir, incomodar, alterar equilibrios frágiles. Allí donde el poder se naturaliza y la violencia busca volverse paisaje, el periodismo insiste en mirar de frente. Investigar, documentar, narrar se convierte en una forma de fricción constante con intereses que preferirían permanecer opacos. Ese ejercicio ocurre en medio de la precariedad, las amenazas y las múltiples formas (explícitas o sutiles) de censura. Por eso, narrar en estos territorios no es un gesto abstracto ni distante, sino una práctica situada, atravesada por riesgos reales, donde cada decisión narrativa implica también una decisión ética.

Como advirtió Jesús Martín-Barbero, la comunicación no puede pensarse únicamente desde los medios, sino desde las mediaciones culturales, sociales y políticas que la atraviesan. El periodismo no narra en el vacío. Narra desde territorios específicos, desde memorias fragmentadas, desde desigualdades persistentes. Ignorar esas mediaciones empobrece el relato y debilita su potencia crítica.

«Narrar sigue siendo un acto de cuidado. Cuidado del lenguaje, de los hechos, de las personas involucradas. Cuidado del espacio público. Narrar como acto de rebeldía.»

Pensar el periodismo solo como una profesión o una industria es una forma de empobrecerlo. Las sociedades necesitan relatos compartidos para comprenderse, para debatir, para disentir. Sin ellos, el espacio público se fragmenta en burbujas incomunicadas, en monólogos paralelos incapaces de reconocerse entre sí.

El periodismo no existe para agradar ni para confirmar certezas. Existe para hacer visible aquello que de otro modo quedaría oculto. Para conectar hechos dispersos. Para nombrar procesos. Para ofrecer marcos de interpretación que permitan discutir, no solo reaccionar. En ese sentido, su función democrática no radica en imponer una verdad única, sino en construir un terreno común desde el cual discutirla.

Narrar sigue siendo un acto de cuidado. Cuidado del lenguaje, de los hechos, de las personas involucradas. Cuidado del espacio público. Narrar como acto de rebeldía. En esa práctica cotidiana, muchas veces silenciosa, casi invisible, el periodismo encuentra su sentido más profundo. Mientras existan sociedades que necesiten comprenderse, el periodismo seguirá siendo necesario. No como una reliquia del pasado, sino como una práctica viva, en permanente tensión con su tiempo. Una forma de narrar para que el mundo no se vuelva ilegible.

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