Entrevistas
Nat Cardozo
Uruguay -
octubre 29, 2025

El trazo como lugar de pertenencia: Entrevista a la ilustradora Nat Cardozo

Por Andrea Fajardo

 

Hija de exiliados uruguayos, Nat Cardozo nació en París durante los años de la dictadura cívico-militar en Uruguay (1973–1985). Un régimen autoritario que en su momento clausuró el Parlamento, disolvió sindicatos, cerró medios de comunicación y persiguió a cientos de opositores políticos al punto de la desaparición forzada. En 1985, tras años de negociaciones, presión política y un proceso electoral, se restableció la democracia en Uruguay y la familia de Nat regresó a Montevideo. Allí se encontraría –siendo una niña– con una vida atravesada por polos completamente opuestos. En las mañanas, estudiaba becada en el Liceo Francés; por las tardes, acompañaba a su madre a los cantegriles donde trabajaba como asistente social.

En esta dualidad, Nat compartía su infancia con niños que hablaban tres idiomas y también con amigos que vivían en casas de lata y cartón. Desde pequeña hacía preguntas que nadie le sabía contestar: ¿Por qué existe la pobreza? ¿Por qué hay desigualdad en un mundo con tantos recursos? ¿Por qué si somos la especie “más inteligente” destruimos nuestro único hogar?

Durante más de una década –siendo ya una joven adulta– trabajó como camarera y viajó por distintos países en lo que ella llama «un proceso de autodescubrimiento». Este viaje no solo le dio independencia, sino también la conciencia de haber estado aplazando algo muy importante: un deseo profundo de expresión a través de las imágenes. Y con todas las dudas posibles sobre el arte como un sustento económico confiable, se aventuró a estudiar diseño e ilustración en Barcelona.

Tuvo su primera oportunidad de trabajo como ilustradora con la editorial Barcanova en Barcelona. La experiencia de ilustrar un libro completo fue tan satisfactoria como ambivalente. ¿De eso se trataría todo? ¿De intercambiar la sensibilidad y la imaginación por dinero? Pasaron otros diez años de viajes, dudas y trabajos alternos para ganarse la vida. Con el tiempo fue investigando y acercándose, por mera coincidencia, al conocimiento de diversos pueblos indígenas y culturas ancestrales. Entender que existían otras formas de habitar y mirar el mundo –en una relación muy distinta con la naturaleza y con otros seres vivos– fue la llave para unir su pulsión artística con inquietudes sociales que tenía desde niña.

Ayahuasca Musuk

Hoy, Nat reside en Uruguay y no escatima en su curiosidad por las técnicas de ilustración para contar historias y crear atmósferas. Uno de sus proyectos más significativos y recientes es el libro Origen, publicado por la editorial Libros del Zorro Rojo. Este es su primer libro en solitario y está construido no solo a partir de una larga investigación visual y antropológica, sino también por preguntas internas con respecto a la identidad, el pasado, la memoria colectiva y distintos saberes culturales que se han propuesto sostener la vida en un mundo que convulsiona.

Este libro no es —precisamente— sobre pueblos indígenas, aunque muchos lo lean así. Es un libro que cuestiona nuestro sistema de vida y muestra que hay otras maneras válidas de existir, muchas veces calificadas como “primitivas” pero que en realidad han resistido por miles de años. Y no es que se hayan inventado algo extraño que no conocemos, es algo que nosotros mismos hemos olvidado.

En esta entrevista, Nat nos habla de esa tensión entre conciencia social, herencia política y desigualdad estructural que ha atravesado su trabajo como ilustradora y artista visual.

Ayahuasca Musuk
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Uru Chipaya / Este de Bolivia

En tu obra conviven lenguajes como la ilustración botánica, el bordado, el collage, la acuarela o el pirograbado. ¿Cómo llegaste a articular estas técnicas y qué posibilidades creativas has encontrado en su cruce?

La curiosidad es el gran motor. Igual que en los temas que me importan, las técnicas parten de preguntas que quiero responder para mí. Disfruto el proceso de manera meditativa: investigar, aprender, explorar, preguntarme “¿qué pasa si…?”

Por ejemplo, el pirograbado llegó cuando –tras volver a Uruguay después de muchos años– sentí que había perdido un poco el suelo. Reconecté caminando en la naturaleza y vi que en los souvenirs de Uruguay había mucho pirograbado en cuero y mates. Pensé en traer esa técnica a la ilustración actual.

Al principio me generaba inseguridad ser más versátil porque se suele decir que hay que tener un estilo único, pero en mí eso no tiene sentido. Según el proyecto, una técnica u otra me ayuda a contar mejor. En Margaret y la flor de la luna quise experimentar: en lugar de papel, hice ilustraciones en madera, grabadas y pintadas. Mi editora me apoyó y eso abrió puertas a otros trabajos.

También hice una maqueta pintada sobre tela, bordando detalles, lo que me llevó a condensar historias en ilustraciones-mapa, donde adentro suceden muchas cosas. Ese sistema tiene que ver con mi forma de ver el mundo: o lo miro filosóficamente desde muy lejos, o voy al detalle microscópico. Me fascina cómo en 10 centímetros de tierra pasan tantas cosas invisibles. Así descubrí que narrar en mapas, con varias capas y miradas, es directamente mi manera de ver el mundo.

En un mundo donde la ilustración digital empieza a predominar y a tener más lugar en diversas plataformas, ¿qué te atrae de las texturas y la tangibilidad de las técnicas análogas?

La materialidad de las técnicas tradicionales me conecta con un trabajo meditativo en el que me convierto en un canal, y mucho parte del inconsciente. Eso no lo he logrado nunca en una pantalla. Para mí hay otra calidez en las técnicas tradicionales, una experiencia sensorial que enriquece el proceso.

También es como un acto de resistencia frente a la lógica de optimizar y producir más rápido. En lo digital puedes deshacer, pero en las técnicas tradicionales hay que asumir el error, transformarlo, aprender de él. Todo lo que ocurre en el proceso creativo gracias a las técnicas tradicionales, no lo consigo a través de las digitales. Cuando te equivocas, no puedes volver para atrás. Tienes que pintar por encima, si pintaste por encima y después decís: «Ah no, me parece que quedaba mejor antes”, a lo mejor no llegás nunca al color, ya no podés ir para atrás, nunca vuelve a ser lo mismo.

El pirograbado es algo que me encanta por eso, porque no hay marcha atrás. Una vez que el surco del pirograbado queda en la madera, queda ahí. Es muy simbólico y es un ejercicio hermoso de la vida misma, de aprender a jugar con ese error. Me parece que también es importante apostar a eso y no a que todo sea optimizable, el máximo de productividad… Se pierden muchas cosas esenciales y es que está tu identidad ahí, eso único que aporta cada uno.

Ayahuasca Musuk
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 Tz’Utujil / Guatemala

Tu obra Origen aborda narrativas de pueblos originarios muy diversos. ¿Cómo fue el proceso de hacer este libro y qué responsabilidades éticas y creativas consideras esenciales al ilustrar estas temáticas?

La búsqueda de información fue abrumadora. No tenía formación ni contactos con pueblos indígenas ni con antropólogos. Lo único que tenía era curiosidad y mucho respeto. Decidí enfocarlo en la esperanza y la belleza, no en el dolor. Porque si no, al menos en la ilustración, la gente cambia de canal, se abruma. Yo quería que despertara interés por aprender, no un rechazo.

Me impuse criterios para elegir los pueblos. Por ejemplo: que parte de su población mantuviera la mayoría de sus costumbres, que vivieran en distintos ecosistemas y continentes, que su cultura estuviera construida en torno a la naturaleza, que hubiera suficiente información y que las mujeres tuvieran un lugar relevante en la comunidad.

Recopilé testimonios directos y estudios de campo, revisé entrevistas, atlas y libros. Contrastar la información fue fundamental. Incluso, antropólogas de la Universidad de Jujuy revisaron el libro. Busqué que las ilustraciones transmitieran atmósfera y empatía. Que al terminar el libro el lector quisiera saber más, ver a esos pueblos como iguales, en un lugar horizontal. Pensaba que quizás la respuesta estaba en ese momento en que cambiamos nuestro lugar en el planeta, cuando empezamos a considerarnos superiores y nos posicionamos por encima de la naturaleza. Ahí creo que se generó un efecto dominó en nuestra relación con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás.

Este libro es un concepto que ha crecido conmigo a lo largo de mi vida, porque pueblos que no habían tenido contacto entre sí, en puntos opuestos del mundo, tenían eso en común: la conexión con la naturaleza. Construyeron cultura en torno a ella, colocándose en otro lugar, lo que genera otras dinámicas y formas de vivir de las que sin duda podríamos aprender mucho.

Ayahuasca Musuk

Tu obra Origen aborda narrativas de pueblos originarios muy diversos. ¿Cómo fue el proceso de hacer este libro y qué responsabilidades éticas y creativas consideras esenciales al ilustrar estas temáticas?

La búsqueda de información fue abrumadora. No tenía formación ni contactos con pueblos indígenas ni con antropólogos. Lo único que tenía era curiosidad y mucho respeto. Decidí enfocarlo en la esperanza y la belleza, no en el dolor. Porque si no, al menos en la ilustración, la gente cambia de canal, se abruma. Yo quería que despertara interés por aprender, no un rechazo.

Me impuse criterios para elegir los pueblos. Por ejemplo: que parte de su población mantuviera la mayoría de sus costumbres, que vivieran en distintos ecosistemas y continentes, que su cultura estuviera construida en torno a la naturaleza, que hubiera suficiente información y que las mujeres tuvieran un lugar relevante en la comunidad.

Recopilé testimonios directos y estudios de campo, revisé entrevistas, atlas y libros. Contrastar la información fue fundamental. Incluso, antropólogas de la Universidad de Jujuy revisaron el libro. Busqué que las ilustraciones transmitieran atmósfera y empatía. Que al terminar el libro el lector quisiera saber más, ver a esos pueblos como iguales, en un lugar horizontal. Pensaba que quizás la respuesta estaba en ese momento en que cambiamos nuestro lugar en el planeta, cuando empezamos a considerarnos superiores y nos posicionamos por encima de la naturaleza. Ahí creo que se generó un efecto dominó en nuestra relación con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás.

Este libro es un concepto que ha crecido conmigo a lo largo de mi vida, porque pueblos que no habían tenido contacto entre sí, en puntos opuestos del mundo, tenían eso en común: la conexión con la naturaleza. Construyeron cultura en torno a ella, colocándose en otro lugar, lo que genera otras dinámicas y formas de vivir de las que sin duda podríamos aprender mucho.

Muchas veces se habla de la ilustración como algo decorativo y estético. ¿Cómo ves tú la diferencia entre lo ornamental y lo narrativo al momento de ilustrar?

Creo que es cuando se ve una intención. Yo ilustro cosas que me costaría mucho poner en palabras; mi lenguaje primario es la imagen. Pero esa relación depende de cada espectador: es como volver a un museo y ver distinto cada vez. Porque te influye el momento que estás atravesando, tu mirada sobre el mundo, cómo va creciendo o va mutando. Ese es un diálogo que es intransferible. Todos podemos ver algo distinto de una misma ilustración.

La obra deja de ser de quien la hizo, se transforma en la mirada del otro. Cada uno la hace un poco suya porque se va modificando en la mirada de los otros.

Ayahuasca Musuk
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 Moken / Tailandia

Cuando hablas sobre tu origen híbrido a partir de tus padres y el exilio, ¿ha habido algún proyecto en el que hayas trabajado estas preguntas familiares con mayor profundidad?

Con Origen, yo creo. Porque necesité pasar primero por muchas experiencias. Mi carrera artística en realidad es corta, porque me tomó años animarme a encontrar un propósito. No fue un camino lineal.

Descubrí que podía fusionar la sensibilidad social y la artística. Surgieron proyectos como uno sobre animales en ecosistemas opuestos, con el que gané un premio nacional en Uruguay. Y todo eso está conectado: mis proyectos giran en torno a esa idea.

Las experiencias de infancia, los contrastes de opulencia y pobreza, la pérdida de raíces por el exilio, me hicieron sentir muy insegura, sin un lugar fijo al que pertenecer. Pero en la ilustración lo que parecía una debilidad se transformó en una fortaleza: la capacidad de mirar el mundo desde múltiples ópticas.

Eso a veces es incómodo, doloroso, solitario, pero con el tiempo entendí que podía ser un superpoder. Ser híbrida, no ser del todo de aquí ni de allá, crear y comunicar desde otras perspectivas.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora y qué temas te interesa explorar en el futuro? Si pudieras regalarle una experiencia particular a quien mire tu trabajo —una sensación, una memoria, una pregunta—, ¿cuál sería?

Ahora estoy con tres libros: uno sobre tesoros para Magic Cat Publishing, otro con una ONG. El libro se llama Resilience y es sobre las amenazas que enfrenta el mundo actualmente y cómo abordarlas. Y bueno, la continuación de Origen, que ya llevo tiempo queriendo desarrollar.

Tengo muchos libros más en la cabeza esperando tiempo para materializarse. Me interesa que mis proyectos generen preguntas, no certezas fáciles. Lo que más me motiva es que los lectores se inspiren: que las ilustraciones los inviten a cuestionar, a querer saber más. Como decía Galeano: «Solo creo en las certezas que desayunan dudas cada mañana». Conectar, aportar a un despertar de conciencia o sentir que sumo desde mi trabajo, es lo más gratificante para mí.

Ayahuasca Musuk
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