

Una casa hecha de fotografías: el trabajo visual – instalativo de Frida Alin
Por Andrea Fajardo
En la historia familiar de la fotógrafa Frida Alin hay una casa que ya no existe. Un hogar sencillo con una milpa que alguna vez estuvo ubicado en la frontera de Morelos y Guerrero, en México. Esta casa perteneció a sus abuelos –que eran campesinos– y hoy se sostiene en las imágenes de un archivo que Frida recuperó cuando ellos murieron.
Durante gran parte del siglo XX, la región de Morelos fue un destino laboral y de tránsito para muchas comunidades guerrerenses. Un flujo migratorio que no solo respondía a la búsqueda de empleo y mejores oportunidades, sino a la posibilidad de que Morelos fuera un lugar de paso para familias que anhelaban llegar a la Ciudad de México. Detrás de estos desplazamientos y con el crecimiento de comunidades guerrerenses, claramente, se dieron diversos procesos de pérdida y desarraigo.

© Frida Alin
Desde los años sesenta, la violencia política en Guerrero –sobre todo en el contexto de la Guerra Sucia– forzó a muchas familias campesinas a abandonar sus tierras. En las últimas décadas, el impacto del crimen organizado también ha convertido a Guerrero en uno de los principales expulsores de población en México.
Borrada por el tiempo y los desplazamientos de su familia, la casa de los abuelos de Frida ha tomado un lugar protagónico en su vida como metáfora de ausencia, pérdida y reconstrucción de la identidad. En esta entrevista, Frida nos habla de cómo encontró en la fotografía algo más que un medio de registro. Inspirada en su abuelo, que además de campesino era fotógrafo amateur, la cámara se ha vuelto para ella una herramienta de compañía. Sus trabajos más recientes se han enfocado en rescatar el archivo de su abuelo y explorar las migraciones que marcaron a familias enteras en el paso de Guerrero a Morelos.


© Frida Alin
En gran parte de tu obra hay una conjugación del autorretrato con la escritura y con la exploración de vivencias personales y familiares. ¿Qué papel ha jugado el acto creativo en tus procesos de autoconocimiento? ¿Cómo se alinean la fotografía y la imagen con esas búsquedas personales que pueden conectar con otras historias?
Creo que el acto de abrir un archivo, si lo analizamos como consigna que se ha usado en los países del sur global, es para revelar la verdad. Una verdad no histórica.
En 2022 estuve en un seminario de producción fotográfica y era mi primer acercamiento formal a estudiar fotografía fuera del arte contemporáneo. Me ayudó mucho ver cómo socializaban otras personas sus propuestas y me di cuenta de algo: la facilidad que tenían algunas personas para hablar de sus historias familiares. “Yo sé quién es mi bisabuela y sé que se casó en tal lugar, y sé que su mamá se llamaba así”. Era sorprendente para mí porque no es algo que yo pueda hacer. Es decir, sí sé quiénes eran mis abuelos, los conocí unos pocos años, pero no tengo esa misma posibilidad de adentrarme en su historia.
Tuve la oportunidad de aplicar a una beca para desarrollar un proyecto durante un año. Empecé a ser muy metódica; la rutina me ha permitido crear. Siempre se piensa que la creatividad es un acto de iluminación, pero yo creo que hay que trabajarla muchísimo.
Durante la exploración para este proyecto, primero tuve que reunir el archivo, clasificarlo y analizar las imágenes. De repente me pregunté: ¿qué estoy viendo? ¿Me estoy viendo a mí, a mi madre, a mi abuela? Ahí es cuando el acto creativo te disloca, cuando realmente trastoca tu identidad. Ese año fue complejo porque tuve que situarme en esos cuerpos e historias, especialmente en los que habían sido atravesados por la violencia.
Me tomó tiempo, no solo para asimilar la situación sino también decidir qué quería mostrar y qué prefería guardar. Creo que eso es muy importante cuando hablas desde la perspectiva de otra persona. Ese desplazamiento físico y emocional me sitúa en el lugar donde estoy ahora, donde está mi familia y a lo que me dedico. Es una mirada que se construye a partir de otras miradas.
En ese año de la beca, quise conocer las perspectivas de otras personas, así que conté mi proyecto a mis amistades. Me impresionó mucho que ellos también conectaran con la historia. Me decían: «Mi familia también migró a Morelos por una cuestión de violencia». Creo que la imagen tiene esa posibilidad de mostrarnos otras cosas, de abrir una herida que a lo mejor nosotros podemos enmendar.

© Frida Alin
Has tenido algunas influencias en tu formación de perspectivas antirracistas y feministas. ¿Cómo ha permeado esto a tu trabajo y qué cambios o evoluciones has visto a partir de estos enfoques?
Para mí, el cuerpo es lo más importante. Hubo un tiempo que empecé a pensar cómo se enunciaba mi cuerpo en el espacio y qué cosas me atraviesan. En 2021, al terminar la licenciatura, hice una serie fotográfica para abordar el cuerpo desde muy, pero muy cerca. El proyecto se llama Prieta y, literalmente, lo que hice fue voltear a ver mi cuerpo. Retratar las zonas más oscuras como los nudillos, las rodillas, los codos, los pezones incluso, las comisuras de la boca. Zonas que son naturalmente más oscuras. En este proyecto, me interesaba ampliar texturas en la imagen y uní frases que leí y que enuncié desde mi cuerpo.
Un ejercicio interesante fue que lo subí a Instagram y mucha gente empezó a escribirme. Quise abrirlo lo más que se pudiera, así que puse una caja de preguntas en mis historias. No sabría decirte cuántas personas se acercaron a contarme sus testimonios sobre el cuerpo. Creo que, independientemente de la teoría, la experiencia corporal siempre será lo más real.
Quise hacerlo más grande e invité a amistades a colaborar. Hacía lo mismo: nos veíamos en sus casas o en espacios seguros, tomaba fotos de sus cuerpos y les preguntaba qué detonaba eso en ellas. A partir de lo que me contaban, hacía la composición de imágenes y textos. Es el proyecto más colaborativo que he tenido.
Sí he tenido algo de formación académica en antirracismo y eso me ha abierto muchas visiones del mundo que no tenía idea. Pero, a la vez, me ha hecho pensar en esto de que jamás descuidaría la mirada propia, la del cuerpo. Creo que lo bonito es ver cómo en mi contexto más cercano, con mi mamá y mi hermana, siempre ha existido una red que se teje en muchas cosas que se aprenden y desaprenden. Estoy completamente sujeta a eso.



Hablemos de “Esta casa ya no existe” y de lo que has explorado con este proyecto en cuanto a imagen, archivo y otras disciplinas artísticas. ¿Cómo llegaste a la idea de construir, literalmente, una casa con fotografías? ¿Cómo ha sido el proceso de explorar más allá de la imagen con algo como la instalación artística?
Justo es lo que estoy trabajando ahorita en la maestría. Como te decía, en ese año de la beca, fue cuando abrí el archivo y lo empecé a clasificar, a etiquetar y a separar las capas que hay en esas imágenes.
La herramienta creativa que más uso es Photoshop, me encanta. Así que comencé a trabajar digitalmente. Con el archivo clasificado, asimilando de dónde venía su mirada, separé las capas para hacer GIFs. De repente, las imágenes estaban en un loop con tres capas distintas en una sola. Así empecé a experimentar con el movimiento. Después de darle mil vueltas, decidí imprimir el archivo original escaneado.
En los elementos de este archivo –que es de los años 80, de personas que ya fallecieron y lugares que ya no existen– encontré una fotografía que para mí fue fundacional: la casa donde mis abuelos habitaban cuando sembraban la milpa. Entender la performatividad de estas imágenes me llevó a querer trasladarlas a otros espacios. Es un experimento que aún estoy desarrollando y creo que puede ir mucho más allá.
Llevo un año en la maestría obsesionada con el archivo. Ahora estoy en la etapa de pensar qué pasa si dejamos de hablar de la imagen y hablamos de lo que hay en la imagen. En un momento hice una tela con transferencias, mezclando también la escritura para entender estos espacios que se ficcionan. Con la tela y algunos experimentos que hice con luz, un tanto arquitectónicos, me interesaba ver cómo la casa convive dentro de otra casa, aunque la original ya no existiera. Quería evocar esos espacios, lugares y elementos que se han perdido y que son parte importante de la identidad.
Creo que la pieza que hice, una casita con el archivo de mi abuelo, lleva la imagen al límite de su función y potencia. Lo veo como algo escultórico que te invita a usar el cuerpo para abrir los ojos, acercarte, alejarte y ver las transparencias; eso me encanta. Ver qué se forma cuando juntas dos opacidades. Ahora estoy dejando el archivo un poco de lado para adentrarme en lo que me muestra la imagen, sacando objetos y personas. Esto me ha dado muchas posibilidades de creación, desde lo escultórico e incluso hasta lo botánico. Empiezo a entender prácticas que hacían mis abuelas, saberes ancestrales que curaban a las personas y que no están escritos en ningún lado, sino que se evocan con el mismo cuerpo.
Recuerdo que quería hacer una caja con tres capas de imágenes y transparencias, pero no me salió. Así que empecé a pegarlas. Y de repente, se me ocurrió hacer una casa para hablar de la ausencia. Pasé una tarde entera pegando acrílicos con cloruro. Esas cosas que surgen únicamente de la experimentación.

© Frida Alin
¿Cómo ha nutrido a tu práctica visual el ejercicio de compartir experiencias más performativas o instalativas con otras personas?
Lo interesante de compartir un camino creativo es hacerlo con la gente más cercana, como mis amigos de la maestría y mi mamá, que han sido los ojos que trajeron al presente estas imágenes. Es ahí donde ves si realmente estás hablando de algo o no. Compartir el proceso con ellos y ver sus miradas.
Principalmente, he trabajado estos ejercicios en la maestría, donde hemos hecho estudios abiertos. Una vez, coloqué la tela que hice en uno de los focos del salón para crear un efecto de luz. Sigue ahí, tapando la lámpara. Se trata de aprovechar al máximo lo poco o mucho que tengas.
He llevado mi trabajo más que todo a la comunidad universitaria, que tiene gustos afines. Pero este año tendré la oportunidad de llevar la pieza al jardín de un museo de arte contemporáneo. Es un jardín que une dos poblados, así que la gente que va de un punto a otro tiene que atravesarlo. Es una oportunidad muy bonita de colocar las piezas y ver cómo el público se relaciona con ellas. Esta ha sido una forma de socializar el proyecto, pero me gustaría llevarlo a otras dimensiones, fuera del “cubo blanco”, como se le dice. Ahí es donde me gustaría incidir más.


© Frida Alin
¿Qué le dirías a Frida de niña, después del camino que has recorrido para construir una narrativa visual auténtica y significativa?
Le diría que se obsesionara mucho más, que no demeritara su obsesión. A menudo, por encajar, nos empezamos a interesar por cosas que no son parte de nosotros. Le diría que hay algo muy valioso que aún no ve, pero que está ahí latente y que siga ese impulso.
A mis familiares quizás les diría que el objeto en sí mismo puede desaparecer fácilmente. Les diría que atesoren la memoria tangible del álbum familiar y le den el respeto que merece en la construcción de una identidad. En ciertos momentos, no entendemos su importancia sino hasta años después, cuando surge la intención de rescatar la memoria.
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© Frida Alin
Hoy, Frida Alin se ha propuesto acercarse más hacia un lenguaje escultórico. Salir de los límites de la fotografía para trabajar con objetos, experimentar con la materialidad de las transparencias y, quizás, crear un fotolibro que también pueda incidir en el espacio público.
Sigue interesada en el archivo, pero ya no solo en una dimensión fotográfica. Se plantea explorar qué ocurre cuando se abren los “archivos de baúl” en las casas familiares. Cómo las imágenes, junto con los objetos y saberes que las acompañan, pueden trasladarse al presente en experiencias vivas.
En su trabajo, la imagen es cuerpo y objeto. Una fotografía puede ser un espacio, una herida o una casa reconstruida con acrílicos. Quizás no es suficiente con mirar el pasado y haga falta reconstruir paisajes para habitarlo en el presente, con otros cuerpos y otras memorias. En ese gesto performativo, como ella misma explica, existe “la posibilidad de ver un mundo que se puede reparar, y al mismo tiempo, que nos puede reparar a nosotros”.


Apareciendo a José en el refugio libertad, 2024


