Entrevistas
Gabriel Orge
Argentina -
septiembre 20, 2025

Fotografía expandida y memoria política en la obra de Gabriel Orge

Por Andrea Fajardo

 

Desde Córdoba, donde comenzó a formarse como fotógrafo en los años noventa, Gabriel Orge ha trazado un camino en el que la técnica puede conversar con la intuición, la investigación documental con la pedagogía, y la imagen con la acción política. Su proyecto Apareciendo es quizás la síntesis más clara de esa búsqueda: proyecciones nocturnas de archivos fotográficos sobre muros, ríos, montañas o fachadas urbanas, que responden a la ausencia en su dimensión más cruda y a la vez más poética.

Ayahuasca Musuk

Apareciendo a López en la medianera, 2014

El acto de proyectar a personas desaparecidas en los muros del presente no es, para Orge, un homenaje estático ni un ejercicio de nostalgia. Es un gesto que interroga: ¿Quiénes faltan en nuestras comunidades? ¿Qué significa volver a mirar esos rostros en un país y en un continente atravesado por dictaduras, violencia estatal y censura? Con cada proyección, la fotografía es capaz de expandirse y abandonar su cualidad bidimensional para crear una experiencia viva y compartida: un transeúnte que se detiene a mirar, un vecino que reconoce los rostros y los nombres, un conocide que se emociona cuando ve de nuevo a alguien que la historia oficial intentó borrar.

En ese tránsito, los espacios pueden adquirir otro significado. No es lo mismo aparecer un rostro en una medianera urbana que en la orilla de un río o en medio de un campo desierto: cada paisaje actúa como testigo y soporte para resignificar la memoria. De esta manera, Gabriel ha puesto en diálogo la materialidad del lugar con la densidad de la historia y la fragilidad de la imagen, activando un espacio donde lo íntimo y lo colectivo pueden encontrarse.

En esta entrevista, Gabriel Orge explica cómo su trabajo –que explora la imagen, la intervención en espacios públicos, la instalación, el trabajo con objetos– dialoga con la herencia de la desaparición forzada en América Latina, pero también con las violencias coloniales y contemporáneas que siguen presentes en la región. En una época saturada de imágenes y desinformación, el artista nos plantea una pregunta: ¿Cómo se puede devolver a la fotografía su potencia política y afectiva? Sacarla a los espacios públicos, crear con ella experiencias vivas de memoria y autorrepresentación para interpelarnos, conmovernos y resistir en colectivo.

Ayahuasca Musuk

Apareciendo a Cassandre sobre la ciudad de Salta, 2017

¿Cómo empezaste a hacer fotografía y cómo ha evolucionado tu relación con ella hasta ahora? ¿Hubo algún momento clave en tu vida –una imagen, historia o experiencia– que te haya impulsado a profundizar en este lenguaje?

Empecé en la fotografía cuando tenía unos 20 años, motivado por la búsqueda de un oficio, de una profesión que me diera la posibilidad de sostenerme con mi trabajo. Ingresé entonces a la que en aquel momento se conocía como Escuela de Artes Aplicadas Lino Enea Spilimbergo, donde adquirí las bases de la técnica fotográfica analógica. Poco después inicié mi camino como fotógrafo independiente, aprendiendo tanto de manera autodidacta como a partir de los desafíos concretos de los encargos. Al mismo tiempo, más allá de los trabajos profesionales, siempre mantuve un espacio propio para fotografiar lo que despertaba mi interés, principalmente las personas, sus identidades y el retrato como un modo privilegiado de acercarme a ellas.

Un momento decisivo fue la creación, junto a un colega, de Manifiesto Alegría, un espacio de trabajo y experimentación que coordino desde hace 25 años. Ese proyecto me abrió la posibilidad de compartir con fotógrafes, artistas y personas interesadas en explorar la fotografía no solo desde lo técnico o estético, sino también desde sus dimensiones sociales y conceptuales. Allí encontré un lugar para profundizar en el lenguaje fotográfico como práctica colectiva y como herramienta de pensamiento.

Ayahuasca Musuk

Memoria del monte, 2025

¿Qué lugar ha ocupado la colaboración con comunidades, colectivos o entornos educativos en tus procesos de trabajo y creación?

La colaboración ha sido fundamental en mis procesos. Mi obra Apareciendo no se concibe de manera aislada sino que surge del diálogo con otras personas, de poner la fotografía en contacto con memorias colectivas, luchas sociales y territorios específicos. Trabajar con organizaciones sociales, con familiares de víctimas de violencia, con estudiantes o con comunidades artísticas me permitió ampliar los sentidos de la imagen y desplazarla de lo puramente autoral hacia lo compartido.

En esos contextos, la fotografía se vuelve una práctica viva, una herramienta de visibilización y también de construcción de vínculos. Creo que ese cruce entre creación y pedagogía, entre arte y comunidad, es el lugar desde donde mi trabajo cobra sentido. Algo de este espíritu de colaboración se refleja en el film documental (Des)Aparecer, dirigido por el cineasta polaco-inglés Piotr Cieplak. Allí mi obra dialoga con la memoria viva de una sobreviviente de un centro clandestino de detención de la última dictadura en Argentina, y en ese cruce se abre un territorio común donde el arte y el testimonio se potencian mutuamente.

Ayahuasca Musuk
Ayahuasca Musuk

Backstage de Apareciendo a los prisioneros políticos de Calama, desierto Atacama – Chile, 2017

¿Cómo surgió Apareciendo y sus distintas versiones? En este ejercicio de expandir los límites de la fotografía hacia otros lenguajes, ¿qué tensiones o puntos de encuentro has observado al colocar estas memorias en espacios públicos?

Apareciendo surge a partir de una consigna de trabajo grupal en el marco del taller Manifiesto Alegría, que coordino. Decidimos explorar el concepto de “intemperie” de manera individual, pero compartiendo el proceso y las reflexiones con los demás integrantes del grupo. En ese momento me había mudado a una zona alta de la ciudad de Córdoba y todos los días observaba una gran medianera vacía. Ese muro me sugería la idea de ausencia, y el espacio público, la de un territorio donde habita la intemperie. Entonces me pregunté: ¿Quiénes nos faltan como comunidad?

Las ausencias son muchas, pero en un primer momento pensé en las personas desaparecidas durante el terrorismo de Estado que sacudió a mi país en la década del 70. Por ser parte de una generación que lo vivió de manera indirecta —en mi caso por razones familiares— decidí “aparecer” a Jorge Julio López, testigo emblemático doblemente desaparecido. Aquella acción inicial se transformó en un proyecto que, con el tiempo, se amplió hacia otras violencias —coloniales, poscoloniales y contemporáneas— y fue trasladándose a distintos países del Cono Sur y a México.

Al instalar estas fotografías en el espacio público se produce, en lo formal, una interacción entre imagen y soporte, y al mismo tiempo un diálogo narrativo y conceptual entre fotografía y territorio. El transeúnte se encuentra de manera inesperada con estas imágenes en gran escala y, de algún modo, es interpelado por la acción. Muchas veces ese encuentro deriva en un gesto contemporáneo de registro y circulación en redes sociales, lo que permite que el mensaje se expanda, se apropie y se resignifique en otros ámbitos.

Afortunadamente, en estas intervenciones surgieron más encuentros que desencuentros, sincronicidades, situaciones inesperadas, nuevos vínculos y afectos. Parte de esas experiencias están relatadas en mi libro Latir y Revelar, editado por Lote 11 Ediciones, donde los textos recuperan vivencias del proceso de Apareciendo y las entrelazan con escenas de mi niñez y adolescencia.

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Apareciendo a Ester Felipe. Autopista Córdoba – Buenos Aires, 2022

¿Qué papel juega el territorio al momento de decidir los espacios a intervenir y cómo hacerlo? ¿Qué significa ‘situar’ un rostro en un paisaje o activar experiencias de retrato como la de Pura Pinta?

La elección del territorio, en la mayoría de los casos, está ligada a la historia de las personas, comunidades o colectivos que son proyectados. Situarlos en el paisaje es un acto de memoria, una acción poética y política que reactiva la presencia de quienes lo habitaron y cuyas vidas fueron interrumpidas de manera violenta e injusta, dejando un vacío que forma parte de la trágica historia que compartimos en Latinoamérica. Son retratos —y en algunos casos también nombres— que hacen la identidad individual y colectiva, que vuelven, que son restituidos de manera simbólica.

En la serie Pura Pinta, la identidad sigue siendo el eje, pero en un plano más individual, a través del gesto, la pose y de la apariencia externa, cada persona construye su autorrepresentación, su manera de mostrarse al mundo.

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¿Qué metodologías has aprendido y utilizado al momento de investigar y trabajar con archivos –familiares, institucionales, de prensa– o con información sensible de otras personas? ¿Qué criterios éticos te han guiado en estos procesos?

El método comenzó siendo intuitivo. Una historia que me conmueve, una imagen o un acontecimiento que resuena en mi memoria y me impulsa a investigar. A partir de allí se abre un proceso de búsqueda en distintas fuentes, archivos institucionales, noticias en la prensa, álbumes familiares, relatos orales. La intuición orienta el rumbo, pero con los años se fue sumando la experiencia adquirida en este trabajo de exploración.

En cuanto a los criterios éticos, cuando hay familiares o colectivos involucrados, siempre establezco un diálogo previo y acuerdos compartidos. Es fundamental que las personas vinculadas a esas memorias participen y acompañen el proceso, porque la obra no se trata solo de representar, sino también de cuidar y construir en conjunto.

¿Qué importancia tienen para ti estos ‘actos de memoria’ en la actualidad, frente a un escenario de desinformación, hiperconectividad y fatiga social ante la violencia?

Estas acciones, entendidas como gestos estéticos y políticos, buscan sostener memorias que resisten en medio del ruido y la saturación contemporánea. Se trata de tomar el pasado y la historia como materiales de reflexión, para asumir una posición activa en este presente tan vertiginoso, caótico e injusto.

La importancia quizás radique en generar una voz que pueda escucharse, que logre sensibilizar —un desafío constante— y que interpela también a las nuevas generaciones. En este sentido, el arte se vuelve un espacio de resistencia frente al avance de discursos negacionistas y fascistas que atraviesan hoy a Latinoamérica y al mundo. Estos actos de memoria, al suceder en el espacio público, proponen una experiencia viva —no mediada por una pantalla—, una vivencia compartida que incentiva el diálogo y el encuentro.

Ayahuasca Musuk

Apareciendo a López en el río Ctalamochita, 2014

¿Cómo ves el futuro de tu trabajo? ¿Qué te interesa explorar en este momento o más adelante: otros archivos, otras ausencias, otras exploraciones técnicas?

En relación con la obra Apareciendo, el propio tiempo verbal lo anticipa, va a seguir sucediendo. Lamentablemente, aún son muchas las ausencias, y la tarea es sostener esas memorias.

Si bien, en los últimos años lo más visible han sido mis intervenciones en el paisaje, mi obra no se limita a esa dimensión, también exploro otros lenguajes y formatos. Sigo investigando y trabajando con historias y archivos, y el próximo mes voy a presentar en una muestra individual nuevas búsquedas desde otras materialidades y soportes: instalación, objeto, papeles intervenidos y fotografías. La exposición se va a llamar Material sensible, copias y adopciones.

Además, en el ámbito museístico voy a inaugurar otra muestra, en este caso la serie Montadas, con retratos que realicé entre 2008 y 2010 a personas que en aquel momento se auto-nombraban travestis, maricas y trans, recuperando esas experiencias de vida y visibilizando relatos que merecen ser escuchados.

Ayahuasca Musuk
Ayahuasca Musuk

Apareciendo a José en el refugio libertad, 2024