Joseph Zárate: por qué contar el dolor de la selva

por Joseph Zárate. Fotos: Musuk Nolte

Perú
28·09·2020

Los ‘juanes’ son unas pelotitas de arroz, pollo y huevo duro, sazonadas con cúrcuma y envueltos en un tamal. Los ‘tacachos con cecina’ parecen patacones y llevan carne de cerdo salada. El suri es un gusanito amarillo que se hace a la parrilla. Hace ocho años, cuando el cronista peruano Joseph Zárate empezó a viajar por la selva amazónica en busca de historias sobre líderes ambientales, conflictos sociales e industrias extractivas, se dio cuenta de que en la casa en la que él se había criado lo que se almorzaba era comida de la selva.

¿Por qué, entonces, su abuela no hablaba de sus orígenes, de su nacimiento en la comunidad indígena kukama kukamiria? ¿Por qué decía que le daba vergüenza? ¿Por qué no le contaba sobre su infancia en Pucallpa? Movido por esas intrigas, a medida que avanzaba en crónicas que le valieron premios, en paralelo Joseph entrevistaba a su abuela.

“Entendí que, para sobrevivir en la ciudad, ella tuvo que adquirir los comportamientos de las mujeres de Lima. Los peruanos y los latinoamericanos en general hemos construido nuestra identidad de un modo tal que colocamos lo occidental frente a lo indígena en una posición de superioridad y, para poder alcanzar ese estatus, muchas veces tenemos que dejar de ser quienes somos”, reflexiona. 

Y es que, cuando no está produciendo una nota, Joseph recorre caminos casi infinitos dentro de su cabeza. Da vuelta a las ideas para un lado y luego para el otro. Nunca está seguro de cuál es “la verdad” y convierte eso en una virtud. “Yo soy así, lo que gana es la pregunta permanente”, dice. Entonces, cuando escribe, se las ingenia para no escaparle a la complejidad, a las tensiones, a las contradicciones de las que está hecho el mundo que lo rodea.


Además de las preguntas hacia adentro, Joseph busca contar historias que perturben y provoquen una reflexión en torno a qué impacto tienen las decisiones humanas sobre la naturaleza y sobre la vida de los demás. Eso hizo, por ejemplo, en “Un niño manchado de petróleo”, una crónica que ganó el Premio Gabo 2018. Allí cuenta cómo tras un derrame de 500 mil litros de petróleo en el Amazonas, la compañía Petroperú pagó a los integrantes de la comunidad awajún para que limpiaran manualmente el combustible del río, arriesgando su salud y futuro. 

Una alquimia similar, entre lo propio, lo colectivo y lo identitario, logra en su libro Guerras del interior. Lo editó Debate y ganó los premios Ortega y Gasset (2016) y Gabriel García Márquez (2018). “Siento que ha sido un viaje desde lo exterior y geográfico hacia un interior más emocional. Por eso el libro se llama así: son conflictos que están en el interior del país, por recursos que se sacan del interior de la tierra y que interpelan al interior de mí mismo”, cuenta. Joseph es un periodista que quiere para las historias que cuenta lo mismo que para el planeta: no hacer un “úselo y tírelo”.

Algunos de sus textos son parte del proyecto Atravesar Amazonia, una plataforma que busca comunicar con recursos diversos qué pasa en la selva peruana, hogar de 33 millones de personas y hábitat de miles de especies. Una de las historias de Joseph en el sitio retrata la degradación del ecosistema por la sobreexplotación de recursos: 

“Cuando sus mujeres comenzaron a darles la espalda en la cama y dejarlos sin sexo por no traer suficiente comida a casa, los kichwas del río Tigre descubrieron el cambio climático. No era que se hubieran vuelto menos hábiles con la escopeta. Sucedía que la selva que los rodeaba, la misma que creían entender, se había vuelto incomprensible”, comienza la crónica.  

 

 ¿Por qué elegiste ese inicio? 

 Es la historia sobre unos cazadores kichwas que viven en la frontera entre Perú y Ecuador. Lo que pasaba en su comunidad era que, debido a que no tenían un control de cuántos animales cazaban, habían ido depredando la fauna. Los madereros forestales habían deforestado y el calentamiento global y las sequía agravaban la situación. Cada vez había menos animales para comer. Como cronista estoy siempre buscando el comienzo del texto. Y me doy cuenta de que lo tengo cuando una escena me hace sentir algo: risa, tristeza, rabia. Eso, probablemente también lo sienta el lector. Somos animales que funcionamos bajo emociones. 


¿Cómo se universalizan las preguntas que nacen de historias particulares? 

Para mí, escribir sobre asuntos socioambientales no es escribir sobre lo ecológico sino reflexionar sobre algunos aspectos de la condición humana. Contar nuestra relación con la naturaleza es un vehículo para discutir nuestra idea del progreso, qué es para nosotros vivir mejor, quiénes somos, cómo nos relacionamos con la naturaleza y con las personas. ¿Hasta dónde puede llegar nuestra inclinación a la vanidad, al poder? Intento que esos cuentos locales puedan hacer reflexionar a un ruso, un alemán, un español, un mexicano, un argentino. 


 

¿Cómo eliges qué contar?

Lo que siento es que escribo sobre asuntos que tienen alguna conexión emocional conmigo. Una de las razones por las que empecé a explorar la selva tiene que ver con la urgencia que tengo por conocer mi propio país y mi historia personal. Lo lindo del periodismo es que, más allá de ofrecerme una manera de mostrar una realidad y denunciar injusticias, puede ser un viaje de autoconocimiento. Me hizo valorar el origen de mi familia, hay algo de introspección: no son preguntas periodísticas, son preguntas existenciales. 


 ¿Cómo se huye del lugar común o del cliché? 

Cuando te enteras de un derrame de petróleo en la selva en donde están contaminándose familias y niños, lo primero que aparece es algo que te subleva. La fuerza de la realidad, el olvido histórico por parte del Estado sobre los pueblos indígenas es tan bestial que no puedes no indignarte. Pero después de esa rabia, de esa cólera, aparece en mí un intento por comprender el porqué. Además, me pregunto qué significa esto para mí como ciudadano, como peruano, además de para las personas que lo han sufrido. La crónica te permite plantearte esas incógnitas sin estar preso del deadline.  


 ¿Qué aporta pasar tiempo en el territorio? 

Para responder todas aquellas preguntas sobre por qué ocurre lo que ocurre se necesita un trabajo de campo bastante arduo. Yo decidí invertir meses, viajar tres veces, entrevistar a más de 60 personas. Cuando intento ir a esas zonas del país permanezco un tiempo, me quedo con ellos para poder reflexionar. Busco entender por qué hacen las cosas, qué impacto tienen sus decisiones en su vida emocional.


¿Para qué contar historias?

Creo que nos hacemos periodistas porque tenemos un sentido del deber, de que la sociedad sea más justa. Hace poco trabajé en una funeraria para una crónica sobre las muertes por Covid-19. Fue una experiencia muy dolorosa, de cargar cadáveres, ir al crematorio, repartir cenizas. Intenté contar todo eso que experimenté y me volví a preguntar: ¿por qué escribir sobre esto?, ¿por qué añadir más dolor al dolor? Es una pregunta que puedes trasladar a todo el periodismo: ¿por qué contar más relatos terribles? Yo siento que, en la medida en que contemos historias periodísticas con compromiso, respeto y empatía, conservo la esperanza de que algo puede modificarse. 

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