Entrevistas
Zahara Gómez Lucini
Latam -
noviembre 23, 2025

Encender el fogón es encender la memoria: una conversación con Zahara Gómez Lucini sobre Recetario para la memoria

En Recetario para la memoria, la fotógrafa y artista Zahara Gómez Lucini ha convertido la cocina en un espacio para nombrar ausencias, tejer comunidad y activar prácticas de resistencia frente a la desaparición forzada.  En el, la artista invita a familiares  a cocinar el platillo preferido de su ser querido desaparecido.A través de recetas compartidas por familias de personas desaparecidas —y, más recientemente, de cocinadas colectivas con la sociedad civil— el proyecto desborda el libro para convertirse en un dispositivo vivo: un archivo afectivo, un gesto político y una forma de escucha.

En esta conversación, con Zahara se reflexiona sobre los desafíos éticos del trabajo comunitario, las potencias de la imagen, el sonido y la cocina como lenguajes de memoria, y el diálogo que el Recetario abre hoy en Colombia, donde llega con presentaciones en Medellín y Bogotá. Entre fogones encendidos, historias familiares y aprendizajes compartidos, la artista traza un mapa sensible sobre cómo cocinar también puede ser una forma de buscar.

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Guanajuato

VIST: ¿Qué significan para ti las próximas presentaciones en Medellín y Bogotá? ¿Qué implica llevar el Recetario para la memoria a Colombia y cómo dialoga ese contexto con la historia del proyecto?

 Zahara: Pues mira, hay algo muy claro para mí en el proyecto. Igual que te decía sobre convocar a banda que no está familiarizada, el recetario se ha ido convirtiendo en un dispositivo, en el sentido de que tiene distintas capas. Está el formato editorial —por ejemplo, en el de Colombia escribe Daniela Rea, pero también escribe Fernando Escobar, Darío Sendoya, Erik Bautista y Maria Fernanda Vargas Espitia.

También está el formato de exposición, que es igual de importante; no creo que uno pese más que el otro. Y está el formato de las cocinadas colectivas. Estas tres cosas coexisten, conviven y se retroalimentan. Además, convocan a públicos distintos: no es la misma persona la que va a ver una exposición fotográfica que la que compra un libro, o la que se apunta a una cocinada. Y eso está bien, porque el proyecto genera distintos puntos de entrada.

A mí hay algo que me hace muchísimo sentido y que traigo desde antes en mi trabajo: el mapeo de la desaparición forzada en Latinoamérica. Esta cosa de trabajar con equipos forenses en distintos países, el trabajo topográfico… Todo eso ya lo venía haciendo, pero jamás pensé que iba a transformarse en un trabajo a través de la cocina, ni en un recetario, ni en un libro, si te soy sincera. Pero ahora el proyecto también tomó ese camino.

En Medellín vendrá Bibiana Mendoza, participante del recetario de Guanajuato; Bibiana busca a Nataly —originaria de Bogotá y desaparecida en México—, y su presencia muestra cómo las redes trascienden fronteras. La idea es conectar, aprender y compartir experiencias: hay prácticas comunes y otras muy distintas. Por ejemplo, la búsqueda en terreno con pala y pico es más frecuente en ciertos lugares de México; en Colombia las formas organizativas y las estrategias de memoria y justicia transicional han desarrollado otras herramientas y trayectorias históricas. Ese contraste genera un diálogo potente que enriquece el proyecto.

En los eventos estarán, entre otras, Luz Marina —vinculada a colectivos que trabajan sobre falsos positivos— y María Eugenia, de Buscadoras con fe y esperanza de Medellín; su participación en actividades como las de la Universidad Nacional permitirá intercambiar prácticas y relatos.

En suma, llevar Recetario para la memoria a Colombia significa poner en contacto redes, metodologías y memorias distintas para aprender unas de otras, ampliar el alcance del proyecto y seguir construyendo comunidad alrededor de las personas desaparecidas y sus familias.

Recetario para la memoria – Colombia

Recetario para la memoria – Guanajuato

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Colombia

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Guanajuato

V: ¿Por qué consideraste que la cocina podía convertirse en un recurso para abordar la desaparición desde otra perspectiva?

Z: Creo que todo surge de una búsqueda. En ciertos proyectos —o más que proyectos, en ciertas temáticas— una intenta encontrar un punto de universalidad: cómo convocar a alguien que no vive esto en primera persona. Aunque estoy convencida de que, como sociedad, estamos todas y todos traumatizados. Una sociedad en la que desaparece gente no está bien. Y aunque el discurso oficial siempre repita ‘algo habrá hecho’, ‘en algo andaba’, ese mismo discurso sirve para mantenernos lejos del tema. Porque da miedo, porque es aterrador, porque nadie quiere entrar ahí.

La desaparición tiene una metodología muy clara en América Latina, desde Guatemala hasta el Cono Sur, con distintos actores y contextos, pero con lógicas muy similares. Y destruye el tejido social: afecta tanto al primer círculo, la familia, como a la colectividad. Ese discurso que nos distancia funciona muy bien. Entonces, la pregunta era: okay, ¿cómo convocar a la gente a algo tan duro sin que la primera reacción sea el rechazo?

Desde el campo fotográfico o de la comunicación —y esto aplica también a textos y otros formatos— me pasa que veo ciertas imágenes y no quiero verlas. No porque no me importen, sino porque no puedo asumirlas. Eso genera tristeza, pero también apatía, no acción. Entonces, ¿cómo convertir esa emoción en algo que sume, construya tejido social, genere comunidad alrededor de las personas desaparecidas y sus familias, y permita reconocerlas como propias?

Ayahuasca Musuk

Sinaloa, México

V: ¿Ese sería el puente que has logrado construir entre la estética, el testimonio y la acción social, alejándote de la imagen “oscura” o paralizante?

Z: Sí, totalmente. El proyecto ha ido evolucionando, pero el motor inicial es ese: cómo convocar. Cómo lograr que una señora que no quiere saber nada del tema se sienta interpelada y pueda atravesar su rechazo o su miedo.

Y ahí aparece la cocina. Sentía que el acto de cocinar para alguien es un lenguaje de amor universal. Da igual si la comida es sofisticada o sencilla: tiene que ver con lo que una pone ahí. Y ese fue el punto común que encontré para el primer libro. No todas las participantes eran madres; incluso en el segundo libro cocinaron personas que nunca antes habían cocinado. El formato se fue transformando porque quienes participan también se lo apropian; surgieron gestos y decisiones que yo no había previsto.

En el primer libro, por ejemplo, yo no sabía que la mayoría de las participantes no habían vuelto a cocinar ese platillo desde la desaparición. A la tercera que me lo dijo pensé: güey, ¿qué es esto? Porque, literalmente, es volver a encender el fogón y, con ello, activar otras capas simbólicas. La fotografía termina siendo el testimonio de todo lo que ocurre ahí, pero no es la finalidad del proyecto: es el soporte.

Cuando vuelven a cocinar ese platillo, lo vuelven a comer, y eso permite hablar del desaparecido desde la vida, no desde la muerte: de lo que le gusta, de lo que haría si regresara, de imaginarlo en el presente.

En México, por ejemplo, ha habido un trabajo muy fuerte con el lenguaje: hablar en presente mientras no haya un cuerpo, porque si está desaparecida o desaparecido, está vivo. Eso también es una decisión política. Igual que en su momento pasó con el ‘ni una más, ni una menos’. Hay evoluciones del lenguaje que acompañan al movimiento y que también acompañan al proyecto.

Sopa de papa para Olivia – Colombia

Recetario para la memoria – Sinaloa

Ayahuasca Musuk

Sopa de papa para Olivia – Colombia

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Sinaloa

V: Quisiera retomar —de la publicación anterior— los orígenes del proyecto. ¿Cómo nació el interés por trabajar en torno a la desaparición forzada, y de qué manera la formación académica y las vivencias personales han influido en este camino?

Z: Soy de una familia de origen argentino; dos de mis hermanos nacieron en Argentina, aunque yo no. Mi papá se exilió durante la última dictadura y, desde muy pequeña, en mi casa se hablaba mucho de la desaparición forzada, especialmente en el Cono Sur y en el contexto argentino. Crecí con esa figura muy presente, casi como algo familiar, aunque estuviera alejada de mi vida cotidiana.

Argentina ha hecho un trabajo de memoria muy amplio, un ejercicio continuo para no olvidar, y creo que, de alguna manera, soy producto de eso. Escuchaba las historias de mi papá, de mis tíos y de personas cercanas que contaban cómo les habían desaparecido a seres queridos, y todo eso me marcó profundamente. Sentía esa figura del desaparecido como algo muy cercano, casi mitológico. No la entendía del todo porque era muy chica, pero la tenía muy presente. Recuerdo que mi papá me llevó a conocer a las Madres de Plaza de Mayo como parte de mi educación familiar.

Más adelante estudié fotografía e historia de la fotografía y me dediqué a investigar la representación del desaparecido en la fotografía del Cono Sur de los años setenta, un trabajo más bien teórico y académico.

Cuando llegué a México, ocurrió algo que me sacudió: todo ese universo que yo pensaba perteneciente a hace treinta o cuarenta años se volvía a activar en el presente. Las narrativas, las frases, las justificaciones… todo estaba ahí de nuevo. Ese “algo habrá hecho”, “en algo estaba metido”, ya no era un eco del pasado, sino algo vigente. Era escuchar las mismas fórmulas, pero ahora.

Desde entonces he seguido trabajando en estos temas desde distintas aristas. Forman parte de mi propia línea de investigación y también de la memoria que me ha sido heredada.

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Sinaloa

V: ¿Cómo surgió la idea de crear un recetario gastronómico vinculado a la memoria de personas desaparecidas?

Z: Qué decir… la idea del recetario surgió al trabajar mano a mano con familiares; en México la urgencia forense es enorme. Hay cientos de colectivos de familias que buscan por su cuenta a sus seres queridos desaparecidos. Conocí primero a las Rastreadoras del Fuerte, un colectivo del norte de Sinaloa, con quienes realicé el primer libro.

Después de acompañarlas en numerosas búsquedas y de realizar un trabajo documental en formato clásico, me invitaron a exponer mi trabajo junto a dos compañeros. Esa exposición fue un parteaguas: al espacio fotográfico no asistieron ningún familiar con el que había trabajado ni miembros de equipos de antropología forense; solo vino público ya muy informado —colegas fotógrafos, periodistas y algunos sociólogos—. Sentí que algo estábamos haciendo mal; no quería que un trabajo sobre desaparición forzada se expusiera en espacios de arte donde no participa la gente atravesada por esa experiencia.

A partir de ahí inicié una reflexión amplia. Seguí yendo a Sinaloa para apoyar a las Rastreadoras del Fuerte, acompañarlas y fotografiar lo que ellas quisieran, pero sin trabajar en un proyecto propio. Les propuse pensar en un proyecto de coautoría, firmado conjuntamente, que no redujera a las mujeres al único rol de madres que buscan.

Fue un proceso de prueba y error, no sé, como un ping‑pong de ideas: íbamos tirando propuestas y viendo qué resonaba. En algún momento les propuse el formato del recetario y les pregunté: «¿qué opinan?». Respondieron: «Veamos, probemos». Así nació el proyecto, como un proceso colectivo y experimental.

El caldo de chicharrón para Jesús Javier – Sinaloa

Las costillas en chile colorado para Vladimir – Sinaloa

Ayahuasca Musuk

El caldo de chicharrón para Jesús Javier – Sinaloa

Ayahuasca Musuk

Las costillas en chile colorado para Vladimir – Sinaloaa

V: ¿Cómo comenzó tu vínculo con las Rastreadoras del Fuerte, en Sinaloa, y con grupos de búsqueda en Guanajuato y qué desafíos enfrentaste al construir tu rol comunitario?

 Z: A las Rastreadoras las conocí en 2016. Empecé con un trabajo documental clásico; hoy la fotografía documental ha dado un vuelco, pero entonces no tenía un rumbo claro. Hubo un encuentro basado en la afinidad: nos caímos bien, lo que facilitó que empezara a ir, a volver y a acompañarlas de forma sostenida.

Todo fue autogestionado: no trabajo para prensa ni para grupos de investigación, así que el proyecto surgió desde el interés personal y la constancia. Les propuse formalmente la idea a finales de 2018 y ahí se armó el proyecto.

Los desafíos del trabajo comunitario son, en buena medida, los mismos en cualquier contexto: compartir implica otras temporalidades y formas de organización. Con ellas hubo un trabajo de largo aliento y mucha confianza; no llegué con una idea cerrada, sino que la propuesta fue construyéndose en el intercambio cotidiano.

Aprendí también que la vida no se detiene ante la desaparición: hay nietos, quince años, entierros, organización colectiva, búsquedas, exigencias de justicia, enfermedades y, más tarde, la pandemia del COVID. Ese ritmo de vida —con sus urgencias y celebraciones— fue un gran aprendizaje para mí.

Otro aprendizaje clave fue observar cómo la narrativa mediática repetía siempre las mismas preguntas. Asistí a entrevistas en las que las familias ya intuían el guion: lloraban en los mismos momentos y repetían las mismas palabras. Me pareció violento; sentí la responsabilidad de buscar otras formas de contar. Si la historia pública se limita a “fulanito desapareció tal día y nunca más se supo”, la persona queda reducida a una figura etérea y resulta difícil conectar con su humanidad.

La comida abrió una vía distinta. Por ejemplo, Juan ama el flan; su madre, Manky, participó en el primer recetario. Yo conocía la historia de su desaparición, pero no sabía que le gustaba el flan. Aprendí la receta con su mamá y ahora sé hacer el flan que le gusta a Juan. Ese gesto —cocinar lo que le gusta a alguien— conecta lo sensible con lo vital y permite hablar del desaparecido desde la vida, no solo desde la ausencia. Creo que ese vínculo es muy valioso para construir nuevas narrativas y tejido comunitario.

El flan para Juan Francisco / Manky – Sinaloa

V: Me interesa la relación que se construye entre la imagen, el texto y la comida en los libros. ¿Cómo lo piensan para construir ese discurso?

Z: Ha ido evolucionando con cada libro. En el primero trabajé en terreno; fue un proceso de mucho registro sonoro y de transcripción. Y tomé una decisión clara: no editar los textos. No modificarlos. La voz de la señora es la voz de la señora, tal como lo dijo. Eso se mantiene. El que quiera entender, entiende; y el que no, pues no. Por eso las recetas no tienen medidas exactas y, si divagan, la divagación queda.

En  ese momento sí surgió la pregunta de ordenar o limpiar los textos. Pero eso implicaba modificar la forma de hablar de las señoras y decidí que no.»  La idea del primer recetario era la de  hacer un “caballo de Troya”: hablar de cocina, pero en realidad hablar de otra cosa.

V: Eso me generó curiosidad cuando escuché las recetas: los audios no están editados. Si ellas divagan siete veces, quedó la divagación siete veces. Rompe con la lógica actual del audio limpio y del discurso elocuente.

Z: Sí, y creo que responde a lo que me preguntabas al principio sobre lo colectivo y lo comunitario. Uno de los grandes retos es aceptar que ni la imagen ni el audio van a ser limpios ni perfectos. Lo digo desde la potencia de la comunicación: aceptar que algo que a ti te gustaría que durara dos minutos puede tardar ocho horas, porque no puedes cortar la palabra.

Aceptar que no puedes decir: “Vamos a hacer esto así y yo te explico cómo”. La señora que tienes enfrente está en su mundo, que no es el tuyo, con otras exigencias, otras necesidades. Y eso influye en todo: si repite ocho veces lo mismo, si se le fue el avión, si entró el nieto, si ladró el perrito. Todo eso también cuenta desde donde estamos hablando.

Y para mí eso es igual de importante que lo que se está diciendo. Es profundamente humano.

Los camarones ahogados para Susy – Sinaloa

Recetario de la memoria – Guanajuato

Ayahuasca Musuk

Los camarones ahogados para Susy – Sinaloa

Ayahuasca Musuk

Recetario de la memoria – Guanajuato

V: ¿hubo momentos o escenas de trabajo que te resultaran particularmente difíciles o complejos? Por ejemplo, ¿cómo manejar el dolor, la memoria de la ausencia y la representación de lo que no está?

Z: El primero no lo pasé mal mientras lo hacía; sin embargo, el post fue lo realmente duro, muy duro. Y creo que por eso, en el segundo proyecto, decidí colectivizar. Ahí se unieron Clarisa Moura y Daniela Rea. Claro, puedes ir a terapia —y sí, siempre ayuda—, pero para mí es fundamental colectivizar: colectivizar el miedo, colectivizar la pena. El miedo no desaparece, pero si te lo comes sola, es muchísimo más difícil.

Creo que también hay una reflexión generacional. Muchas venimos de una escuela muy vieja donde la víctima era tratada como una figura fija. Y a mí me ha servido desplazar esa mirada. Me ha pasado poder hablar con participantes del recetario que, con el tiempo, se vuelven amigas o más cercanas, y hablar de miedo, de tristeza, de estar en el hoyo. Eso ha sido un gran aprendizaje. Yo no llego con una metodología mágica que arregla todo: no vengo a “ayudar”, sino que terminamos ayudándonos mutuamente. A veces mejor, a veces peor.

En el segundo libro tuvimos sesiones de llanto colectivo, pero también de risa colectiva. Ha habido de todo. Y tiene que ver con romper esas barreras de las que hablabas: dejar de ver al desaparecido como una figura abstracta. Lo mismo pasa cuando dices “las buscadoras”, como si fueran un ente aparte con el que no tienes relación, salvo cuando vas a entrevistarlas. Como si preguntaras: “Usted, señora buscadora, ¿cómo es su vida?”, como si no estuviera atravesada por cosas tan cotidianas como las tuyas.

Pozole para Camilo – Sinaloa

V: Con toda esa experiencia, ¿qué podrías decir sobre la ética de trabajar en estos temas? Aunque no haya una fórmula, ¿qué principios consideras fundamentales?

Z:  Creo que lo esencial es sostener un diálogo constante. Por ejemplo, si el proyecto va a exponerse en Nueva York —como ha pasado—, informamos a las personas que forman parte de él. A veces es difícil porque hay mucha gente involucrada, pero siempre hay grupos con los que se mantiene una conversación más continua y que terminan asumiendo un rol mayor dentro del proyecto. Eso ocurre en casi todos los procesos colectivos.

También es importante reconocer el lugar de autoridad que ocupas y entender que la metodología puede fallar. La metodología que funcionó de maravilla en Sinaloa puede no funcionar en otro lugar. Entonces toca adaptarla. Eso nos pasó con el segundo libro y ahora con el trabajo en Colombia: la metodología ha vuelto a modificarse.

Y, en términos de imagen, me parece fundamental darle a la persona fotografiada el derecho a la imagen: preguntarle si está de acuerdo, si le gusta cómo aparece. No sentirte propietario de la foto solo porque la tomaste. Son temas sensibles.

Arroz con bistec en salsa verde para Ricardo – Guanajuato

Recetario de la memoria – Guanajuato

Ayahuasca Musuk

Arroz con bistec en salsa verde para Ricardo – Guanajuato

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Guanajuato

V: ¿Ha habido algún platillo que te haya conmovido especialmente? ¿Qué significado tuvo para ti y cómo pueden las recetas convertirse en actos de resistencia?

Z: Hay varias historias que me han conmovido. Un ejercicio que añadimos a los libros fue las cocinadas colectivas con la sociedad civil, y eso aportó otra capa de sentido: pasar de trabajar en solitario a hacerlo en equipo transforma por completo la experiencia.

Cuando cocinas con la sociedad civil, suceden cosas distintas. He hecho cocinadas en universidades y en Estados Unidos con jóvenes de 18 años que nunca habían cocinado; su primer acercamiento a la cocina fue preparar recetas de personas de su misma edad que habían desaparecido en México. Ver a un chico como Bryan de los suburbios de NY, cocinar por primera vez en su vida, una Pizadilla para Roberto , desaparecido en Los Mochis, en su primera vez en la cocina, fue algo inesperado y muy potente.

Me han conmovido especialmente las personas que nunca habían cocinado y se animaron a participar: por ejemplo, una joven que preparó enchiladas para su hermano pese a no saber cocinar. También ha habido casos en los que se reproduce la receta que cocinaba la persona desaparecida, no solo su plato favorito; esa apropiación tiene un sentido profundo: si ahí está el sentido, vamos hacia eso.

Ayahuasca Musuk

Cocinada colectiva

En Colombia me conmovió ver muchas cocinas familiares: reuniones de tres generaciones cocinando juntas. En un caso del colectivo 82 participaron la primera, la segunda y la tercera generación, discutiendo, riendo y tirándose los trastes; la memoria se comparte entre sazón y conversación, y eso cuenta otra historia sobre cómo se transmite el recuerdo.

Las metodologías han ido surgiendo de forma orgánica: muchas ideas no las planteé yo, sino que las propusieron las propias participantes. Hay anécdotas pequeñas y poderosas —por ejemplo, una mujer que, tras el regreso de su esposo del gringo (Estados Unidos), le compró pollo estilo broaster porque a él le encantó el KFC—; esos detalles cotidianos también forman parte de la memoria.

Hemos hecho presentaciones y cocinadas colectivas en bibliotecas públicas de Estados Unidos con comunidades latinas de segunda generación (por ejemplo, en Denver), y allí se abre otro tipo de diálogo: la gente que no ha vivido en México conecta con la memoria a través de la comida. En conjunto, la cocina funciona como vector de memoria y como acto de resistencia: reúne, revela lo sensible y permite contar a las personas desde la vida.

Ayahuasca Musuk

Making of en Colombia (Liliana Gaviria y su familia: William, Adriana, Daniel, Sebastián, Julián, Alexander y Nicolás)

V: El proyecto transita por diferentes países. ¿Qué diferencias encontraste en la narrativa, en las dinámicas de búsqueda y en la relación con la memoria y la cocina según el territorio?

Z: Uf, es difícil resumirlo, pero hay diferencias claras. En la segunda edición en Guanajuato la mayoría de las desapariciones eran muy recientes —de apenas cuatro meses—, y eso plantea otra pregunta: ¿qué trabajo de memoria es posible en tan poco tiempo? La necesidad y la disposición de las participantes no son las mismas que en colectivos con trayectorias largas; alguien del Colectivo 82 o del Palacio de Justicia ya cuenta con una paleta de herramientas (bordado, teatro, acciones de memoria) que una familia recién afectada aún no ha desarrollado.

En cuanto a la urgencia, el nivel de escucha y lo que la persona necesita compartir varían mucho según el momento en que ocurrió la desaparición. Eso condiciona el ritmo del proyecto y las formas de acompañamiento: no es comparable una familia que lleva años organizando memoria con otra que acaba de perder a un ser querido.

En las dinámicas de búsqueda también hay diferencias territoriales. En México, la búsqueda en terreno la realizan en gran medida las propias familias: son ellas las que salen al campo. En Colombia, la organización suele ser distinta; no es que no se busque, pero las formas colectivas y las estrategias institucionales varían. En el segundo libro me interesó poner atención a la búsqueda en fiscalía: poner una denuncia, enfrentar el aparato judicial y las trabas burocráticas es una experiencia que marca el proceso y que difiere según el país.

La estigmatización es otro factor: en contextos donde la figura del desaparecido se reconoció recientemente, hablar de ello sigue resultando muy estigmatizante para las familias. Por eso fue revelador trabajar en Colombia, donde hay colectivos con trayectorias que van desde los años setenta u ochenta hasta familias formadas en 2021; esas diferencias históricas y políticas permiten miradas diversas y, en algunos casos, caminar conjuntamente con más herramientas.

En términos temporales, el trabajo de campo para la edición en Colombia se desarrolló entre junio y agosto, aunque el diálogo previo llevaba más de dos años. El proyecto convoca a personas que tienen un ser querido desaparecido  sean  parte de un  colectivos o no . En el caso del Recetario en Colombia han participado personas que son parte de mas de 14 colectivos y personas que no son parte de ninguno

Han participado familias que son parte de Asociación club de vida de los elegidos, Buscadoras con Fe y Esperanza, ASOVICARES, Ave Fenix, Putamente Poderosas, MDPEVM, Red de Victimas Sobrevivientes del Conflicto Armado Interno, Madres de la Candelaria – Línea Fundadora, Colectivo 82, Movice, Reencuentros, MAFAPO, Justicia por Duván. Cada territorio aporta su historia, su ritmo y su forma de compartir la memoria; la cocina, en ese marco, se adapta: en unos lugares aparece como ritual familiar de tres generaciones, en otros como un gesto urgente y recién estrenado que ayuda a nombrar y a sostener la vida cotidiana.

Carne asada, papa salada, arroz blanco y ensalada para Ana Rosa – Colombia

Recetario de la memoria – Colombia

Ayahuasca Musuk

Carne asada, papa salada, arroz blanco y ensalada para Ana Rosa – Colombia

Ayahuasca Musuk

Recetario para la memoria – Colombia

V: Mirando a cinco o diez años, ¿cómo te gustaría que evolucionaran este proyecto y sus metodologías? ¿Tienes en mente nuevos territorios, colaboraciones o formatos?

Z: Pues, en realidad, la metodología ya está caminando. Tras la salida del primer libro surgió mucho diálogo regional y me puse a buscar cómo responder a eso: alianzas, criterios éticos y, sobre todo, la manera de que el proyecto viva territorialmente. Tiene poco sentido hacer algo que no permanezca en los lugares donde se gestó, así que una prioridad ha sido buscar aliados con quienes trabajar de forma sostenida y con quienes me apetezca ir hasta el mismo lugar.

En Colombia el proyecto encontró un hogar con Fundación Casa B; con ellos decidimos que el recetario iba a “vivir” allí. Hay además dos lugares más donde, en principio, lo estamos llevando; ya les contaré más adelante. La finalidad para mí sigue siendo la misma: compartir la mesa y reconocernos en ese dolor, pero también en la vida que sigue.

Me sigue sorprendiendo la correspondencia entre territorios: cuando conocí a las señoras de las flores en el desierto, ellas no tenían idea de que había desaparecidos en México; ver que las Rastreadoras también buscan en el desierto me pareció muy fuerte. También me llamó la atención que muchas participantes de Guanajuato no conocen los colectivos en Colombia; el recetario funciona como un lugar de encuentro entre mundos que no siempre se cruzan —lo académico, los espacios de memoria, las comunidades— y eso me interesa mucho.

En cuanto a formatos, el proyecto ya convive con varios: libro, foto, video, exposición y cocinadas colectivas. Quisiera que, en cinco o diez años, esa multiplicidad se consolide y se expanda: más presentaciones territoriales, talleres, colaboraciones con universidades, equipos forenses y organizaciones locales; y que el recetario siga siendo un dispositivo flexible que se adapte a cada contexto. En resumen: me gustaría que el proyecto siga compartiendo mesa, construyendo redes y adaptando sus formatos según el territorio, para que la memoria se sostenga desde la vida cotidiana y la acción colectiva.

Ayahuasca Musuk

Durante la Semana por la Memoria 2025, que se realizará del 28 de noviembre al 1 de diciembre, el proyecto encenderá fogones en Medellín y Bogotá, con una presentación editorial del proyecto que se ha realizado en Colombia, abriendo nuevos espacios de conversación, escucha y creación colectiva. Será una oportunidad para que más manos, más voces y más memorias se sumen a este dispositivo vivo que sigue creciendo, transformándose y encontrando sentido allí donde la cocina se vuelve lenguaje, acto político y forma de búsqueda.

COLECTIVOS PARTICIPANTES:

Sinaloa: Las Rastreadoras del Fuerte.

Guanjuato: Buscadoras Guanajuato, ¿Dónde están? Acámbaro, Proyecto de Búsqueda, Luz y Justicia, Salamanca Unidos Buscando, Desaparecidos, Justicia y Esperanza, A Tu Encuentro, Hasta Encontrarte, Buscando con el Corazón, Madres Guerreras de León, Plataforma para la Paz y Justicia en Guanajuato.

Colombia: Asociacion club de vida los elegidos, Buscadoras con fe y esperanza, ASOVICARES, Ave Fenix, Putamente poderosas, MDPEVM, Red de victimas sobrevivientes del concflicto armado interno, Madres de la Candelaria Línea Fundadora, Colectivo 82, Movice, Reencuentros, MAFAPO, Justicia por Duván.

PARTICIPANTES :

Sinaloa: Rosario Robles, Esther Preciado, Yesenia Liseth Torres Ramos, Ana Griselda Zapodaca, Yolanda Zapodaca Buelna, Erika Acosta González, Mirna Nereida Medina Quiñonez, Miriam Violeta Maldonado Valdez, Nelly Antonia Torres López, Artemisa Escalante Ayala, Martina Jaquez Chávez, María Cleofás Lugo, Delfina Herrera Ruíz, Reyna Isabel Rodriguez Peñuelas, Noemí Brías Armenta, Blanca Soto, Florencia Quiroz, Guadalupe Quiroz, Ofelia Flores Moreno, Soledad Pérez León, Benito Lizarraga Ramirez, Sonia Ivonne Chanes Gómez, Jessica Higuera Torres, Carmen Rosas Morales, Juana Antonia Escalante Barreras, Ángeles Rodríguez Sepúlveda, Claudia Selene Osorio.

Guanjuato: Carmen, Felisa, Graciela, Ma. de la Luz y Ma. de Lourdes, Cecilia, Luz Nallely y Rosalina, Martha Celia, María Cristina, Alicia, Albina y Sonia, Verónica, Engracia, Juana, María de los Ángeles, Consolación, Evelina, Gisela, María Lidia y Graciela, Carmen, María Guadalupe, María Antonia “Toña”, María Guadalupe, Reyna Lina, Ángeles, Ángeles, María Dolores, Gloria, Marcelina, Juana, Mariela, Esthela, Ángeles, Bibiana, Ana Mendoza, Karla, Sandra Cecilia, Liliana, María Guadalupe, Sara Leticia, Verónica, Yadira, Rosa Elia, Carmen, Cecilia, Isis, María Guadalupe, Patricia Jeanette, Rosalba, María Guadalupe, María Guadalupe, Alma Lilia, Fabiola, María Janette, Ángeles, Yolanda, Alejandra, Irene, Remedios, Elvira, Yhoa, Irene, Blanca, Edith, Olimpia, Monserrat, Alicia, María Elena, Vanesa, Soledad.

Colombia: Mónica, María Eugenia, Diana junto a su tía Maria Lidivia, Rosalba Usma, Julieth Elena, Karen, Bibiana, Patricia, Alejandra, Luz Elena, Amparo, Claudia, Ilda, Janeth Alejandra, Mónica María, Beatriz Helena, Heidy Paola, Juan David, Flor Alba, Luz Ángela, Rosalba, Ines junto a su hija Jessica, Oralia Inés junto a su hija María Camila y su hijo Sergio David, Teresa, Liliana junto a sus hijos Andrés Felipe y Julián Alexander y su familia: William, Adriana, Daniel, Sebastián, Nicolás y Jhon Jairo, Mercedes junto a María Helena, Tránsito y Martha Yaneth, Edgar y Azucena, Pilar, Nancy junto a su hijo David, Rosa Milena, Lucero, Xiomara Steffy junto a Shirley y César, Carlos junto a Dana y Alaya, Luz Marina, Marcela, Gloria, Ana, Erik, Blanca Flor, Cecilia, María junto a su nieta Karen.