Carnaval de Coyolillo

Carnaval y fotografía: detrás de la máscara estamos nosotras

por Koral Carballo

México
02·06·2020

En Veracruz hay un pueblo famoso por su carnaval. Se llama Coyolillo y es una de las pocas comunidades veracruzanas que puede considerarse afromestizas. Dicen que la tradición empezó porque el pueblo queda cerca del ingenio San Miguel de Almolonga, que desde fines del siglo XVI funcionó con el trabajo de esclavizados traídos desde África. El día del carnaval los dejaban salir por unas horas: era su único día de libertad. Entonces los esclavizados usaban máscaras para ocultarse y bailar. 

A Koral Carballo ese pueblo que se volvía fiesta le llamaba la atención, aunque al principio no sabía explicar por qué. Quería hacer fotos ahí para liberarse de las estructuras del fotoperiodismo y la nota diaria. Ese fue el primer impulso: registrar el color y la fiesta de un pueblo que quedaba a una hora de su casa. Romper un poco la rutina.  

Ese ímpetu chocó con la realidad de la violencia. El 31 de julio de 2015 alguien mató a uno de sus amigos, el fotógrafo Rubén Espinosa. “Y a mí se me quitaron las ganas de hacer fotos”, recuerda Koral, “porque Rubén significaba entender que la fotografía puede cambiar algo”. 

Tardó seis meses en volver a agarrar la cámara. Ya no quería pensar en contar las noticias diarias. Entonces Coyolillo, ese pueblo fundado en el siglo XVII por esclavos liberados, reapareció ante ella como un horizonte posible. 

–Quiero regresar a ese lugar donde fui tan feliz –le dijo a su pareja–. Me voy este fin de semana. No sé si vuelvo mañana o qué. 

Llegó al pueblo y tocó la puerta de Octavio López, un artesano que fabrica máscaras de madera para los desfiles: 

–Hola, soy fotógrafa –le dijo–. Me gustaría platicar con usted sobre el origen del carnaval. 

–Quédate –le dijo él–. Tenemos un cuarto. Y te vas mañana. 

Koral se quedó ese fin de semana. Y una semana más. Luego volvió muchas veces. 

Esos primeros días reformuló sus preguntas. Entendió que el asesinato de su colega había sido también un acto de censura. Le interesaba el carnaval como alegoría y forma de recuperar la libertad. Quería, recuerda Koral, encontrar respuestas en las fotos. 

Al principio fotografió niños. Los seguía, los veía jugar, bailar y prepararse para el carnaval. Si alguien le preguntaba por qué había tantos en sus imágenes, ella se encogía de hombros. Después lo descubrió: necesitaba volver a ese estadio en el que había sido feliz, al olor de las pepas tostadas, las charlas con su abuela, contar los sueños como premoniciones. 

A veces tal o cual vecina le pedía un retrato. Y ella vivía el proceso como un redescubrir el oficio: pasar del tiempo urgente del periodismo al retrato como un acto de cariño. Te fotografío, decía Koral, porque hay algo de ti que quiero preservar en una imagen.

Una de esas mujeres se llamaba Isidra. Koral hizo lo de siempre: fue a la casa, hablaron, la fotografió. Y cuando la miró a través del visor de la cámara, entró en shock: 

–Ay, la chingada– pensó. 

Isidra era igual a su tía.

Koral llegó a retratar máscaras y descubrió que detrás de esos rostros coloridos, tallados en madera, estaba ella misma. “Lo que quiero”, dice, “es crear el álbum de mi familia que nunca he podido hojear”.  

Qué había pasado ahí, Koral no lo sabía. Lo descubrió tiempo después, en un encuentro con académicos del mundo afro en México. Su pregunta era muy específica: quería saber cómo habían viajado las personas esclavizadas por Veracruz. 

–Eso es superfácil –le dijo una antropóloga–. Te paso varias fuentes y lo vas a encontrar. Pero tú, ¿ya te has dado cuenta que tienes una nariz afro? 

 El comentario fue como un mazazo. Koral nunca lo había pensado. Se fue del encuentro y llamó a su madre. Le contó el episodio de la nariz. La madre le respondió con naturalidad: 

–Y sí, hija. Ese es el sello de la familia. Todos tenemos esta nariz, por tu abuelo y tu abuela.  

Desde ese día empezó a mirar todo con otro lente: su hermano es mucho más moreno que ella. “Se parece a nuestro abuelo y a una tía”, le contó la madre. La suya era una familia humilde, de muy pocas fotos. Era difícil apelar al archivo. Koral empezó a averiguar con sus tías, a conversar con ellas. 

Los investigadores calculan que por el puerto de Veracruz llegaron a México entre 250 y 400 mil personas esclavizadas entre fines del siglo XVI y principios del XVII. 

Hoy, el proyecto de Koral sigue. En la web de Africamericanos  se puede ver una parte, el principio. La idea ahora es hacer una muestra en Coyolillo, devolverle al pueblo todo lo que ella recibió. Koral llegó a retratar máscaras y descubrió que detrás de esos rostros coloridos, tallados en madera, estaba ella misma. “Lo que quiero”, dice, “es crear el álbum de mi familia que nunca he podido hojear”. 

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