Afromexicanos: no somos folklore

por Hugo Arellanes

México
08·01·2021

A Hugo Arellanes algo lo incomodaba cada vez que antropólogos, fotógrafos o cineastas visitaban su Costa Chica natal. Durante años no pudo poner en palabras qué era. Hasta que logró verlo a la distancia, en la Universidad. Ahí concluyó: “las comunidades afrodescendientes se vuelven objetos de estudio”, dice. Y las comunidades se abren a los estudiosos, esperando que sus vidas mejoren. Pero, después de la visita, los forasteros olvidan el contacto y nada cambia.

Ya como estudiante universitario, Hugo cursó una materia sobre Derechos Humanos que lo impactó. Supo que si unía eso con la cámara que le habían regalado sus padres podía hacer algo diferente. “No me gusta la romantización de la pobreza. No me gusta la infantilización del sujeto afromexicano o indígena. Lo que yo hago con mi fotografía es involucrar al sujeto fotografiado”, explica.

Para su obra El polvito en tus zapatos, Hugo escribió un posteo en Facebook y preguntó qué objetos eligirían sus pares si tuvieran que decidir cuáles los representan. Las respuestas fueron muchísimas y el trabajo resultó colectivo: el rodete, el huarache, la resortera fueron algunos de los seleccionados.  

¿Cómo decidiste que la fotografía sería tu herramienta?

La primera cámara que tuve me la regalaron mis papás, un día que andaba un vendedor de pueblo. Costó como 500 pesos, fue cuando yo tenía unos 12 años. No le tomé mucho aprecio a la fotografía porque la veía como una obligación: “pues ahora ponte a tomar fotografías”, me dijeron. No quería ir por ese camino. En la actualidad me dedico a eso y creo que es chistoso. Años después, en un taller de pintura, uno de mis maestros me recomendó tomar un taller de fotografía y así volví a acercarme a las cámaras. En ese momento quedé profundamente enamorado de la fotografía.

Esta vez ya era una cámara digital, una cámara que no necesitaba un rollo, que podías hacer cientos de disparos sin que te generara un costo adicional, era padrísimo. Más viviendo en una comunidad donde el acceso a rollo y revelado era nulo: teníamos que enviarlo a Acapulco y los resultados no eran los que querías, porque quizá no habías hecho buena exposición. Ver el resultado al instante y poder retomar la toma me enamoró.

Cuando era adolescente llegué a sufrir mucha discriminación por mi color de piel. Es un tema indispensable que he querido tocar siempre. Se reforzó mucho cuando comprendí que hay mucho antropólogo, cineasta que iba a la Costa Chica y decía: “ponte aquí, haz esto, yo te voy a fotografiar”. Todo el tiempo gente investigando nuestras comunidades, nuestros cuerpos. Sentía cada vez más rechazo a este tipo de prácticas. Crecí con una educación basada en la ética y sentía que eso no lo era.

Yo decía: sí, quiero ser fotógrafo, pero no quiero ser como la mayoría de ellos, que no consideran a las personas, no les preguntan. Empecé registrando la vida cotidiana de mi comunidad. Salía con la cámara, iba a ver a un vecino, iba fotográfiandolo en el trayecto.

Más tarde hice una licenciatura en Justicia y Derechos Humanos, y esa experiencia me abrió más los ojos hacia la parte de los DD. HH. “Eso es lo que quiero”, dije. ¿Cómo fusionar esas dos cosas?  

 Al principio no me sentía cómodo viéndolos trabajar: algo estaba mal pero no entendía qué. Con el tiempo fui entendiendo, la universidad te abre un montón los ojos. La mayoría de las comunidades afrodescendientes se vuelven objetos de estudio de las universidades. Entonces los envían a estudiarnos y nosotros abrimos las puertas: sí, pasen. Porque creemos que la educación que tienen van a mejorar nuestras vidas. Prometen que van a volver, que la investigación es productiva. Y uno siempre quiere mejorar. Los tesistas vienen, hacen sus investigaciones y jamás leemos esas tesis. No sabemos si están hablando bien, mal, no sabemos el contenido reflexivo.

Me dije: “Tengo que hacer algo desde mi trinchera para que estas cosas cambien”. Así empiezo a producir un poco de fotografía y, con el tiempo, voy reflexionando. Todavía siento que estoy en un proceso muy fuerte porque aún tengo muchos conflictos con la fotografía en relación con la estética alrededor de las comunidades afrodescendientes e indígenas. Yo soy mitad indígena y mitad afrodescendiente y no me gusta cómo nos registran.

No me gusta la romantización de la pobreza. No me gusta la infantilización del sujeto afromexicano o indígena. Nos ven como si no tuviéramos el intelecto para producir ideas. Me choca que todo el tiempo seamos objeto de estudio. En cambio, lo que yo hago con mi fotografía es involucrar al sujeto fotografiado: necesito que tú me digas cómo te sientes cómodo haciendo esto. Para, entre los dos, construir una imagen de lo que queremos ser y cómo nos sentimos cómodos. También es cierto que hay gente indígena o afrodescendiente a la que le gusta ser fotografiada por antropólogos en posiciones folklorizantes. Hay toda una folklorización del sujeto y eso es con lo que choco casi todo el tiempo. Siento que la folklorización de estos sujetos afrodescendientes o indígenas no aporta nada a la liberación de ellos mismos.  

¿Sigue sucediendo esa folklorización que mencionas?

Por ejemplo, aquí en México, en 2019 fue reconocido el pueblo afrodescendiente. Por fin estamos en la Constitución. Pero a la hora que nos invitan a los eventos públicos siempre quieren que vayamos como danzantes, músicos, como todos estos estereotipos: guapachoso, que trae la alegría en la sangre. Esos estereotipos son limitantes. En mi comunidad hay muchos afrodescendientes que quieren tener participación política. Cada vez que un afrodescendiente dice que quiere participar políticamente para cambiar su realidad es como “no, no, no, tú ponte a bailar, ponte a cantar, dedícate a eso”. Y no: que yo sea alegre no debe limitar mi participación política. Esas son las cosas que quizá me conflictúan. Esa representación que se genera y los límites que establecen estos estereotipos.

Lo que yo intento hacer es romper esos límites y sentar precedente de cosas a las que podemos aspirar. Que el color de piel no sea una limitante. Obviamente, hay un montón de limitantes porque así lo ha dictado el racismo durante siglos pero una buena manera de romper el imaginario es a través de la imagen, porque a través de la imagen también nos lo inculcan.

Soy muy nuevo en conceptualizar la fotografía. Mucho de esta visión se termina de reforzar cuando me mudo a la ciudad. Antes de eso no podía ver todas las problemáticas que atacaban a mi comunidad, porque yo estaba dentro de esas problemáticas. Uno no puede mirar fácilmente, es más fácil desde el exterior y con ayuda de otros, por ejemplo la gente citadina, que me hacía preguntas que jamás me había hecho. Y eso me permitió analizar mi propia vida.  

¿Cómo fue el proceso de selección de objetos?

Cuando elegí el tema, otra vez quise involucrar a todo el mundo, quise que, entre todos, eligiéramos a los objetos. Entonces, lo que hice fue poner una encuesta en Facebook y entre todos fuimos eligiendo los objetos que nos representaban como costeños y como afromexicanos. Me empezaron a llover las respuestas; traté de absorber todas y hacer una síntesis de los objetos más importantes para nosotros. La idea no fue solo mía sino que fue de toda una población. 

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