

Imaginar futuros más sabrosos: fotografía, cocina y performance en la obra de Agnes Essonti
Por Andrea Fajardo
Antes de conocer el significado de la palabra videoarte o de hacer fotografía artística y experimental; antes de leer Piel negra, máscaras blancas de Frantz Fanon, de exponer obras en Mali, Egipto, Sudáfrica, Italia, Alemania… de hacer performance en el Thyssen-Bornemisza y el Museo Reina Sofía, Agnes Essonti escribía poemas en una libreta y tomaba fotografías de momentos cotidianos en su casa, con una cámara compacta que le había regalado su papá cuando tenía 13 o 14 años.
Lo que empezó como una forma de expresión adolescente, que se compartía en Facebook y DeviantArt para crear lazos y comunidad, con el tiempo se fue consolidando en una práctica artística que es tanto un acto de autodescubrimiento, como una declaración política.
Inspirada en pensadoras feministas negras y postcoloniales, con un origen dividido entre el sur de España y el suroeste de Camerún, Agnes Essonti Luque es una artista que transita con fluidez entre la fotografía, el videoarte y la performance.

Selfie © Agnes Essonti Luque
Su obra se ha concentrado en explorar la conexión con lo ancestral, las memorias de infancia, los afectos y la nostalgia. Pilares para un artivismo que propone reimaginar futuros, momentos históricos o recuerdos personales, así como desafiar narrativas impuestas sobre cuerpos e identidades afrodescendientes y abrir espacios para la reparación simbólica.
«Para mí es interesante abrir preguntas y no siempre responderlas. Entiendo toda mi práctica como una misma cosa que al final me lleva hacia mi propio autodescubrimiento y a tejer redes comunitarias. Pienso que es un lugar muy interesante desde el cual trabajar: el hecho de nunca situarse en un espacio de “expertise”, sino estar constantemente experimentando y jugando con los medios y con el cuerpo»
Pero este camino no siempre estuvo claro. Después de estudiar fotografía en Londres y Madrid, Agnes exploró un tiempo con el retrato influenciada por lo que veía en revistas de moda. Fue el descubrimiento de artistas afrodescendientes como Carrie Mae Weems y Ousmane Sembène —cuando una amiga le prestó el libro MoMA Highligths— lo que marcó un antes y un después. Un proceso de introspección que la llevó a replantearse sistemas y maneras de hacer. A trabajar con sus identidades y con aquello que le atraviesa, siendo una persona racializada que vive en la diáspora.
En un texto curatorial que escribió para el Yaoundé PhotoFest 2025 en Camerún, Agnes explica que la fotografía llegó a África en un vínculo muy estrecho con el proyecto colonial. Era un medio utilizado como herramienta de control para construir una imagen de «otredad», que distorsionaba muchas realidades del continente africano y su gente. Pero a mediados del siglo XX, fueron precisamente fotógrafos africanos quienes marcaron una transformación en la fotografía y su uso. Una reinvención para imaginar nuevas maneras de encuentro, resiliencia y reivindicación de identidades.
En ese mismo texto, Agnes apunta que «la vasta sabiduría africana nos recuerda que ‘si no sabes a dónde vas, al menos deberías saber de dónde vienes’. Para permitirnos soñar nuevos horizontes e imaginarios, también necesitamos saber cuál es nuestro punto de partida, qué terreno pisamos y cómo de fértil es».

A Journey © Agnes Essonti Luque
Si bien, la fotografía fue un punto de partida para Agnes, su curiosidad e ímpetu por explorar otras narrativas la encauzaron en una búsqueda más precisa: reclamar los espacios cotidianos y crear experiencias vivas para activar conversaciones políticas. En sus palabras, «una exposición puede ser preciosa, pero con la cantidad de imágenes que vemos hoy en día, es mucho más difícil recordar una foto colgada en una pared que una experiencia vivida y de la que fuiste parte».
Una obra que marcó su transición de la fotografía al arte contemporáneo es Casa Mbixi. Una instalación inmersiva donde Agnes utilizaba grabados, textiles, libros y objetos personales para transportar a los espectadores a su propio universo; donde los temas de afrodescendencia, ancestralidad y autorrepresentación tenían un papel central. Pero un aspecto importante de esta pieza, para entender lo que Agnes plantea sobre el reclamo de lo cotidiano, es que se activaba a través de cenas que ella preparaba para compartir:
«Fue la primera vez en la que, aparte de presentar una instalación, curé una serie de cenas que estaban dirigidas a tres tipos de colectivos: unos que trataban temas y debates sobre las identidades, otros sobre el propio hogar y la manera en la que decidimos vivir, y otros que hablaban más de los cuidados. Planteaba estos encuentros como una invitación a esos colectivos para que se cuidaran también […] Yo les pagaba por venir a cenar algo que les había cocinado y poco más»
Para Agnes, empezar a crear este tipo de encuentros era una forma de procurar el descanso y la conexión humana. Especialmente, en interacciones que parecían simples y cotidianas —como el acto de comer— pero donde surgían conversaciones importantes sobre racismo e identidades de la diáspora.


De pequeñita me daban nostalgia a cucharadas © Maru Serrano
La cocina es, histórica y culturalmente, un epicentro vital de encuentro y comunidad en muchos lugares del mundo. Ha sido un espacio donde se comparten historias, confesiones, debates, malestares o alegrías… entre el borboteo de un guiso para toda la familia o el banquete cooperativo que se arma con un grupo de amigas. La cocina, para Agnes, es también un laboratorio íntimo donde el cuidado mutuo se vuelve tan palpable como el propio sabor de la comida. Y donde preparar pasteles en hoja puede ser tan activista y tan político como tomar un megáfono y salir a marchar.
«A veces, cuando hago revisión de mi trabajo me doy cuenta de que, incluso hasta hace 5 o 10 años, yo tomaba fotos en la cocina de mi madre o de mi tía. Siempre he buscado, quizás inconscientemente, archivar parte de eso. El momento más claro en el que empecé a trabajar con la comida fue en 2020. Llevaba tiempo sin hacer fotos y con la pandemia hubo muchos momentos con la familia en torno a la cocina, con mucha vida y comunidad. Empecé a archivar esos espacios, pero nunca imaginé luego cocinar para un grupo de personas o hacer talleres performativos donde, mientras hablo de mi trabajo, cocinamos un plato del pueblo de mis abuelas»
En este cruce de cuerpo, historia y alimento, Agnes cuenta que ha encontrado una forma de hacer activismo desde los afectos. Asegura que la lucha por los derechos humanos —especialmente la de personas negras— «puede llenarnos de rabia, de enfado… y entonces nos cuesta encontrar espacios donde cuidarnos y reconectar con nosotras mismas».

La Bissaperie © SAC

Mayakabu © Agnes Essonti Luque

Mayakabu © Agnes Essonti Luque
La influencia de Frantz Fanon —médico psiquiatra y pensador anticolonial, a quien considera uno de sus grandes referentes— también se extiende en una investigación que nutre el trabajo de Agnes. Ejemplo de esto es una performance que realizó en 2023, en el Museo Reina Sofía. Propuesta que formaba parte del grupo de investigación y activismo sobre arte, salud mental y decolonialidad: (De)construyendo el museo.
La Bissaperie fue la obra que surgió de esta experiencia. Se trata de un encuentro comunitario a manera de pícnic, creado para brindar a personas afro-españolas un momento de conexión con su identidad y herencia cultural. Allí, en el jardín del Reina Sofía, la artista compartía agua de jamaica (bissap) mientras activaba diversas conversaciones con el público, creando juntes una playlist colaborativa y hasta un podcast.
Este formato respondía a reflexiones que tuvo Fanon durante su época de formación en el Hospital Psiquiátrico de Saint-Alban-sur-Limagnole (Francia), con el psiquiatra catalán Francesc Tosquelles. Tras ser nombrado médico-jefe en el hospital psiquiátrico de Blida-Joinville en Argelia (1953), Fanon intentó aplicar los principios de la psicoterapia institucional que había aprendido en Europa. Al poco tiempo se dio cuenta de lo ineficaz que era emplear un enfoque psiquiátrico de Occidente, en un país africano con un contexto de opresión, deshumanización y violencia impuesto por el colonialismo francés.

Journey, Sun, Eternity © Quique Curbelo
Fanon observó que los padecimientos mentales de muchos argelinos no podían entenderse ni tratarse, sin considerar la alienación que vivían estas personas. Una alienación que no era puramente individual, sino social, política y cultural. Con esta base, Agnes desarrolló una experiencia performativa en La Bissaperie, que solo podía activarse y nutrirse en el diálogo con otras personas. Asimismo, era una manera de romper con expectativas que surgen en espacios institucionales sobre el arte creado por personas afrodescendientes:
«Muchas veces cuando trabajo en Europa, el público en espacios institucionales (mayoritariamente blanco) espera que mi trabajo sea un volcado de situaciones traumáticas, de dolor y violencia. Como si lo único que podemos hacer las personas negras es vivir y exponer narrativas ligadas a nuestra opresión. Mi trabajo reconoce que esos procesos existen y han marcado muchas de nuestras experiencias, pero también busca alternativas desde el disfrute, lo colectivo, la conexión con una misma y con nuestros territorios»
Otro pilar que ha marcado la obra de Agnes, en esta deconstrucción de imaginarios coloniales, es el uso del pidgin. También llamado “broken English”, es una lengua proveniente del suroeste de Camerún, que se basa en el inglés con influencias del francés y de lenguas nativas africanas. Surgió en ciudades fronterizas de Camerún, entre hablantes de diferentes lenguas y en contextos de intercambio comercial como mercados populares. En palabras de Agnes: «el pidgin es riqueza pura». Y usarlo en expresiones artísticas-políticas, a través de títulos o frases, también es un acto de reivindicación para una lengua híbrida; símbolo de una identidad que siempre se reinventa.


A Bayam Sellam © Laura C. Vela
Si la narrativa oficial o las verdades históricas de los pueblos afrodescendientes, a menudo hacen énfasis en el dolor, la opresión y la violencia: ¿Qué pasa cuando les artistas imaginan otros desenlaces? Cuando hacen sus propios plot twists de las historias que marcaron su identidad. ¿Puede la especulación creativa trazar los caminos hacia una reparación simbólica? Claramente, estas preguntas ya se han hecho, no son nuevas. De ahí que existan movimientos como el afrosurrealismo o el afrofuturismo, que no buscan reescribir el pasado ni negar los hechos, sino reimaginarlos desde el arte.
Digamos que aquí el “hubiera” sí existe. Es una potencia creativa en la que el goce y la libertad se vuelven tan concretas y poderosas, como la misma herencia de la opresión. Performar y encarnar estos «otros desenlaces», desarma el poder de la fatalidad histórica y crea un nuevo lenguaje. Al menos así lo vive Agnes, en su propia exploración con estas herramientas.
Recientemente, en trabajos como Bayam Sellam, Viaje, Sol, Eternidad y Ungüento, la artista ha dado paso a una profunda revisión de su historia personal y colectiva. Lo ha hecho con ejercicios de especulación y reimaginación que también aporten dignidad.
«Los primeros proyectos que trabajé tenían mucho esto de hacer denuncia pura y dura, de señalar todo lo que me violenta como persona racializada. Pienso que es algo super necesario, pero también me hace recordar un momento de crisis que tuve en el que me preguntaba: ¿cómo era posible que, siendo alguien aparentemente tan orgullosa de mi herencia africana, en mi obra solo fuese capaz de hablar de las cuestiones violentas que me oprimen, de los sistemas que otras personas han instaurado en mí? Me di cuenta de que la construcción identitaria que estaba haciendo de mí misma era una marcada por el racismo social, institucional… Y que al final en todo eso, mi esencia se perdía»
Agnes cree firmemente que ponerse a sí misma —o a otras personas afrodescendientes— en el centro como sujetos de atención, es algo profundamente radical y transformador.
En la obra Bayam Sellam, una de las performances que realizó en el Museo Thyssen-Bornemisza, trabajó con diez piezas de colección, en las que aparecen personas negras esclavizadas que fueron pintadas hasta 1886. Delante de cada pieza, Agnes leía un texto y hacía un ritual simbólico de sanación bebiendo aceite de palma. Tenía el propósito de generar un vínculo evocativo entre ella y las personas en los cuadros.
«Lo que busco con la performance y los encuentros es poder habitar realmente la memoria de esas personas. Históricamente, no hemos tenido esos lugares de representación ni de legitimidad para contar nuestras historias desde nuestra perspectiva»
La Blanche / La Blanca
En este momento, Agnes se prepara para un año cargado de nuevas investigaciones. En 2026, el Museo Nacional de Antropología en España acogerá su exposición Hotel del Artefacto Expoliado. Una propuesta que revisita piezas custodiadas por el MNA y provenientes de África Central, para explorar la historia —a menudo mal documentada— de objetos que en su mayoría fueron expoliados.
También sigue investigando sobre la comida con el proyecto Una práctica de compartir, en el que explora metodologías de trabajo colectivo vinculadas a la cocina y al acto de compartir alimentos. Igualmente, la figura de Frantz Fanon seguirá siendo un faro en su pensamiento. Aplicando metodologías de especulación creativa, se imagina obras que pongan en diálogo anécdotas de la vida de Fanon con historias propias.
Este camino marcado por la intersección de disciplinas, por un compromiso con la perspectiva decolonial y por la convicción de que el arte puede reparar heridas históricas, es algo que —como dice Agnes— «ha venido para quedarse». Y no solo para activar imaginarios de un futuro más justo o «más sabroso», sino también para sugerir preguntas como las que hace en aquel texto del Yaoundé PhotoFest: «¿De qué están hechos los sueños? ¿Cuál es la receta de los sueños que conservamos y anhelamos cumplir?»




