Cómo ser joven en este limbo y sobrevivir en el intento

por Luciana Demichelis

Argentina
03·11·2020

La fotógrafa argentina Luciana Demichelis tiene 28 años y vive en La Plata, una ciudad que recibe a miles de jóvenes que van de todo el país a sus universidades. Ella cursó la carrera de Comunicación y aprendió que todo se lee en los medios no es realidad sino construcción. La revelación le llegó durante una clase, cuando un profesor contó que el peligro de ser picados por alacranes es una noticia que se repite cada verano de manera automática. ¿Por qué confío en lo que leo?, se preguntó Luciana. Y se respondió: “Si los pudiéramos analizar desde una perspectiva crítica siempre, sería más sencillo pensar los medios: lo que hacen es reproducir estereotipos”.

Para escapar de esos estereotipos creó Freezer, una plataforma desde la que da talleres: en este momento uno de ficción y simulacro. Su trabajo como autora gira alrededor de eventos culturales y la vida nocturna en su ciudad, ahora cruzados por la pandemia. “Cuento desde un territorio super cercano a mí”, dice. Observa su propia juventud desde un paradigma de cuidados y dice que, cuando se persigue a la cultura y se estigmatiza las drogas, la clandestinidad entre amigues se vuelve un lugar más seguro.

¿De qué se trata el trabajo?

La temática que trabajo es la de ser fotógrafa de la escena under de La Plata, de los eventos culturales, de piezas de electrónica. La Plata es una ciudad con mucho movimiento cultural, mucho espacio para crear y yo estaba en tres mundos a la vez: la comunicación, los eventos culturales y el teatro. En el último tiempo desarrollé diferentes propuestas para becas de fotografías y también hice una revisión de archivo propio, que un poco estamos haciendo todos.

Para el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso preparé una serie de imágenes que tienen como protagonistas a la comunidad joven de mi ciudad. Alterné, en el proceso, imágenes de mi archivo con escenas creadas desde cero durante los días del festival, construidas en pandemia: gente en la calle, amigues en espacios abiertos con distancia social, la juventud, los cuerpos en movimiento.

Limbo es la palabra más fuerte del proyecto. Imaginé un limbo metafórico y literal, que tenía como escenario la noche de la ciudad de La Plata y la pista de baile como referencia conceptual. Pensé un limbo en relación con lo que sucede en la pandemia, por este “no-lugar” en el que estamos todos inmersos: no estamos yendo hacia ningún lugar que sea firme. Yo lo asocié a las fiestas, el lugar de no lugar. Cuando uno está inmerso en una fiesta no está en un espacio firme.

Hay también una cuestión con la línea, las líneas. Pensaba el libro como una cuestión literal: el baile del limbo. Exageré esa literalidad y empecé a formar líneas que me llevaron a diferentes lugares: estar online y offline, por ejemplo. Se volvió complejo y todavía es un trabajo en proceso que vamos a seguir desarrollando con la beca de fotoperiodismo de Blackkamera de la escuela de Bilbao.  

¿Cuánto habla tu trabajo sobre la pandemia?

Quería pensar el imaginario de la pandemia sin caer en los lugares comunes de los hospitales. Usé imágenes de archivos. La fotógrafa Cristina de Middel me lleva a pensar cuál es el imaginario del no lugar, del limbo, en el que estamos inmersos los jóvenes. La pandemia es un subtexto porque es el contexto en el que configuro el proyecto de la serie. Va a haber algunas referencias.  

Decías que te interesa repensar cómo se construye la realidad en los medios de comunicación, ¿por qué?

Me gustaría repensar los lugares comunes en los que ponen a la juventud. Tengo 28 años, quiero retratar las fiestas electrónicas, el ser joven, universitario, en La Plata. Hay una asociación entre la clandestinidad y algo negativo. Creo que también hay algo de que, en esa clandestinidad, la juventud se encuentra un poco más cómoda. Ir a un espacio organizado con tus amigos, donde sentís que va a haber un cuidado es bastante corriente.

Los espacios culturales en La Plata son perseguidos municipalmente y durante los años de macrismo [gobierno en Argentina entre 2015 y 2019] fue decadente: hubo una persecución sistemática de determinados espacios culturales.

Hay un imaginario de juventud y pastillas o drogas, únicamente. Me parece que mi postura como autora es pensar que ese no sea el único lugar al que se asocian las fiestas electrónicas. Se asocia la fiesta con la droga y la droga con la muerte. Creo que hay que debatir las drogas. No quiero criminalizar ni mitificar. Hay bastantes más complejidades.  

En algún punto, en vez de irte a retratar un mundo ajeno y lejano, fotografías el tuyo…

Ya el imaginario de que uno tiene que construir una visión del fotoperiodismo haciendo fotos angulares en blanco y negro, no va más. Yo soy mujer, hay una búsqueda con el feminismo, hay mucha tela para cortar. En algún punto, un trabajo nunca deja de ser personal, tiene que ver con una toma de decisión, similar a lo que sucede con el lenguaje escrito: todo es una postura. En la fotografía también hay que volver a hablar sobre todas esas decisiones que uno toma al momento de hablar de otro.

En mi caso, lo que estoy haciendo es hablar de mis pares, de las personas que me rodean, gente que conozco en estas fiestas o eventos.  

Decías que “hay que debatir las drogas”, ¿cómo lo plantearías?

Ahora estoy en debate sobre las drogas, pensando más bien acerca en el rol de la clandestinidad, las prohibiciones que hacen que ni siquiera sepamos qué es lo que se consume. Viene la policía, nos clausura las fiestas. No queremos santificar ni construir lo mismo que construyen los medios sobre nuestros eventos. Hay chicos que la están pasando bien escuchando música electrónica. No es algo antropológico, no voy y registro a una persona desde la otredad: son mis pares.

Lo que tiene que ser primordial para el estado es cuidarnos, no perseguirnos. Somos estudiantes universitarios, tenemos nuestras carreras, estamos recibiéndonos. Mucha de la energía que aprendemos en las carreras está en la puesta en escena de los eventos, en mi caso en las fotos. En definitiva, creo que estamos en proceso de conocernos más a nosotros mismos y eso también aplica a nuestros consumos como jóvenes en general. Criminalizarnos lo único que hace es empeorar las cosas.

Creo que el problema es la falta de cuidado hacia la juventud. Lo único que se hace es estigmatizar las problemáticas, simplificándolas. Pareciera que si sacamos la droga, todo se resuelve. Y no. Por eso, a veces nos sentimos más cómodas yendo a estas fiestas que a un evento oficial en donde, quizá, cortan el agua. Tienen que ser espacios cuidados, algunas situaciones van a suceder y hay que tener un respeto y un cuidado, cuidar al otro. 

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