Soñar con ahogados era un sueño recurrente en mi infancia, yo vivía en una casa pequeña de tres cuartos, éramos cinco personas y en mi sueño aparecían los cuerpos de mis familiares ahogados. Proyecto Fotográfico

Diario de una familia en naugrafio

por Texto: Emilia Erbetta - Fotos: Andrés Cardona

Colombia

Cuando mataron a su papá, Andrés Cardona tenía tres años y medio. Su madre lo llevó hasta el cuartel militar para reclamar el cadáver. Cuando la mataron a ella, Andrés ya había cumplido los cuatro. Dónde está enterrada, todavía es un misterio.

Andrés es parte de un linaje de campesinos. Su familia viene del Tolima y desde la década del 50, cerca de veinte de sus miembros fueron asesinados. “No solo los más cercanos a mí, como mi papá, mi mamá, tíos, primos, también mi bisabuelo, mujeres decapitadas”, dice.

La tragedia quedó grabada en el álbum familiar. Empieza como un recuerdo de lo cotidiano: Andrés y su hermano con caretas de Bart Simpson, su padre montado a un caballo, el primer día de escuela, los disfraces de Halloween. Pero en algún momento se convierte en el registro de la muerte: la fosa común donde encontraron a su padre y su tío, ataúdes con arreglos florales, una foto de familia donde la mayoría de los protagonistas están muertos.

“Una vez al año a mi abuela le gustaba ver esas fotos, sobre todo en la época en la que se conmemoraba el fallecimiento de mi papá”, cuenta Andrés 27 años después. Ahora tiene 30 años y es fotógrafo. “Ella lo guardaba en unas cajas que tenía debajo de su cama. Pero yo siempre estuve apático. No me gustaba tanto verlas”.

Las fotos empezaron a dañarse. La humedad las corroía y Andrés supo que ahí había un punto de partida. Lo que empezó con esas imágenes es un trabajo en el que Andrés busca a su familia. No solo a sus padres, sus tíos, sus antepasados asesinados. Busca también a los vivos, a los que siempre tuvo cerca, para saber de qué están hechas sus sueños, su pesadillas, sus sentimientos, temores, el significado de la guerra y la soledad.  



Mi primo Aldemar Vargas Jr., su padre fue ejecutado en Colombia junto a mi padre, sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común. El cuerpo de mi madre fue enterrado en el cementerio de Suaza, en el Huila al sur de Colombia. Ella no fue reconocida y ahora su cuerpo está enterrado sin saber exactamente dónde.
Gracias a la guerra, mi tío desapareció por muchos años, volvimos a verlo 6 años después de no haber tenido noticias de él. Este día fue en un espacio de reincorporación antes de entregar las armas.
Mi abuela tiene 89 años. A muy temprana edad ella vio como su padre fue asesinado por fuerzas políticas apoyadas por el Estado colombiano. 

Andrés vive en una ciudad llamada Florencia, en el departamento de Caquetá, al suroriente de Colombia. Es la ciudad más grande de la Amazonía colombiana, el punto donde termina la Cordillera de los Andes y empieza la selva. Del otro lado de las montañas se ve la sabana. Tres territorios con tres climas distintos.

No siempre vivió aquí. Creció muy cerca, en Caguán, un pequeño pueblo de Caquetá, en una zona que él mismo describe como de “mucha violencia”. “Fue donde estuvo la FARC”, explica. “En el 2000 era como el epicentro de la coca en Colombia. Es un pueblo muy estigmatizado por la presencia de la subversión. Es donde durante mucho tiempo estuvo la columna más militar y estratégica. Es un lugar en el que han hecho masacres, muchos asesinatos. En Peñas Coloradas del Caguán, en el municipio de Cartagena del Chairá, hubo desplazamientos forzados de 3800 personas por la Fuerza Pública. Y las violaciones de DDHH fueron constantes en todo el territorio, en manos los militares, los paramilitares, la guerrilla”.

Con los años, Andrés llegó a entender que todo -la violencia en Colombia, la tragedia de su familia- tiene que ver con la tierra: con quién la posee y quién no. “Colombia tiene un problema de distribución de tierras”, dice. “Mi familia no ha tenido tantas oportunidades en la vida. Lo único que ha sabido hacer fue trabajar la tierra”, aclara. “Mucho ha tenido que ver un poco por un tema político de pertenecer a partidos progresistas, pero también tuvo que ver con la estrategia que planteó el Gobierno sobre la postura que tiene en las zonas donde hay cultivo de coca en gran cantidad”.

Hernando y Aldemar, los hijos mayores de mi padre y mi tío, en una recreación del entierro de sus padres. Esta es una representación de lo que significa perder a un padre.
Mi hermano y yo jugábamos cuando eramos niños, un año después de tomada esta foto, mi padre fue asesinado, ocho meses después mi madre también fue asesinada y su cuerpo fue abandonado en una fosa común. Archivo familiar 1992.
El último puerto que mi mamá visitó fue Curillo, un municipio de Caquetá en el sur de Colombia. Allí ella fue perseguida por soldados que hicieron que se fuera, tres meses después de haber estado allá fue asesinada en otro departamento.

 Cuando terminó el colegio no sabía qué quería hacer. Los primos con los que había crecido hacía tiempo que habían dejado la escuela y ninguno estudiaba. En Florencia había una carrera de artes y hacia allá fue. Tenía doscientos dólares y una maleta.

Se anotó en la Licenciatura en Artes para ser docente. Pasó por muchas ramas: la pintura, la escultura y el teatro. Buscaba la forma de contar lo que veía a su alrededor: una tierra de desigualdad y muerte. Así volvió a la fotografía: cuando era niño su tía le había regalado una pequeña cámara de rollos.

Terminó de estudiar y siguió haciendo fotos. Iba sin rumbo, no conocía demasiado ese mundo de galeristas y portfolios. “Llegué a la fotografía porque necesitaba encontrar una forma efectiva de contar qué me pasa y qué pasa en mi territorio”, cuenta sobre esos primeros años. “Pero después se volvió una bola de hielo que fue creciendo y ya no necesito solo contar el lugar en el que vivo sino que empecé a trabajar en otros lugares, a viajar por Colombia, ir a las frontera y tratar temas de migración. Todo fue creciendo de una manera rápida, muy rápida”.

Al principio pensaba que su trabajo era importante para su familia: les daba la oportunidad de hablar sobre eso de lo que nunca habían hablado. Ahora piensa que es al revés. “Cuando empecé a asumir de otra forma el narrar el conflicto, pensé que tal vez era mi familia la que me había dado la posibilidad de contar cómo es la muerte, la desaparición forzada, qué sueña y qué pesadillas tiene quien vivió así la violencia”.

El preguntarme o preguntar a mi familia cómo nos sentíamos, nos llevó a concluir que las muertes violentas nos habían dejado muertos en vida, el dolor de la muerte de un ser querido y la muerte violenta hace de la vida una lucha por perdonar pero no olvidar
El tres de septiembre de 1993, mi madre estaba dando un taller a campesinos cuando ella y otras personas fueron ejecutadas por militares quienes las acusaban de ser guerrilleras. 

 Con el comienzo del Proceso de Paz se crearon organizaciones gubernamentales para afrontar la verdad del conflicto. Entonces, Andrés denunció la desaparición y muerte de su mamá para que intentar encontrar el cuerpo. “A mis padres los asesinaron en una época que en Colombia es conocida como la época del genocidio de la Unión Patriótica, que era un partido al que ellos pertenecían”, cuenta. “Hablar de lo que pasaba era ponerse en el mapa para que te asesinaran Fuerzas Militares de Colombia. Muchas preguntas que tuvimos nunca pudieron responderse porque no se hablaba del tema. Solo sabíamos que estaban muertos”.

De noche Andrés se subía con sus primos y su hermano al tanque de agua de su casa. En la oscuridad veían las avionetas militares sobre las montañas: las ráfagas de metralla, la luces y la pólvora suspendida. Cuando la guerrilla se replegó todo fue aún peor: llegaron los paramilitares. Cada mañana el pueblo amanecía con media docena de muertos. Sin importar qué cambiara, la violencia siempre permanecía.

El horizonte de paz desató un proceso de narración colectiva. “La gente empezó a hablar, se veía por la TV todos los días a gente contando lo que habían vivido”, recuerda Andrés. “Le dije a mi familia que ya era hora de hablar, quería que me cuenten qué había pasado, cómo, qué sentían ellos, qué los perturbaba y que querían para su vida”.

En esas charlas pudo ver cómo estas décadas de violencia y muerte habían delineado las pesadillas de su familia. “Noté”, cuenta ahora, “que cada uno tenía una versión distinta y una manera diferente de vivir esos duelos y la muerte y cómo la violencia los dejó en la miseria”.

Mi tío Euclides fue un comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC-EP. Después de 40 años como revolucionario, él carga cicatrices de muchas heridas. 
Los fondos que acompañan estas fotos son vestidos que pertenecen a mujeres de mi familia. Mujeres que ahora son el eje de la familia, después de que varios hombres fueron asesinados.
La muerte no es solo el acto de morir. Es también sus consecuencias, y en este caso, la soledad, la austeridad, la falta de alegría y la tristeza que permanecen por años

 En una de las fotos del trabajo de Andrés dos hombres jóvenes yacen en una fosa. Están de espaldas y casi desnudos, llevan solo un pequeño slip cada uno. Son el hermano y el primo de Andrés, que en esa posición recrean una escena real de 1993, cuando alguien fotografió los cuerpos de su papá y su tío. En la foto original están cubiertos de barro.

“Cuando fui con mi hermano y mi primo a hacer esa foto, yo hacía chistes: marica, acuéstese ahí”, cuenta Andrés. “Era un ambiente tranquilo, de confianza. Ellos todavía no entendían que yo estaba haciendo una interpretación de la fosa donde estaban mi papá y mi tío, sino que lo tomaron como algo un poco raro que yo hacía”, recuerda.

Cada foto fue la oportunidad para un encuentro. En el montaje de la escena se abría la chance de volver a hablar de sus muertos. A él, el proyecto le permitió estar más tranquilo para poder decir en voz alta que su familia no merecía lo que pasó.

El trabajo aún no está terminado. Andrés lo título “Wreck family” que puede interpretarse de varias maneras: familia en naufragio o familia inundada son solo dos de sus posibles traducciones. Para él, es un proceso en crecimiento, que lo acompaña en la búsqueda del cuerpo de su madre. Es un proceso de denuncia y de memoria, de trabajar con el dolor y de construir arte con la materia prima de la propia historia. 

Soñar con personas que están muertas, que se ahogan, que están enterradas, que están muriendo o diciéndole adiós a los seres queridos que ya no viven, es un tema recurrente en mi familia.  
Mi familia reunida para enterrar los cuerpos descompuestos de mi padre y mi tío en 1993. Mi mamá, Luz Mercy Cruz, aparece en el centro a la derecha, sostiene un ramo de flores blancas. Yo soy el niño pequeño llorando a su izquierda.  
“Después de la muerte de mis hermanos, soñé que estaba en una reunión familiar, ellos se despedían y yo les pedía que me llevaran con ellos, en el camino me cansé y mi hermano Hernando me regañó, después llegamos a un río y mis hermanos cruzaron, yo no pude pasar y ellos me dijeron que regresara a cuidar a mi mamá. Después los vi vestidos de blanco y se despedían de mi mientras lloraban”. Tío Enid. 
Después de los asesinatos de mis padres, mi abuela María Vargas inició un camino muy peligroso en busca de la verdad. El Estado colombiano reconoció que mi tío y mi padre eran inocentes, pero aun no sabemos nada de mi mamá.  
Al hablar con algunos miembros de mi familia, ellos atribuyen sus pesadillas a la violencia que hemos vivido. La pesadilla más recurrente entre nosotros es que soñamos que nos van a matar, que nos persiguen y entonces nos despertamos asustados. 
El Ejército nacional los hizo pasar por guerrilleros, los mató y echó sus cuerpos en una fosa común. Foto de 1993. 
Esta foto fue enviada por mi tío quien hizo parte de la guerrilla de las FARC, esta fotografía que fue tomada en el año 2000 tuvo que ser enterrada en el patio de la casa, pues en ese tiempo en Caquetá los soldados llegaban al pueblo e iniciaban una ola de terror. Todos los días moría alguien, y después de las 6 de la tarde nadie podía dejar su casa o sino podían matarlo. Si los paramilitares hubieran visto esta foto habrían podido matarnos a todos. 

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