Editorial Gato Negro: lo pequeño es bello

por Gato Negro Ediciones

México
13·08·2020

Gato Negro Ediciones es una pequeña editorial con base en México y circulación internacional, un equipo de tres personas que en los últimos seis años construyó un catálogo de cerca de 150 títulos, lleno de joyas extrañas que van desde fotolibros a ensayos y poemas, con autores y autoras de todo Latinoamérica y Estados Unidos. 

Al principio era un proyecto pensando desde el diseño, un modo de publicar en pequeña escala, con bajo costo y privilegiando siempre la libertad y la experimentación. “Esto está ligado a cómo imprimimos con la máquina RISO, un duplicador electrónico”, explica el fotógrafo y editor León Muñoz Santini, uno de los fundadores de la editorial. “Al empezar, nuestra idea era ser un espacio autónomo, con contenido en formato libro y con la mayor libertad y menor expectativa posible en torno a todo”. Ese todo abarca temas, formas, técnicas, procedimientos. 

Apostaban a circular de mano en mano y de boca en boca. Imprimir barato les permitió tomar riesgos, liberándose del miedo al fracaso comercial. “De esta forma se pueden publicar cosas que bajo cualquier otro modelo económico sería muy complicado”, explica León. Priorizaron títulos con tirajes pequeños en lugar de pocos títulos con grandes tirajes. En términos de impresión, dicen, es más lo que una RISO hace mal que lo que hace bien: su encanto radica en lo imperfecto. 

Su catálogo está construido sobre los márgenes de la industria editorial. Son libros de poesía, de ensayos, de fotografía y de arte que, sin buscarlo, traspasaron primero las fronteras mexicanas y después las latinoamericanas. “Lo que terminó pasando fue que, para bien y para mal, los libros que hacemos circulan más afuera que aquí”, explica León desde México. Este viaje más allá de lo que esperaban los hizo conscientes de la relación centro-periferia que condiciona la circulación de contenidos intelectuales, artísticos y culturales. Esa conciencia cambió todo: “Desde hace unos años la mitad de los libros que hacemos son en inglés con la idea de poder circular en esos espacios, llevando contenidos generados aquí, intentando subvertir esta dinámica centro-periferia a la que están siempre sujetos los contenidos culturales generados en América Latina”. 

Ese modelo de trabajo basado en una pequeña tirada de libros que pasaban de mano en mano, que se traficaban como una contraseña o un secreto, se transformó. “La posibilidad de circulación con otra currency se volvió un modelo económico en sí”, explica León. Lo que empezó un poco por casualidad, se volvió super calculado: hasta ese momento, el plan era que no había plan. Pero el proyecto creció y se volvió algo inmanejable. Todavía no han podido resolver la contradicción entre tener el catálogo de una editorial mediana con la estructura de una editorial artesanal

Acostumbrados a vivir en las dicotomías, Gato Negro se planta frente al mercado del libro como un modelo distinto, aferrado a la práctica de lo posible, entendido como lo que pueden hacer por sí mismos. “No estoy diciendo que nuestro modelo sea mejor, o peor, o etc. pero simplemente es diferente y es más cercano a lo posible”. Y editar, dicen, es una manera de amarrarse al libro como fetiche, a ese significado que supera su materialidad. León define al libro como una promesa de sobrevivencia: “Hay cierto tipo de argumentos, nociones, que solo son enunciables en la forma del libro y de eso va nuestro trabajo”.

“Me parece interesante la idea de que producir un libro sea más o menos accesible en términos de dinero y quitarle el gesto grandilocuente al publicar”, dice León. Bajarle la expectativa al objeto-libro, “a esa idea de que todo libro debe ser una grandísima idea o un proyecto de vida reflejado”. 

Ensayos fotográficos sobre Ciudad Juárez y sobre el postfranquismo, libros de poemas hechos de versos ajenos, textos teatrales sobre una París sin Louvre, manifestos políticos, ensayos filósoficos: el catálogo de Gato Negro es imposible de etiquetar. Incluye rarezas como Nostalgia, el libro de fotos sin fotos del artista norteamericano David Horvitz, que borró todo su archivo digital y en este (no)fotolibro recopila breves descripciones de todas las imágenes de este archivo desaparecido. Una página dice: “autorretrato mientras manejo”, luego el nombre del archivo, la hora y la fecha; “saludando el atardecer”; “la luna”; “el nido de un colibrí”; “un zorro en la noche”. 

  

En An Artist, la argentina Malena Pizani reúne mil quinientas descripciones de un artista hechas, en palabras de León, “con mala leche y un sentido de la ironía muy preciso”. “Primero fue una pieza en video que era una voz en off sobre una pantalla negra y luego se hizo una edición pequeña en una galería llamaba Big Sur”, cuenta León sobre el proceso. Cuando conocieron el libro, les pareció que podía circular en cualquier lado, entonces le propusieron a Malena que lo tradujera al inglés y no lo imprimieron con la RISO, sino en Offset. Hicieron una tirada enorme, de mil ejemplares, y nunca se arrepintieron.  

Imprimir es resistir, su último libro, es un compilado de gráfica de la resistencia chilena que nació al calor de las revueltas populares que empezaron en octubre de 2019. “Todo el mundo en América Latina veía lo que estaba pasando y nosotros veíamos como mucha gente amiga y compañera generaba esta ‘respuesta’ en términos gráficos ante la brutalidad y la barbarie del fascismo chileno”, cuenta León, “y eso era relevante y valía la pena hacerlo circular y que se convirtiera en contenido en materia impresa”. 

Lo pensaron como un primer “ejercicio de memoria y preservación”, un objeto que quedará cuando los bytes de las redes sociales donde las revueltas se transmitieron en loop durante los últimos meses de 2019 se hayan disuelto en la marea digital. El libro también resiste.