La guerra contra las drogas también contamina

por Gena Steffens

Colombia
04·01·2021

Cuando la fotógrafa Gena Steffens habla con alguna autoridad, tiene la sensación de que piensan que es “inofensiva”. Y que eso le abre puertas. Así logró, por ejemplo, convencer a los militares colombianos para volar con ellos en sus campañas antinarcóticos sobre la selva colombiana, sin que nadie supiera que iba a comprobar cómo la política de la supuesta “guerra contra las drogas” contamina más que los cultivos y laboratorios que en teoría combaten.

Gena nació en Carolina del Norte, en Estados Unidos, donde también cursó antropología y estudios ambientales. Después viajó por América Latina y sobrevivió con distintos oficios. Así perfeccionó su castellano, que hoy, a sus 30 años, habla a la perfección. Llegó a Colombia para asistir a un artistas, y se enamoró por partida doble: del país y de la fotografía. “Pues la verdad, yo me siento más colombiana que estadounidense. Siempre me he sentido más en casa en Latinoamérica”, asegura.

Además de trabajar con temas ambientales, su capacidad de empatizar la llevó a acompañar a un grupo de jóvenes venezolanos en plena pandemia que intentaban regresar a Venezuela. Caminó junto a ellos 700 kilómetros hasta la frontera colombo venezolana, pero finalmente no quiso dejarlos ir. El peligro era demasiado. Así, ya con una amistad construida, decidió invitarlos a su propia casa en Bogotá. Convivieron un tiempo en su pequeñísimo departamento, hasta que ella alquiló una casa para sus amigos, una que se fue constituyendo como un lugar de paso y refugio para el éxodo venezolano.

Tu historia en Colombia empieza en el Caquetá ¿qué te llevó hasta allí?

Fue una situación muy extraña. Yo estaba viviendo en Estados Unidos. Me había graduado de la universidad y estaba trabajando en un restaurante. Y un día me choqué físicamente con un señor que iba caminando. Por alguna razón nos pusimos a hablar y resulta que este señor era un pintor que había sido contratado por el Comité Internacional de la Cruz Roja para hacer una campaña artística acerca del trabajo que esa organización realiza en las cárceles.

Y él necesitaba un productor, alguien que hablara español. Me interesó muchísimo el trabajo que estaba haciendo él y mi perfil era perfecto para lo que necesitaba. Entonces me ofreció el trabajo, que consistía en ir a Florencia, Caquetá. Iba a quedarme unos seis meses allá, pero al final… yo siempre sigo mi curiosidad en la vida. Los diálogos de paz estaban agarrando fuerza. Yo decía: “Wow, esa región tiene mucho que perder o ganar”. Empecé a investigar y decidí quedarme. 

Ya hacías fotografías de antes, ¿no?

Mientras trabajaba con ese pintor fuimos a diferentes cárceles en todo el país y dictamos cursos de autorretrato a los reclusos. Y en todo ese tiempo parte de mi trabajo era fotografiar y grabar lo que estábamos haciendo. Yo siempre he sido una persona muy creativa, me gusta producir. Anteriormente procesaba el mundo a través de la pintura, pero después me di cuenta de que con una cámara podía combinar todos mis intereses académicos y de investigación y también tener esa salida creativa. Así, por fin, descubrí que eso es lo que quería hacer en la vida. 

Te defines como una fotógrafa interesada en la crisis ambiental y en los problemas ecológicos.

Ese es el enfoque principal en mi trabajo. Es como la intersección del conflicto armado y asuntos de seguridad con el medio ambiente. Empecé a cubrir ese tema después de los Acuerdos de Paz del 2016 entre las FARC y el estado colombiano.

Donde yo vivía, en Caquetá, cuando se firmaron los acuerdos de Paz se disparó la tasa de deforestación de una forma impresionante. Pues yo estaba viviendo en esa región y me preguntaba “¿de dónde está saliendo todo ese humo? Siempre hay una temporada en la Amazonía que es la temporada de quema y es normal que haya humo. Se nubla un poquito el paisaje y se ve como con neblina. Es una cosa muy impactante. Fue como una cosa impresionante que vi con mis propios ojos. Empecé a pensar: esos son territorios donde se concentra la mayoría de la coca cultivada en el país.

Los lugares como ese en Colombia están  aislados. Realmente hay como una cortina de selva. Y detrás de esa cortina pasan cosas y nadie nunca se entera por el mismo aislamiento geográfico en que esas cosas están pasando. Uno no puede simplemente ir porque la gente cree que eres espía o que estás haciendo algo malo. Por haber vivido ahí tenía contactos con gente que vive en esas zonas, que me conocían y que estaban de acuerdo con llevarme a esos sitios.

Ahí fue cuando empecé a fotografiar los procesos de deforestación. Y la verdad es que es un proceso, no es simplemente deforestar y ya. Primero limpian, después con una motosierra van y tumban. Es como una ciencia: el campesino lee los patrones del clima y espera el momento indicado para tumbar todo. Y después de unos meses, al final del verano, ahí abajo, cuando llueve menos le prende fuego. Acompañé a ese proceso en dos lugares distintos. 

¿Y quién lleva adelante ese proceso?

La gente con las motosierras por lo general son campesinos humildes. Por un lado, hay personas como por ejemplo un señor en Putumayo que conocí que es un campesino normal, muy humilde y que vive en el campo al borde de un parque nacional. Él ha intentado ser muy legal en todo su trabajo, aunque esa sea una zona donde se cultiva mucha coca. Él no cultiva coca, sino que intenta ganarse la vida con el ganado. En esa época tenía unas cuatro vaquitas.

Anteriormente las FARC mantenían una regla que consistía en que solamente se podían tumbar cierto número de hectáreas de bosque. Si tumbabas más te metías en problemas: te ponían una multa o algo peor. Entonces la gente respetaba las normas. La guerrilla no lo hacía porque la deforestación fuera mala para el medio ambiente, aunque a veces les guste decir que era por eso. Pero, la verdad, es que mantener el bosque intacto era más una estrategia militar.

Entonces, cuando la guerrilla se fue, personas como este campesino dijeron: bueno, ahora que no están las FARC voy a tumbar más hectáreas de lo normal para meter más vacas ya que nadie me va a poner problemas por culpa de ese monte. De este modo, algunas personas lo hacen por su propia cuenta y tumban cinco o diez hectáreas.

En paralelo, otras personas son financiadas por la élite rural colombiana. Hay un tema muy fuerte acerca de usurpación de tierras y básicamente en estas zonas hay gente con mucha plata que contrata campesinos para entrar al monte y tumbar 100 hectáreas de una vez. Lo queman, siembran pasto y meten unas vacas allá. Y, gracias a las políticas agrarias en Colombia, pueden obtener el título de esas tierras por haberlas tomado. O sea, por haber reemplazado la selva con un negocio legal de ganadería.

Planteas también que hay otros impactos ambientales negativos en la llamada “guerra contra la drogas”.

Existen muchos trabajos acerca de los impactos ambientales de la producción y el cultivo de los cultivos ilícitos, pero casi no se habla de los impactos que tienen la misma guerra contra las drogas o los impactos que tienen las políticas buscan erradicar o destruir coca y laboratorios para el procesamiento de clorhidrato de cocaína.

Hubo una época en que pasé mucho tiempo en otro departamento que se llama el Guaviare, que también queda al sur del país y que bordea la selva amazónica. Y allá había hecho muy buen contacto con el ejército. Ellos me dieron permiso de montarme en los helicópteros que llevan constantemente tropas y materiales a diferentes puntos de la selva, donde están las áreas de operaciones del ejército. Aprovechaba sus vuelos para montarme en el helicóptero y fotografiar los patrones de deforestación desde arriba, porque es muy complicado andar en ese territorio y yo quería realmente ver la cantidad de destrucción que había.

Y un día estaba sentada en la oficina del comandante de la brigada del Ejército allá y él contestó el teléfono. Y me dijo: “Mira, acabamos de identificar un laboratorio cristalizadero de cocaína”. Porque hay dos tipos de laboratorios: el de pasta base que es muy sencillo y siempre está ahí metido al lado de los cultivos de coca. Pero también hay cristalizaderos que son donde la gente lleva la pasta base y donde es convertido en la cocaína que es consumida en todas partes del mundo. Esos laboratorios son mucho más sofisticados y son muchos menos que los laboratorios de pasta base. En fin, el ejército había identificado uno de esos laboratorios y le dije al comandante: “Pues me vas a dejar ir a documentar cómo es el procedimiento para destruir eso, porque al final del día eso es un negocio que tiene muchos impactos ambientales”.

Es que yo estaba ahí documentando las actividades del Ejército para frenar la deforestación y para frenar las actividades que estaban causando impactos en el medio ambiente. Y entonces convencí al comandante de dejarme acompañarlos.


Volé con unos agentes de la Policía Judicial y unos expertos de explosivos. Fuimos a un punto en el medio de la selva. Por todos lados, selva sólida. Aterrizamos en un pequeño espacio que estaba limpio. Yo la verdad estaba ahí con la intención de documentar el laboratorio, ver cómo era, documentar cómo hacían los del ejército y de la policía para destruirlo.

Nunca se me había ocurrido que esas operaciones en que destruyen un laboratorio tienen impactos directos en el medio ambiente. Ellos anotan: “Bueno, hay 20 bultos de tal químico, hay como 1000 galones de solvente”, y al final del día todo eso lo explotan y lo dejan ahí. Y yo estaba ahí y miraba cómo los soldados vaciaban bultos de químicos ahí mismo en el suelo y explotaban todos esos barriles. Para ellos eso es el procedimiento normal. Después de ver todo eso, me quedé como ¡wow! Acabo de ver cómo echaron un montón de químicos en medio de la Amazonía. Y ¿cuántas veces habrá ocurrido eso en el transcurso de la guerra contra las drogas?”

Ahí fue cuando se me despertó la pregunta: todo mundo habla de que la coca y la producción de cocaína es dañina para el medio ambiente, porque tumban el bosque para sembrar más coca, pero el ejército está botando químicos al suelo. Nadie habla de lo que pasa cuando el Estado destruye esos laboratorios y nadie habla del hecho de que la deforestación asociada con la coca es impulsada por la misma política que dice erradicarlas. Un campesino cocalero simplemente quiere cultivar su coca al lado de la casa. Cuando vienen a erradicar sus cultivos, a él le toca ir a buscar donde más sembrar y muchas veces eso significa que se va a meter al monte y va a sembrar ahí, lejos de todo. 

Después terminé yendo a una zona cocalera, en el Putumayo, en una zona muy pegada a la frontera de Ecuador, donde me quedé básicamente haciendo entrevistas con personas que cultivan coca y que trabajan en laboratorios. Les pregunté cuáles son los pensamientos que pasan por sus mentes al momento de decidir tumbar más monte.

También aprendí que todo mundo cree que la gente trabajando en laboratorios está constantemente botando químicos al suelo. Pero la verdad es que esos químicos son reutilizados. Nadie sabe eso porque es muy difícil hacer un estudio académico, por la misma naturaleza clandestina del tema. Me di cuenta de que los químicos que utilizan en este proceso son herramientas. Y esas herramientas pueden ser utilizadas una y otra vez. De hecho, en los cristalizaderos como el que fui, hay sistemas de destilación muy avanzados para reciclar los químicos. 

¿Qué haces ahora en Bogotá?

Había hecho un trabajo para National Geographic acerca de lo que estaba pasando con la pandemia acá en Bogotá. Uno de los grupos que fotografié para ese proyecto fueron los migrantes venezolanos que habían estado viviendo acá, que les tocó devolverse caminando a Venezuela. Toqué ese tema y dije ¿cómo puede ser? No me entraba en la cabeza. Hacer ese viaje a pie de Bogotá a la frontera con Venezuela es una locura, pero hacerlo en plena pandemia es como que no sé, quedé impactada.

Se me metió la idea de acompañarlos en todo ese viaje hasta la frontera. Yo decía: bueno, no voy a ir si no encuentro a alguien con quien ir, con quien me sienta bien, que sienta que hay una confianza. Y terminé yendo con dos muchachos venezolanos que venían subiendo desde Argentina, que me cayeron muy bien. Fuimos caminando de Bogotá hasta Cúcuta, hasta la frontera con Venezuela. Casi 700 km. 

¿Cuántos días estuvieron en la ruta?

Como dos semanas y media. Cuando llegamos a la frontera empezamos a escuchar rumores, que después yo verifiqué. Uno de ellos fue perseguido políticamente, no tiene cédula venezolana, nunca ha tenido documentación, es analfabeto. Él sí o sí tenía que cruzar por las trochas para volver a entrar a Venezuela.

Pero en el momento en que llegamos había un grupo en Venezuela que estaba matando personas en la trocha. Y nosotros al llegar a la frontera nos dimos cuenta. Les pregunté qué iban a hacer y ellos decían: “Pues la verdad, yo no quiero morirme. Entonces yo no sé qué voy a hacer, si quedarme viviendo acá en la calle o no sé, no sé qué voy a hacer”. No tenían otra opción en ese entonces.

Habíamos pasado dos semanas y media comiendo mierda en la carretera y aguantando muchas cosas juntos y ellos ya eran amigos míos. Entonces dije: ¿saben qué? Yo no quiero, yo no puedo abandonarlos a ustedes acá para que vivan en la calle. Entonces, ¿qué tal si nos devolvemos a Bogotá? Les abro las puertas de mi apartamento para que tengan un techo. Y bueno, voy a ver qué hago para colaborar, para encontrar de pronto un trabajo, no sé, algo de estabilidad mientras pasa la pandemia y mientras cambie la dinámica y tal.

Entonces nos devolvimos a Bogotá y ellos vinieron a vivir conmigo. Vivo en un estudio muy chiquito. Un tiempo después alquilé otra casita cerca y es ahora para ellos. Esa casa se convirtió en un hogar de paso para otros migrantes que venían subiendo o bajando. Recibimos como 60 personas en esa casa en el transcurso de los meses. En paralelo, a uno de ellos le había prestado un GoPro en el viaje y noté que le gustaba grabar. Entonces le enseñé a editar fotos y empezó a hacer su propia edición de lo que yo había fotografiado en el viaje. Ahora ellos están grabando sus vidas y las vidas de sus familias. 

¿Y vas a hacer un documental con ese material?

Esa es la idea. Pasamos varios meses viviendo en aislamiento por la pandemia y empecé a ver un lado muy íntimo de sus vidas. El proyecto se extendió y ahora no tiene que ver solamente con el hecho físico de migrar. Quiero documentar todo lo que pasa cuando alguien llega a una ciudad como migrante o refugiado e intenta buscar estabilidad. La verdad es que es una cosa demasiado difícil y más todavía para muchachos como ellos.

Los poquitos recursos que vienen para apoyar a los migrantes venezolanos, la mayoría van hacia mujeres embarazadas, niños, familias de discapacitados. La gente mira  a un hombre joven y dice “ay no, este muchacho no necesita ayuda, él puede solo”. Pero el hecho es que ellos también necesitan apoyo. 

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