Neuromantic: adicta al amor

por Ana Cristian Vallejo

Colombia
09·03·2021

“Mi nombre es Ana y soy una adicta al amor”. Esa es la primera afirmación de Neuromantic, el trabajo de la fotógrafa colombiana Ana Cristina Vallejo. Haberlo reconocido y querer entenderlo la llevaron a iniciar el proyecto publicado este año en la edición de talentos de la revista FOAM.

Ana es bióloga y, aunque siempre hizo fotos para recordar y para capturar momentos de su vida, se encontró con la fotografía caminando por las calles de Cali en el 2012. Neuromantic es el proyecto en el que está trabajando actualmente. Nació del interés de Ana por entender sus propias formas de establecer relaciones, pero quiere expandirlo y busca conocer la experiencia de otras personas para “encontrar patrones y conexiones entre trauma, regulación de emociones y adicciones y cómo esos factores alimentan la intimidad”. Para lograrlo está trabajando con un científico de datos con quien creó una encuesta  que quieren aplicar a muchas personas. Los resultados, espera, serán parte de la forma en que presentará el proyecto.

El título de su proyecto recuerda a un álbum que le gusta y en la combinación de las palabras “neurosis” y “romance”. Curiosamente, ese es también el nombre de softwares que procesan datos electrofisiológicos. Y ese, que parece un dato aislado, no lo es tanto: Ana quiere en este proyecto proponer una relación entre arte y ciencia. Para ella, asumir que una persona puede ser adicta al amor, implica que el amor genera una serie de reacciones fisiológicas. Su investigación la ha llevado a ver cómo el cerebro reacciona ante los estímulos que produce el amor. La hipótesis es que el amor romántico puede actuar sobre el cerebro como una droga.  

¿Cómo empezaste a hacer fotografías, de dónde nació el interés?

Yo estudié biología aquí en Estados Unidos hasta el 2010 y luego volví a Colombia, más bien desubicada. Llegué a vivir a la casa de mis abuelos. Me conseguí una asistencia e iba en las tardes a los laboratorios de genética y neurociencia (de la Universidad del Valle y la Universidad Icesi) y también los miércoles en la mañana al hospital psiquiátrico en Cali, para ver los casos de pacientes que tenían ahí. En ese entonces me buscaba pero no me hallaba del todo en la ciencia, y tenía una obsesión por la conciencia humana y por entender la psique.

Sé que gran parte de esa motivación era porque mi papá es esquizofrénico. Por mucho tiempo fue muy difícil de entender y saber cómo manejarlo. Y a lo mejor también había un miedo de caer yo misma en ese estado, en ese espacio liminal de no saber si soy normal, o si puedo perder la razón. También lo pensaba desde la empatía al sentir que mucha gente no entiende a las personas que son diferentes.

En Cali encontré una escuela de fotografía. Yo siempre había tomado fotos de manera compulsiva, pero era más bien para recordar cosas. Entré por casualidad y me encantó. Y dije: esto puede ser una carrera. Me pareció más viable que la biología y les dije a mis papás que quería cambiar de rumbo. Después me fui a estudiar a Lasalle College en Bogotá. Recuerdo que al principio conceptualizar el arte me costó mucho, yo venía de las ciencias. Empecé haciendo documental. Entender la luz y la composición me tomó tiempo, pero siempre sentí una atracción visceral hacia el color. 

¿Cómo hiciste para ir entendiendo todo eso que puede ser muy abstracto y complejo?

Poco a poco empecé el primer proyecto que fue Entre Nubes. Con ese proyecto aprendí muchísimo. Los talleres de Croma Taller Visual me ayudaron mil veces más que la misma escuela. Pedía revisiones todo el tiempo. Al principio me fui por el lado más clásico de lo documental. Llegué a San German, un barrio informal en la reserva natural Entre Nubes en la periferia sur de Bogotá, y empecé a tratar de relatar una historia con imágenes. Me preguntaba ¿cómo lo hago interesante? ¿Cómo hago las fotos coloridas y extrañas que no entiendo pero que me atraen? Pero con el tiempo empecé a tener un cuestionamiento: ¿quién soy yo, una persona de privilegio llegando a este territorio para extraer una verdad? Decidí que eso no era suficiente y empecé iniciativas colectivas para que artistas urbanos fueran a pintar casas allá. A pesar de que yo soy una persona que tiende a sentirse ansiosa en grupos grandes, hay algo de colaborar que me fascina y creo que tiene que ver con mi personalidad, que siente una necesidad por conectar y formar sinergias. Mis proyectos al ser experimentales y colaborativos toman vida propia y se amplifican y esto me llena de vida y motivación.

La idea era ver qué puede pasar en un intercambio artístico: cosas pequeñas como que un vecino se conociera con otro habitante del barrio. Por ejemplo, el barrio estaba dividido por razas, en la parte sur los negros y en la norte los blancos y no se hablaban entre ellos. Durante las actividades los niños de abajo empezaron a hablar con los de arriba, o una vez se pintó un mural en el costado de una casa y la siguiente vez el frente de la casa estaba pintado con la misma tonalidad de rosado que se usó en el mural. Para mí esos pequeños detalles le dieron sentido al proyecto.

Tenía esa pregunta de por qué siempre el trabajo que se ve de Latinoamérica es sobre problemáticas sociales. De alguna manera lo entiendo, porque es imposible escapar de ese contexto común con tantas injusticias: por muy personal que un proyecto sea, de alguna manera toca lo político y el entorno social. Pero quería sentirme con más autonomía y derecho para contar y me di cuenta de que debía partir desde mi experiencia . Esto me ha generado menos contradicciones que extraer una historia. 

Es decir, ¿hablar en primera persona?

Sí, hablar desde lo que vivo, en primera persona. Eso me ha dado mucho alivio porque me quita ese cuestionamiento de quién soy yo para contar la verdad de alguien más. Pero también me escapo de eso, porque al final quiero que también resuene a nivel colectivo. En Neuromantic me voy a la abstracción. Y también me voy a ver cómo es el comportamiento humano desde afuera. Me gusta mucho esa visión del overview effect: cuando te ves desde afuera y tomas perspectiva, como la primera vez que el hombre vio la tierra desde el espacio cuando fue a la luna. Entonces sí, desde lo personal, pero intento y quiero que el público interactúe con eso también, que viva la experiencia y a su vez interactúe con el proyecto y lo alimente (por ejemplo haciendo parte de la encuesta). 

¿Entonces, después de Entre nubes empiezas a hacer trabajos en primera persona, sobre ti misma o cómo fue ese proceso?

Hasta ahora sólo tengo dos trabajos. El segundo Neuromantic inició antes de mudarme. Yo entregué todo a Entre nubes. Los últimos años que estuve en Bogotá, dejé un poquito de lado mi trabajo y todo lo entregué a ese proyecto.

Y luego dije: bueno para el próximo proyecto, voy a mirarme. Siempre supe que el amor era una obsesión para mi. Tenía la intuición de que el amor podía ser una adicción y encontré unos artículos científicos que decían eso, que el amor actúa en el cerebro como una recompensa y activa los centros de placer. O sea, en el amor romántico, la etapa más inicial es como un objetivo que tú quieres alcanzar. Es como tener sed. Es un deseo súper primario en el cerebro y es algo que tu cuerpo te dice que necesitas. Es diferente a cuando más adelante ya hay un lazo afectivo. Eso es attachment (apego) y está más relacionado al amor y al cuidado. Inclusive compite con el amor romántico, porque si hay mucho de eso se vuelve muy tierno y se pierde la líbido.

Yo estaba obsesionada con ese amor inicial romántico, porque todas mis relaciones habían sido relaciones cortas, intensas, de mucha fantasía con personas que estaban lejos o personas imposibles, o más largas pero en las que me iba sintiendo atrapada y codependiente. Así que quería entender por qué era así, cuáles eran las razones psicológicas, biológicas y qué pasaba en el cerebro, para entender ese comportamiento mío.  

Eso puede sonarle a muchas personas, ¿no?

Mucha gente de mi edad lo primero que me dice es eso, como: “¡wow! Me sentí súper identificada, me pasa lo mismo”. Ahí hay algo interesante porque también parece ser generacional. O sea, todo se ha vuelto cada vez más instantáneo, la gente también se aburre más fácil y todos queremos ese vínculo, pero también lo rechazamos.

Otra cosa importante del proyecto es que yo puedo ser la persona que se obsesiona, pero también me pasó muchas veces que me asustaba. Pero entonces yo quiero entender también al otro, porque mucho de la cultura pop apunta hacia afuera y nos victimiza. Pero yo quiero entender a la otra persona también, a ese “narcisista”, a ese “HP”. Ahí, entonces, me puse a hablar con amigos que veía que seguían esos mismos patrones o con quienes yo misma había salido y era como entenderles el viaje también. Y me decían cosas como: “a mí me cuesta mucho conectar con la gente” o “necesito ver películas súper intensas para sentir algo porque me cuesta sentir” o “a mí lo que me mueve es el poder y la persecución, o sea, sentir que tengo que alcanzar y esa persona es un objetivo, cuanto más difícil me la ponga, mejor” u “odio cuando no estoy enmarihuanado porque siento demasiado”. Pero esas personas tampoco son felices, también están sufriendo el mismo ciclo.   

Me llama la atención que mostrar esta búsqueda en fotos te pone en una posición muy vulnerable.

Hay una parte de mi personalidad que siempre ha sido irreverente , confronto y hablo sobre temas que pueden ser incómodos para algunos y denuncio lo que considero injusto. Pero aquí hay mucha vulnerabilidad. Por eso llega un punto donde aparece la ciencia y yo me separo. Estoy trabajando con un científico de datos y queremos hacer encuestas para ver cómo cada persona establece attachment styles: hay seguros, inseguros, ansiosos y ambivalentes. Es un cuadrante para que podamos ver cómo la persona se comporta en las relaciones y a partir de eso cómo se sienten. Para mí es súper interesante sumar eso: yo me siento así y esta soy yo, pero ¿cómo se sienten los demás? No quiero que el proyecto sea sólo sobre mí.


Bueno, es un camino inverso, digamos, hay fotógrafas, artistas que encuentran un tema y luego se dan cuenta de que en realidad tenía que ver consigo mismas y le dan la vuelta. Aquí es al revés, empezás por vos para poder ir hacia el otro.

Sí, una de las cosas que me di cuenta hace poco era por qué la ciencia para hablar del amor. Un neurocientífico me decía: “vete a leer literatura o vete a escuchar música’. No necesitas la ciencia para que te explique el amor”. Y eso me cuestionaba, además todavía estoy en ese proceso de cómo integrar el arte y la fotografía con esos datos y la ciencia. Me di cuenta de que para mí la imagen se ha vuelto cada vez más una cosa intuitiva, de sanación, de procesar, de expresar e indagar. Con el proyecto me he enterado de cosas de mi familia y poder integrar eso me ha quitado pesos que había cargado toda mi vida. A mis 33 años me di cuenta del nivel de ansiedad que manejo y cosas que normalizaba. Entonces la imagen se ha vuelto la herramienta para sanar el trauma, pero acompañado a eso está la ciencia que me permite salirme de mí misma. La parte racional me permite entender, pero ambas buscan sanar.  

En ese sentido, ¿crees que la fotografía permite crear vínculos?

Sí, en la parte visual, por ejemplo, empecé haciendo autorretratos y la verdad ahí sí me sentía muy vulnerable. La gente que he fotografiado han sido personajes que resuenan con mi historia, que están viviendo cosas similares, que tienen historias similares. Fotografié mucho a mi prima, ella y yo nos llevamos 10 años, pero tenemos unas historias muy parecidas y sin duda ella también ha sufrido mucho en sus relaciones amorosas. También a amigas que estaban pasando por un desamor. Entonces sí es una manera de conectar. Claro que en la parte visual igual yo estoy en control, ahí no es tanto sobre ellas, sino más bien sobre mis traumas y emociones alrededor de la intimidad. Los hombres que he fotografiado, excepto uno, han sido personas con las que yo he salido.

Y ellos lo toman tranquilamente…

Hasta ahora, sí. Para mí también es parte de ese proceso de aprender a soltar. Por lo general, las personas no son muchas. Por ejemplo, mi prima, una amiga que estábamos las dos pasando por lo mismo, otra chica con la que yo vivía acá. Son personas que me conocen, ya hemos hablado mucho más en la amistad, hay confianza, supongo. O sea, no han sido extraños. Hay mucha intimidad con estas personas.  

Estaba pensando que el cerebro puede reaccionar de unas maneras y tener estas reacciones químicas. Pero quizá hay algo que guía y es el deseo, ¿no? Hay quienes se preguntan por el deseo y han llegado a la conclusión de que no es natural, que no es un impulso únicamente biológico, sino que es algo socialmente construido.

Sí y sin duda todo el consumismo en nuestra sociedad por ejemplo, está basado en el deseo. Pero yo me atrevería a decir que si se hiciera un mapa de ese deseo, con toda su variedad de sabores y particularidades y uno pudiera conocer el de cada persona y lo superpone, obviamente hay cosas diferentes, pero a nivel macro se van a parecer un montón. Ahora, si nos vamos a los detalles de las cosas, las diferencias humanas son infinitas, pero si nos alejamos somos súper parecidos.

Decías que quieres que los proyectos sean participativos y hablabas de una encuesta. ¿Cómo ha funcionado eso?

Ya hice un piloto, y de ahí salieron 105 respuestas. Ahora vamos a lanzar un segundo piloto porque conocí a un científico de datos que trabaja con poblaciones acá en Nueva York y semanalmente nos reunimos. Con él hicimos un formulario más elaborado en el sentido de que va a ser más fácil encontrar correlaciones y encontrar conexiones en los datos para que no hayan solamente respuestas cualitativas, sino poder conectar mejor. Idealmente después vamos a presentar los datos de alguna manera interesante para que el público interactúe con eso. 

Tu aprendiste foto en Cali y en Bogotá. Ahora que te graduaste del programa de nuevos medios en ICP en Estados Unidos ¿qué diferencias encuentras? Decías que los fotógrafos latinoamericanos siempre están trabajando asuntos sociales, ¿cómo es en Estados Unidos?

Y de hecho no diría que los fotógrafos están haciendo eso, sino que todo lo que se financia y todo lo que se premia es eso.

Nueva York es súper diverso en ese sentido y es bacano: yo acá me siento en Latinoamérica, está lleno de latinos. Pero el gringo sí diría que tiene una manera de mirar más desconectada del sujeto. De hecho, aquí cuando están fotografiando a alguien le dicen my subject, que es como “mi sujeto” y eso para mí –y creo que para cualquier latino– es como ¿de qué están hablando? Porque nosotros intuitivamente generamos un vínculo con las personas que hacen parte de nuestros proyectos.

A mí me parece que la fotografía latinoamericana rompe esquemas y eso es algo con lo que me identifico un montón. Nos importa mucho más el concepto y contar la historia más allá de qué cámara tengo o en qué papel puedo imprimir. También creamos con frecuencia desde la liminalidad entre lo objetivo y subjetivo ya que el realismo mágico hace parte de nuestra idiosincrasia. Esto junto a la recursividad es fantástico porque nos lleva a resultados inesperados y lo hacemos con mucha naturalidad. Parece mentira, pero uno llega acá y esto apenas se está asimilando en la fotografía documental .    

Texto: Marcela Vallejo

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