Juan Melo, 2021

Entrevistas
Santiago Rueda
Colombia -
abril 19, 2022

Arte y drogas en la Colombia: una investigación

A Rodrigo Lara Bonilla lo mataron llegando a su casa el 30 de abril de 1984. El sicario fue contratado por Pablo Escobar. Bonilla era Ministro de Justicia y una de sus banderas era la lucha contra el cartel de Medellín. Después de su muerte, el gobierno de Belisario Betancur aprobó la Ley de extradición, con la que se inició oficialmente la llamada “guerra contra las drogas” en Colombia.

El investigador y curador Santiago Rueda recuerda la noche del asesinato. Su casa quedaba cerca del lugar donde sucedió y recuerda el impacto que sintió, no solo por el hecho, sino también al ver al sicario, un muchacho un poco más joven que él. Ese día, dice Santiago, Colombia se convirtió en un país narco. “Eso marcó un antes y un después, y a partir de ahí, el número de anécdotas que tenemos todos los colombianos sobre lo narco es interminable.”

Santiago estudió artes y empezó a trabajar el tema de las drogas y el fenómeno narco de manera más visible a partir del 2008, cuando publicó su libro Una línea de polvo. Arte y drogas en Colombia. Hasta ese momento, Santiago había identificado una serie de obras que trataban el tema en el periodismo, el cine y la literatura, pero notaba un vacío en el estudio de las artes visuales. Así inició una serie de investigaciones que luego fue ampliando al resto del continente, acompañado de exposiciones en varios países de América Latina.

Carlos Zerpa. Homenaje a Colombia (1988)

En Una línea de polvo decidiste usar la expresión “el fenómeno narco” y no la palabra “narcotráfico”, ¿a qué se debe esa decisión?

No es una idea mía. Lo narco no es sólo tráfico. Colombia es un país productor, comercializador, lavador y consumidor. Adicionalmente, tenemos una tradición en el uso de las plantas. Para poder trabajar esas ideas hace 15 años, era necesario actualizarlas, el término narco es más útil, y el de drogas por ejemplo, hoy me parece insuficiente, por eso mi penúltimo libro se titula Plata y plomo. Una historia del arte y de las sustancias (i)lícitas en Colombia.

Una línea de polvo fue escrito pensando en los niños del futuro, concebido como un libro que serviría como un compendio corto y descriptivo del problema que además contara como los artistas visuales respondieron a él.

¿Tú crees que existe un género narco?

No necesariamente. Es, de hecho, algo que yo he discutido mucho, y lo tratamos en el nuevo libro que concebimos con Harold Ortiz, Mona®co. Cuando examinas el trabajo de artistas como Carlos Uribe, Víctor Muñoz, Wilson Díaz o Miguel Ángel Rojas ves que ellos tratan el tema, pero no hay ningún artista que solo trabaje lo narco. No hay un narco género, porque los mismos artistas entran y salen del tema; entran y salen en su particularidad. Si hay una narco estética, como un fenómeno que se renueva en la cultura colombiana, pero no hay artistas de narco género en las artes visuales.

Si tú ves las exposiciones que he hecho sobre el tema, tú dices, pero esto parece una fiesta, hay papeles de colgadura con diablitos, hay banderas, pipas, señales de tránsito, stickers, submarinos de plástico, una rockola -ó más bien una Co-Cola-, una iconografía muy alegre, que tú puedes leer en clave de lo que quieras, pero no es ni narco estética, ni tampoco es documental. Lo que yo trabajo tiene algo de todo eso. Es bien interesante porque de eso no se ha hablado. En mis curadurías y en mi experiencia al reunir las obras que a mí me interesan el resultado es otro: no es pesimista, ni juzga, ni acusa, sino que es un compendio de cómo nosotros vivimos culturalmente con las sustancias y como también le encontramos salidas al problema o intentamos hacerlo.

Santiago Mesa. Eterna primavera (2017) -foto de Fico-

Naide. Variación de fábula y bandido (1982)

Una línea de polvo se convirtió en un trabajo de curaduría y en una serie de exposiciones, pero esa parte del trabajo se demoró en llegar a Colombia, ¿por qué crees que sucedió eso?

Porque la gente tiene muchos prejuicios. Me presentaba a convocatorias y rechazaban la propuesta, decían que yo iba a hacer quedar mal el país. Imagínate a gente de la cultura diciendo eso, como si fuera un argumento serio. Además, había mucho silencio. Lo que se puede hablar hoy no es lo mismo que se podía hablar hace 10 años, o sea, realmente sí hemos cambiado en ese aspecto, muchos debates ya hoy se han ventilado.

Ha habido censura, yo no hablo mucho de eso pero sí. Logramos que la exposición se hiciera en el Museo de Arte Contemporáneo en Bogotá en 2018. Y luego logré que viajara y pudo estar en Medellín, en Bogotá otra vez, en Cali y en Pereira, todo en el 2019.

Durante la pandemia Una línea de polvo fue invitada a la exposición Narcolombia a finales del año pasado. Fue algo impresionante. No me imaginé que eso tuviera ese impacto ni ese público tan numeroso. Los debates por fin se dieron abiertamente, de frente y desde la institucionalidad, en este caso, desde la Universidad de los Andes y gracias a los organizadores de la exposición, Omar Rincón, Lucas Ospina y X Andrade. Ahora lanzamos Mona®co. Memorias ilícitas contadas desde el arte, una serie de diálogos registrados en cada ciudad donde se exhibió Una línea polvo en el año 2019 -Bogotá, Cali, Medellín y Pereira- donde participan artistas, caricaturistas, periodistas, y representantes de las comunidades indígenas del Cauca entre otros, una serie de conversaciones que tratan un amplio espectro de lo narco en cada uno de esos contextos: el coleccionismo de arte y la especulación financiera; el humor, la opinión y la censura; el uso y abuso de sustancias y el lugar de las plantas sagradas. Todo teniendo como telón de fondo la implosión del Edificio Mónaco en Medellín ese mismo año. Mona®co es un nuevo compendio visual sobre el tema, enseñando más de 80 obras de 40 artistas, algunas de ellas inéditas.

Desde tu perspectiva y tu conocimiento, ¿cómo ha cambiado el arte y sus posicionamientos respecto a este tema de los 90 para acá?

Pasan dos cosas. Primero, que con la legalización del uso del cannabis medicinal y recreativo -ésta última en Canadá y Uruguay-, y la difusión de las prácticas terapéuticas de otras plantas, hemos dejado de satanizar las sustancias, nos hemos familiarizado con ellas y las estamos descubriendo y descubriéndonos a través de ellas. Hay un cambio en la conciencia colectiva y eso ha permitido dialogar más abiertamente sobre el tema. Por otro lado, se van produciendo más obras, se van creando más situaciones y el tema ha crecido también negativamente en el continente. Cuando empecé con el tema, había países que no lo trataban. El fenómeno ha sido expansivo. Por ejemplo, en Brasil no se trataba y luego con toda la epidemia de crack, se empieza a trabajar el tema de las drogas por parte de los artistas. En Argentina también. Rosario, donde coincidencialmente inició el camino de Una línea de polvo en 2012, se volvió en la última década una ciudad narco. México ni hablar, Centroamérica ni hablar.

Con los viajes y las investigaciones que he hecho he podido reunir más voces. Cuando hice la penúltima versión de Una línea de polvo en Pereira en el Museo de Arte de Pereira tenía 70 artistas invitados. Lo que hice fue tomar la exposición que habíamos hecho en el Hotel Nutibara en Medellín meses atrás, junto a otras obras que reuní y llegamos a un número de artistas muy elevado, igual al que puedes tener en alguna bienal internacional, alcanzando su techo. La pregunta era ¿por encima de esto qué más se puede hacer?

En Narcolombia decidí trabajar con 8 artistas, especialmente de Medellín, tanto para hacer una recuperación histórica, como para enseñar lo más reciente. Entre las primeras, dos mujeres que son fundamentales, Marta Elena Vélez con El tigre (1981), una de las primeras obras que efectivamente refieren a la naciente narco estética, y con las pinturas de Ethel Gilmour, artista norteamericana que vivió en Medellín, y una de las primeras cronistas de lo que era vivir en una ciudad narco. Aparte de incluir artistas como Nadin Ospina, Fernando Uhia y Jaime Avila, enseñamos a ToN oF coke (2021) de Camilo Restrepo, una tonelada de cocaína virtual -inexistente físicamente- adquirible kilo a kilo únicamente mediante nft. Fue una exposición a pequeña escala, en contraste con las versiones que realicé en progresivamente en los últimos 10 años -que pueden conocerse a través del libro Post scriptum: Una línea de polvo en América latina editado por Pierre Valls en México.

Para Narcolombia incluí una serie de imágenes de publicidad de las galerías de arte colombianas activas en los años 80 y 90, donde la presencia del dinero y el gusto narco es súper evidente. De eso no se habla casi y es un capítulo que yo quiero desarrollar más y es como el mundo del arte, sin necesariamente tener una iconografía narco, se entregó a lo narco, se puso a disposición de clientes ignorantes en arte. La pieza clave ahí es Fernando Botero, a través de él puede interpretarse el fenómeno, desde la inflación de sus precios a inicios de los 80 a las implicaciones de su hijo en el Proceso 8000. Creo que para responder a la pregunta por cómo ha cambiado el arte, hay que ver el arte también como lo que se ha convertido, un fenómeno comercial.

¿En términos comerciales cómo se ha dado la relación entre arte y el fenómeno narco?

Hasta los años 60, 70, el arte, no sólo en Colombia, era una actividad muy reducida, le gustaba a muy poca gente. Después de la caída del Muro cuando la cultura se vuelve espectáculo, y se desarrolla la economía de servicios y las industrias del entretenimiento de forma masiva, especialmente en Europa, empiezan a cobrar fuerza los museos, las bienales y las grandes exposiciones como motores del desarrollo turístico e inmobiliario. A partir del 2000 más o menos, empieza todo ese fenómeno de las ferias de arte internacionales, una consecuencia de la gigantesca especulación financiera que caracterizó esa década y que se derrumbó en 2008. El arte entra a jugar ahí porque es algo muy apropiado para fabricar valores falsos. Tú puedes ponerle un precio y decir que eso es importantísimo y quien te dice que no. El mercado del arte salió ileso de esa crisis, y las grandes ferias siguen y las obras de los artistas reconocidos siguen siendo costosísimas.

El arte ha servido como un lavadero no solo para lo narco sino para el mundo financiero en general. Además, el sistema del arte es una pirámide donde hay miles de artistas, pero pocos son los que realmente obtienen los beneficios y pueden vivir de su trabajo, son muy pocos los que venden muy bien. Es un sistema que se basa en la exclusividad, y por ello sólo pocos pueden ofrecer algo aparentemente único, extravagantemente caro, imbuido de un aura ficticia, que es finalmente, la que se monetariza y mantiene vivo ese mercado. Y todo eso condiciona al arte y es una cosa muy narco. La alta cultura resulta ser muy mafiosa.

Gilmour Ethel | El minuto de dios (1980) Oleo sobre lienzo _ 70x70cm