En el corazón de la bestia

por Pablo Allison

México
23·02·2021

Pablo Allison estaba estudiando un diplomado de fotografía en Inglaterra cuando surgió la posibilidad de ir a la cárcel a sacar fotos. Junto a unos colegas encaró rumbo a la prisión. Tomó imágenes intentando no desaprovechar aquella chance que, especulaba, difícilmente se repetiría. Lo que no pudo prever es que pocos años después pasaría en ese mismo penal varios meses por una condena por su otra pasión: hacer graffitis. Fue una experiencia clave en su vida y su obra, producto de la cual no solo saldría un libro sino también una forma de ver el mundo.

El graffiti y su paso por la cárcel lo transformaron. “Me han ayudado muchísimo a poder romper fronteras y meterme en lugares que quizá como fotógrafo yo no podía entrar”, dice. Ambas experiencias le resultan “un pasaporte” para entrar en otras realidades. A eso se agrega la dualidad que lo atraviesa: hijo de madre mexicana y padre inglés, se crió entre ambas culturas. “Digamos que yo me parto en dos”, reconoce. Esa tensión fue una de pulsiones que lo llevó a buscar las historias que se esconden detrás de aquellos migrantes que viajan en América Latina con rumbo norte a bordo de “la bestia”, ese tren que ruge, mata y transporta gente hasta la frontera con los Estados Unidos.

Pablo no se define como graffitero, le incomoda llamarse artista y tampoco se percibe como un fotógrafo. Es todo eso, sí. Pero esa suma da otra cosa, un resultado distinto al que no logra encontrarle los contornos justos. Por eso, si se le pregunta, él solo dirá que lo llamen Pablo, que con eso está bien.  

¿Sientes que tu trabajo ha ido cambiando a lo largo del tiempo?

Es una pregunta bastante desafiante. Digamos que yo me parto en dos. Mi vida siempre se ha partido en dos: mitad inglés, mitad mexicano. Entonces, desde ahí, ya se me hace un poco complicado entender el mundo.

Pinto en las calles, lo hago desde hace 25 años. Y, en paralelo, la fotografía. Pero nunca quise mezclar la una con la otra por diversas razones. Ahora el mundo ya ha abierto más y entiende que el graffiti es una expresión artística y genera dinero. Pero bueno, ahí hay un conflicto muy grande para mí y para mucha gente que viene haciéndolo desde cuando no había un mercado para eso.

En el presente, trabajo el tema migración y he mezclado lo que pinto y la documentación fotográfica que hago. Muté las cosas. No tanto por mí, sino porque la gente respondía de una forma bastante singular. La mayoría de mi trabajo va enfocado a un público que no está relacionado totalmente con la fotografía. Creo que es fácil comunicar un tema social a alguien que está interesado en la fotografía y en los temas de derechos humanos. No me opongo a eso, pero me es más fácil llegarle a un público externo al que le gusta el grafiti como tal.

Creo que entendí que por medio de las palabras que pinto y lo que ilustro con colores resuena en la gente y por ahí les meto también mi trabajo documental de migración. La gente ha respondido muy bien.

Tristemente con mi trabajo puedo acceder a medios económicos, mayormente en Europa y en Estados Unidos, pero no en México. Le llega entonces a un público que no conoce muy bien del tema de migración americana, que quizá es muy similar a lo que pasa en Europa, pero creo que siempre viendo lo externo lo valoramos más.  

¿Y cómo impacta el hecho de que hayas nacido en el Reino Unido y de chiquito te hayas mudado a México?

Nací en Inglaterra y a los tres años y medio viajamos para México. Mi papá es inglés y mi mamá, mexicana. Migramos porque la situación en el Reino Unido en los ochentas no era muy favorable para mis papás.

Estaba el gobierno de (Margaret) Tatcher y redujo mucho las oportunidades. Al mismo tiempo, mi mamá quería regresar porque ya no quería vivir en Inglaterra, ya llevaba unos quince años viviendo allá. Y pues nosotros regresamos y a mí me gustó mucho. Ahora, viendo las cosas, haciendo como un panorama general, un análisis, me enriqueció mucho poder estar vinculado con la cultura mexicana, porque creo que la cultura inglesa es muy dominante.

¿Te sentías un migrante? ¿Tuvo eso algo que ver con que te pusieras a trabajar con este tema?

Yo llegué a México cuando tenía tres años y medio. Cuando llegamos tuvimos que entrar en escuelas británicas porque no hablábamos español. Íbamos a escuelas de élite, quienes iban eran extranjeros o venían de familias de mucho dinero. Mi hermana y yo no teníamos los medios que tenían la mayoría de los chavos que iban a las escuelas. Recuerdo mucho que yo sentía discriminación por parte de niños de mucho dinero. Incluso, en un momento, fuimos a una fiesta en una zona de la Ciudad de México con mucha afluencia de dinero y nos preguntaron de dónde éramos, porque obviamente resaltábamos. Y yo respondí: “De inglaterra”. Nos hacían burlas diciendo que veníamos “de la perra”. Es interesante cómo existía ese sentimiento de clase o de discriminación.

A los tres años o algo así, mis papás tomaron la decisión de sacarnos de esas escuelas . Para ese entonces ya nos habíamos adaptado a México. Nos metieron en escuelas públicas y yo de ahí para adelante nunca recibí esos tratos que recibimos en las escuelas de niños “nice”, como se dicen en México. Entonces, siempre me sentí mexicano, aunque yo no lo parecía físicamente. Pero cuando abro la boca pues ya revelo lo mexicano. 


Fuiste preso por hacer graffitis, ¿cómo fue?

Sí. Fue en Inglaterra. Desde 2003 la Policía del Reino Unido investigaba a un grupo de personas que pintaba graffitis. Y en 2009 empezaron a hacer la investigación formal. Nos arrestaron entre el 2009 y el 2010 a todas las personas que creían que estaban involucrados con este grupo. Y el 2012 yo y otras tres personas recibimos, como se dice en México, “autos” de formal prisión. Fueron diferentes las sentencias. Yo recibí la menor: 19 meses de cárcel.

De ahí surgió un libro que hiciste con tu hermana…

Sí, en realidad es un trabajo conjunto, una autoría de mi hermana y mía, donde recabamos documentación de la prisión, dibujos y fotografías de sentimientos relacionados al encierro y a la libertad. Y nos tomó bastante tiempo porque fue un proyecto que empezamos antes de que me encerraran, desde el momento en que va a mi casa la policía y hace un saqueo casa para encontrar evidencia. Desde ese día hasta el momento en que acaba mi sentencia. No cumplí los 19 meses en la cárcel, sino que estuve la tercera parte de la sentencia en la cárcel y después las otras dos terceras partes en condiciones de encierro, pero ya en casa. Fueron como siete años de trabajo y después hicimos el libro que se llama Operación Jurassic, que es el nombre de la operación que llevó adelante la policía en conjunto con policía de Tránsito del Reino Unido.

Se publicó en el 2018 y, por suerte y sorpresa, fue un éxito. Se imprimieron cien ejemplares y se vendieron en dos semanas o algo así. Eso nos animó muchísimo porque uno nunca sabe. Cuando publicas algo dices “bueno, le voy a invertir y a ver qué pasa”. El público que consumió ese trabajo era un público que estaba relacionado al graffiti, entonces también eso nos benefició mucho. Con mi hermana siempre quisimos también enfocarlo al público fotográfico pero en mi caso, por ejemplo, la gente conoce mi trabajo por el graffiti.  

¿Y cómo te impactó ese paso por la cárcel?

En 2005 estaba estudiando un diplomado en en Inglaterra de fotografía. Y nos invitaron a mí y a otros dos compañeros a ir a una cárcel a documentar. Se me hace interesante porque los temas de cárcel, criminalidad y todo eso me llamaba mucho la atención. Pues “voy aprovechar”, pensé. Aparte es difícil entrar en la cárcel. Fui a esa cárcel, hicimos documentación, un día nos mostraron las partes más bonitas, obviamente, y esas imágenes las iban a utilizar para un concurso, para un festival para tratar de alejar a los jóvenes del crimen y que vieran que la cárcel no era un entorno en el que crear medallas. Al final no sé qué pasó con esas fotografías, pero pasado el tiempo yo acabé en esa cárcel: la misma que documenté por azares del destino. Eso fue interesante.

O sea, yo ya estaba interesado en el tema de la cárcel, pero fue a raíz de purgar esa sentencia que me empecé a interesar más. En la cárcel explotó muchísimo mi creatividad porque estaba detenido en el tiempo. Entonces ahí surgen estas ideas como de crear palabras, no solo el típico graffiti que me encanta.  

Luego te enfocaste en el tema de la migración….

Cuando salí de la cárcel comencé a buscar trabajo. Se me presentó la oportunidad de trabajar en Amnistía Internacional en el Reino Unido y en el equipo de Centroamérica. Yo quería trabajar con el equipo de México, pero al final acabé con Centroamérica y empecé a entender un poco el contexto de la región. Yo ya tenía indicios, pero más allá de pandillas, no sabía qué pasaba. Específicamente, cuatro países: Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala.

Eso fue como un parteaguas para empezar a entender los temas de derechos humanos. Después de ahí me fui a otra ONG que trabajaba más en el Medio Oriente y en África. De ahí me surgió la idea de querer regresar a México porque ya estaba bastante cansado de vivir una vida tan rutinaria.

Cuando regresé, tenía claro que quería hacer un viaje de Guatemala hasta Nueva York en el tren. Pero el viaje no lo quería conectar con el tema migratorio directo, no quería fotografiar a la gente. Mi intención era enfocarme en el paisaje y entender el paisaje como si fuera una metáfora para hablar de la gente que viaja en ese tren.

En México, antes, había una tradición muy grande del tren que transportaba gente, pero en los noventas el gobierno privatizó las líneas, las pasó a concesiones y ahora son operadas por tres o cuatro compañías privadas. Entonces la gente no puede viajar en tren. Hay tres o cuatro líneas turísticas, pero la gente no utiliza el tren para ir de una ciudad a otra. Me daba mucha curiosidad saber qué existía en esos caminos por donde nada más transitan migrantes y mercancías. Entonces esa era la idea: subir al tren y fotografiar el paisaje.

En el primer viaje lo pude empatar con la caravana que salió en 2018 y pues de ahí empecé dos trabajos simultáneos. Son dos proyectos: uno se llama La luz de la bestia y el otro se llama El paisaje de la bestia. Pero al que mayor énfasis le doy es al primero porque es más directo y se conecta más la gente con esa trama.  

¿Por qué “la bestia”?

Es el nombre que los mismos migrantes le dan al tren. Son muchos trenes, pero el tren como tal, “la bestia”, tiene todas las características para llamarse así. Ruge cuando sale y cuando va en el camino llama la atención el claxon que suena muchísimo. Y también mata gente a su paso, porque la gente no sabe a veces cómo viajar o no tiene precaución y muchas veces caen y son arrollados por el tren. En el camino hay crimen organizado que utiliza las vías para controlar el flujo de gente o, más bien, se apodera de las vías para controlar el flujo de la gente.

La gente es muy religiosa, ¿no? Y utiliza todas estas referencias religiosas para entender su situación, se encomiendan a Dios, todo es bajo la palabra de Dios. Entonces el nombre del libro tiene muchas referencias: no “bestia” como el enemigo, no como el malo en la película. De hecho el nombre nació viendo una situación y fotografiándola, creando una imagen donde el tren en la noche venía saliendo, acercándose a las personas y nada más observaba yo la luz. No me costó trabajo ponerle ese título y me siento muy cómodo con él. 

¿Cómo fue el proceso de involucramiento con la gente?

He hecho diversos viajes, no uno solo. De hecho acabo de regresar de otro viaje no tan largo por la sierra de Sinaloa norte del país. Ha sido por lapsos muy intenso y también muy aburrido. A veces me toma tiempo involucrarme con la gente. No me gusta ser considerado fotógrafo de prensa porque no tengo esa experiencia de fotografiar para periódicos. Muy pocas veces he hecho ese trato, he podido tener como comisiones o vender imágenes. He observado en muchas caravanas que hay un distanciamiento muy grande de ciertos periodistas con la gente. No me siento cómodo con esa forma de trabajo. Entonces, para mí, es importante y primordial crear un vínculo con las personas con las que viajo para después tener ese acercamiento y esa confianza.

Muchas de las cosas que he podido retratar, documentar, han sido de una forma muy natural y también creando amigos. Hasta el día de hoy me comunico con las personas con las que compartí experiencias. Porque finalmente yo soy un externo. Yo no me subo al tren porque no me queda opción. Yo subo al tren por decisión propia y lo que me pase es producto de mi decisión. En cambio las personas que suben al tren o hacen ese viaje hacia el norte, pues tristemente no tienen otra opción.

Entonces me mantengo como una persona que soy, como un intruso, pero no un enemigo, sino un intruso interesado y curioso de saber lo que pasa. Y también curioso de poder ayudar de alguna manera. Esa es una cosa que constantemente me planteo: ¿Qué tanto ayudo yo?

Recuerdo muy bien una situación donde había muchísima tensión. Yo iba en el tren. Íbamos hacia el sur de Veracruz, un estado muy conflictivo en el que ha operado el crimen organizado y ha sido el terror para los migrantes. Llegamos nosotros a una terminal y nos está esperando un contingente de migración mexicana combinado con oficiales fuertemente armados. Llegamos a esa terminal de tren como 600 personas más o menos. Nos querían bajar del tren. Antes de intervenir le hablé a una fotógrafa y le pregunté si ella podía informarle a algún medio, porque yo no tengo contacto con ellos y yo sabía que ella trabajaba con medios internacionales y locales. Y le dije: “Oye, oye, ¿puedes hacer alguna alguna mención de esto? Porque, si no, nadie se va a enterar y aquí quieren detener esta caravana”. Y dijo: “Tú no te involucres en nada, saca las mejores fotos que puedas”. Eso me causó una decepción, no era mi amiga pero trabajaba el tema migratorio.

Yo me involucré: me paré y paré a la gente que arrojaba piedras a los oficiales que estaban listos para intervenir violentamente. Afortunadamente nadie reaccionó violentamente arriba del tren, me bajé y la gente creía que yo estaba traicionándolos. Finalmente pudimos mediar entre las partes y nos dejaron continuar, pero ya no en el tren. Lo que querían detener era la visibilidad de la caravana.

Me he involucrado directamente y trato de ayudar a la gente que lo necesita y, a la misma vez, pues entender la situación que viven las personas. También el interés por el graffiti ha sido otro medio que me ha ayudado muchísimo a poder romper fronteras y meterme en lugares. Y la cámara es un pasaporte a distintas realidades. 

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