Chaco

Historias que nacen del silencio

por Diego Mondaca

Bolivia
22·01·2021

Diego Mondaca recuerda los encuentros familiares de cuando él era un niño, en los 80. Recuerda, puntualmente, que en determinado momento los varones de la familia se hacían a un lado y siempre (siempre) se ponían a hablar de la Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935. Primero la charla era divertida: contaban anécdotas singulares, como que se bañaban en kerosene o que bebían orín. Pero, al rato, sus cuerpos comenzaban a recordar en serio y entraban todos en un llanto silencioso.

De ese silencio nació Chaco, la película en la que el cineasta boliviano Diego Mondaca cuestiona el relato oficial patriótico de aquella guerra en la que “Bolivia perdió el mar”. ¿Necesitaba Bolivia ir a esa guerra? ¿Por qué fueron con tan poco conocimiento del enemigo? ¿Por qué hay bustos que recuerdan a los blancos que pelearon y los indios murieron sin que a nadie le importara sus nombres? ¿Por qué las únicas imágenes que existen de la guerra fueron tomadas por hombres blancos y muestran a los indios como ‘fenómenos’?

Para el documentalista Mondaca, algunos elementos de los que muestra en esa película son un continuum en la historia boliviana y llegan hasta la actualidad. Todavía, por ejemplo, en el ejército se ríen de los jóvenes que llegan sin hablar del todo perfecto el español. “Negamos al aymara, el quechua, estamos negando una cultura, una memoria, una lengua, estamos trabajando para autoeliminarnos”, dice.

Mondaca estudió en la Escuela Internacional de Cine y TV de Cuba. Es director, guionista, productor. Con La Chirola (un cortometraje en el que un ex guerrillero boliviano rememora sus experiencias en la cárcel) ganó premios internacionales en festivales del mundo. Cursó su postgrado con una beca en la Filmakademie Baden Württemberg. En 2011 presentó su documental Ciudadela que cuenta historias cotidianas dentro de la cárcel de San Pedro (La Paz, Bolivia) sin prácticamente mostrar una sola reja. Junto con compañeros como Isabel Collazo (Bolivia) o Diego Luque (Chile), Mondaca fundó “Cineclubcito”, un proyecto de difusión de cine latinoamericano.   

Chaco

¿Es correcto decir que haces cine político, te cuaja esa definición?

Reivindico el arte como un ejercicio político. De ahí, a que sea partidario o panfletario, eso no lo hago ni lo defiendo. El arte no es utilitario ni debería serlo para coyunturas. Su rol también tan asediado es porque siempre anda a contramano de lo oficial, ya sea lo que nos guste o nos ataque. Nuestra posición como artistas la tengo más clara por lo que ha sucedido en Bolivia los últimos años. La situación exigía no posicionarse en extremo sino tener una posición como ciudadano y desde el oficio que llevas. A lo que te quieren arrastrar es a estar en los extremos.

Los últimos cinco años, en Bolivia, se evidenció un desgaste social muy importante y que devino en lo que fue el golpe de Estado. Se dieron las condiciones para que facciones de derecha, de corte fascista, se organicen y empiecen a articular estrategias de ataque muy raras y confusas. También han sido muy confusas las respuestas del gobierno.

Yo regresé a Bolivia hace tres años y veo una mejora en la economía: es un país distinto, mucho más participativo y hay sectores tradicionales ocupados por elites blancas que comenzaron a ser penetrados para que sea más plural. Más allá de eso, es un país que ha dejado de mirarse a sí mismo. Ha comenzado a ser endulzado por la ilusión del progreso, un país moderno, un país con acceso, con llegada, hemos perdido nuestra escala. Ahí ha sido el descalabro. La mayoría de nosotros estamos dispersos en relación con nuestro origen y nuestra memoria cultural.

No es una cuestión solamente de Bolivia sino regional, mundial. Todos nos hemos distraído de la escala en la que actuamos como personas. Hay un deterioro alrededor: está Chile, Brasil, Perú, Ecuador. Esas crisis sociales ciertamente afectan, despiertan preguntas, despiertan odios. Creo que hemos sido presa de eso y también de nuestros errores, de nuestro paternalismo con nosotros mismos. Al final eso nos cobra una factura muy fuerte.  

Chaco
Chaco

Algo de eso tratas en Chaco, ¿verdad?

Sí, lo veo en Chaco. Me planteo ese tipo de relaciones humanas que establecemos en momentos muy críticos, atravesadas por una negación cultural, por un problema de clase, de color de piel. Estamos así por taras coloniales y taras judeocristianas que entorpecen la posibilidad de tener campañas colectivas. En función de nosotros (todes), como beneficiarios. Ahí está Chaco, ambientada en la guerra. El boliviano tiene el problema de ir a la guerra, de desencontrarse. Porque no nos conocemos, nos negamos, negamos al aymara, el quechua, estamos negando una cultura, una memoria, una lengua, estamos trabajando para autoeliminarnos.

Eso ha sido la guerra. Me sirve para poner una institución como el ejército, que te anula, que te anula todo, completamente. Es el Estado, también, las pugnas de poder y la angurria por victorias imposibles, por campañas inútiles. En un país que no necesitaba ir a esa guerra.

Es una guerra inventada, hay muchas versiones pero el gran relato del orgullo patriótico es que perdimos el mar. Han venido misiones militares de alemanes, el ejército boliviano fue entrenado por alemanes. Se tenía confianza ciega y una subestimación del enemigo y del espacio, un desconocimiento total. Bolivia no ocupaba su territorio, era muy joven. Necesitaba una reivindicación patriótica. Es importante pensar cómo levantamos banderas en forma patriótica sin medir consecuencias, que pueden ser muy graves. En el fondo, los que decidían buscaban proteger su quincho, más que una verdadera convención patriótica, que igual no sé cuál sea.

Siempre está el interés individual. Siempre está en los capataces. A los indios se les obliga a ir a la guerra a defender una patria que les da la espalda, a un territorio desconocido, a enfrentar fantasmas. Al día de hoy no sabemos cómo es Paraguay. No conocemos cómo es un paraguayo o paraguaya, no tenemos relaciones comerciales claras ni culturales, a pesar de que compartimos un territorio vasto. Todo esto que te relato que pareciera hace 90 años se ha ido repitiendo en Bolivia, ese abigarramiento, ese regionalismo que resurge ahora en estos últimos meses. 

La Chirola
La Chirola

En Chaco no muestras la guerra; en Chirola o Ciudadela no muestras la cárcel, aunque trata sobre eso.

Lo he ido desarrollando. Primero, más inconsciente; ahora, más consciente. En el fondo es un juego. Es jugar con el estereotipo: presentarlo, establecerlo y a partir de ahí romperlo. En Chirola estás con una persona que ha estado en la cárcel pero te narra otra cosa. Mucho es también jugar con el morbo, por la forma en que nos han criado.

Ciudadela está filmada ciento por ciento en la cárcel. La gente va por el morbo, pero es conocer la gente que habita ese espacio. Entonces, van persiguiendo el tabú que se establece: cómo es, cómo trafican, si se matan, cómo se pelean, cómo son las violaciones. Como si la cárcel fuera eso, ocultando que no son todos los que están ni están todos los que son.

También está la crueldad de la mercantilización de esos espacios, por ejemplo, que en Estados Unidos o Europa son privadas. Es porque son negocio. Aquí son abandonadas porque el estado no tiene una política de reinserción social. Es una una película con el paisaje de la cárcel pero lo que vives es el día a día: cómo construyen una comunidad incluso más eficiente que la nuestra, con límites mucho más agudos. Las decisiones que se toman ahí no hay vuelta atrás. Si te equivocaste, te puede ir muy mal. Si vences, tienes un día por delante con dos decisiones más. Es un poco esa la dinámica.

Son familias enteras que han encontrado una convivencia. Por ejemplo: tengo mi compañera y cuatro hijos: la sociedad no da espacio suficiente para que una mujer pueda trabajar, tener un sueldo equitativo y poder mantener a sus 3 o 4 hijos. El hombre es el que trabaja y está en la cárcel. Entonces la mujer entra a la cárcel y consigue la entrada de dinero. El hecho de que se permita el ingreso sí es una victoria social y responde a una necesidad social muy compleja.

Es una decisión pensada, no es una decisión tonta. La mujer ahí, con colaboración del hombre, empieza a hacer un pequeño negocio de comidas, empanadas, fotocopias. Muy silenciosamente se va pacificando el espacio de la cárcel. Eso es algo muy difícil de entender. Entrando en la cárcel tienes la misma topografía, mismos colores, mismos rostros, mismas dinámicas que existen en un barrio. Tu cerebro no está listo para esto y no lo sabes. Tú lo que ves es la misma señora que tienes como vecina, a tu misma sociedad dentro de un gran murallón que es la cárcel.

Otra cosa interesante es cómo esta dinámica social empieza a romper los muros internos. El hacinamiento y la fuerza de encontrar espacios rompen esa arquitectura de panóptico, ideada para el control. Ahí te das cuenta de que siempre se está reivindicando la vida. Van como loteando, sectorizando, rompiendo las antiguas paredes para poder hacer un cuartito. Socavan los muros para tener una especie de litera.

Cuando grabamos nos dijeron: “Nosotros no vamos a pedir plata, lo que necesitamos es construir para nuestros compañeros, una celda”. Necesitaban material de construcción, ellos ponían la mano de obra. Entonces pasamos cemento, ladrillos, techos. Mientras nosotros filmábamos, se iban construyendo pequeñas celdas. Eso fue el intercambio.

Las mujeres y los niños también salen a buscar la mercadería y la escuela. Cuando vuelven es un momento muy duro, si lo ves de afuera. Es una realidad que no tenemos que aceptar pero sí entender los móviles. Esa injusticia está en la sociedad, no está en la cárcel.  

La Chirola
La Chirola

Para lograr entender los clichés y desarmarlos, primero hay que estudiarlos mucho, ¿cómo fue?

La memoria de la Guerra del Chaco fue escrita por los más privilegiados. Reivindico mucho la investigación en el cine, me parece algo que es de la profesión. Se encuentra una película trabajando, lo dice Ignacio Agüero, gran director chileno. Por ejemplo, para la Chirola leí mucho de psicología, un libro de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido). Cuenta su experiencia en los campos de concentración, en donde existía la búsqueda de encontrar sentido en el espacio. También está Focault, Dostoievski. Estoy asociado a la literatura, desde ahí construyo. Me ha servido muchísimo para la construcción de Ciudadela. El ser humano no deja de ser humano: son las mismas oscuridades y mismas luminiscencias

Ciudadelaha sido mucho más compleja en esa investigación, he hablado con muchos psicólogos que exploran el espíritu humano. Hay espacios, como la cárcel u otros que han sido espacios de tortura, en donde se pone en juego una fragilidad terrible. Pero esa fragilidad existe porque del otro lado existe la tortura. Existe el torturador porque existe el torturado. La cárcel es un ejercicio de poder: desde abogados hasta el Estado, la policía.

Hay un sistema, en la sociedad, que condiciona la existencia de oprimidos y opresores. Pareciera lo único que encontramos como sociedad. Es la crueldad también del ser humano. En Chaco, revisar esto es encontrar una forma de pensamiento, un mecanismo para dotar de imágenes a una guerra que no tiene imágenes. Lo mayor que se tiene son fotografías en blanco y negro, muy pocas imágenes en movimiento. Las fotografías son tomadas por militares blancos mestizos o por aventureros blancos.

El contexto de la época hace que esa gente haya fotografiado de arriba hacia abajo. Muestran al quechua o aymara como un fenómeno, como algo fenomenal. Está mucho la manifestación de clase, el racismo y esa ignorancia: el destino de esos indios era ir a la muerte. El destino de ese blanco era tener la posibilidad de salvarse. Esos indios no tenían nombres y los criollos tienen bustos, plazas. Los indios, no.

En la construcción de imágenes está eso de que no hay una literatura vasta en el análisis de lo que sucedió. No hay como, por ejemplo, como sí hay de la Segunda Guerra. De eso sí se ha desarrollado una literatura que va más allá de contar cómo fue sino analizar a los que hicieron todo esto, a los que padecieron, los que permitieron los que callaron. Bertol Brecht, Walter Benjamin, Hannah Arendt, sobre el espíritu humano, cuando analiza los juicios de Eichmann y una sociedad que está volcada hacia una maquinaria de exterminio.  

La ciudadela
La ciudadela

Has dicho que Chaco nace del silencio de tu abuelo, ¿cómo era ese silencio?

Se apoderaba de mi abuelo al momento de hablar o intentar contarnos sobre la guerra. Ese silencio como una manifestación de un dolor y trauma por lo visto y ocurrido en el Chaco, cuando él tenía 17 años.

Parte de la película es la sensación sonora del silencio. Cuando era muy niño íbamos a visitar a mis abuelos, la comida grande. En un momento, se dividía: los hombres se iban a un lado, las mujeres, a otro. Yo era niño y podía circular en los dos espacios. Mi abuelo materno fue a la guerra, se reunía con su hermano y sus yernos, y siempre surgía la pregunta de la guerra. Entonces comenzaban a contar de la guerra, de una manera jocosa en principio: “nos bañábamos en kerosene”, “dormíamos debajo de los autos que era el lugar más fresco”, “nos bañábamos en barro”, “teníamos que tomar orín porque no había agua”. Después comenzaba un silencio profundo, porque esos cuerpos comenzaban a recordar todo aquello. Ahí comenzaba el silencio, el llanto silencioso: de mi abuelo y de su hermano, comenzaban realmente a recordar.

Mi abuelo cayó prisionero y estuvo preso en Paraguay, era tanguero, tenía cierta charla, había ido a primaria y secundaria, tenía ventajas. Fue sirviente de un general u oficial paraguayo. Comenzó a tener mejor trato porque les enseñó a bailar tango a las hijas de este oficial y a la familia para los quince años de la chica. Se reía mucho, mostraba la herida de bala.

Mi hermano me dijo, después de la película, “tu pregunta sí tenía sentido”. Toda la juventud boliviana de esa época es gente muerta, gente que ha vuelto con traumas muy fuertes, han regresado mutilados, del espíritu, del alma, se ha enfrentado a la muerte de una manera muy cruel. Esas personas han construido Bolivia.

Las narrativas oficiales dicen que, a partir de ahí, enarbolaron lo que es hoy Bolivia. Bueno, sí: es gente mutilada, gente con mucho trauma, que construyó familias disfuncionales. Las que sufrían eran sus compañeras y sus hijos. Esa es una sociedad que se va forjando a partir de una guerra.

Sucede hasta el día de hoy, cuando van a hacer el servicio militar y el militar hace la burla del quechua, de aquel que no puede hablar el castellano bien. Entonces, lo que hace es anular una cultura, una persona a partir de su lengua. Comienzan a aprender esa jerga militar, una actitud muy machista, misógina, violenta. Ese es el problema de no entender un país.

Hay un debate sobre el punto de vista. La evocación de mi abuelo lo que propone es una historia y una ficción. Se proponen imaginarios. La narrativa oficial es el sentido patriótico, la construcción de héroes y yo voy a contramano porque necesito otro punto de vista. Hago preguntas porque no creo que lo que me han dicho es verdad. Mucho de nuestro trabajo está en desconfiar de las imágenes, “necesito la otra parte”. Necesitas desconfiar.  

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