México: la violencia llegó al territorio de los sueños

por Luis Enrique Aguilar

México

Invitaron a Luis Enrique Aguilar a que fotografiara la fiesta de Santa Magdalena en Aldama, México. Había rumores de conflictos, sin embargo, aquella vez todo salió bien, incluso los del pueblo de San Andrés llevaron su santo a saludar a sus vecinos de Aldama. Entonces no lo sabían, pero esa sería la última vez, después de aquella noche estalló la guerra interna. Con ella se generó una espiral de violencia, se multiplicaron los desplazamientos y los muertos. Luis se propuso entender qué y cómo sueñan quienes viven rodeados de violencia durante mucho tiempo. Lo suyo es una etnografía de la espiritualidad en tiempos tormentosos, hecha de un modo onírico, mediante rituales y con su cámara fotográfica.

Luis nació en el Distrito Federal, pero hace 19 años que llegó a Chiapas conmovido por el movimiento zapatista y por las enseñanzas de su tío, un antropólogo que lo introdujo en el mundo indígena. Busca “poder comunicar, cómo los pueblos originarios tienen una construcción interna, ritual y psicológica que es muy diferente a la de las ciudades, siendo esa una de sus grandes fortalezas en todos los pueblos originarios de América”. A diferencia del “sistema occidental”, para el originario soñar es una parte de la vida, tanto como trabajar o cocinar. En los sueños, además, hay mensajes claros que los guían, ayudan a sobrevivir.

En un comienzo, Luis no quería tomar fotos propias en Chiapas por temor a ejercer extractivismo cultural: las historias de Chiapas debían ser tomadas y contadas por chiapanecos, dice. Por ello impartió talleres y participó en colectivos. Después de casi dos décadas, se decidió a avanzar con su propio proyecto sobre esta región, pero con un punto de vista claro y explícito: mostrando cómo se comporta un foráneo cuando ingresa al mundo indígena. Aunque ese foráneo lleve dos décadas viviendo allí, Luis Enrique sigue sintiéndose así, y habla de las personas que fotografía con el respeto de un eterno aprendiz. 

Tu trabajo va de los conflictos sociales al territorio de lo espiritual.

Toda la vida tuve dos intereses importantes: el movimiento social y la ritualidad humana. Terminé viniendo en 2002 a Chiapas atraído por el zapatismo principalmente. Soy de la Ciudad de México. Estudié fotografía en la Escuela Activa de Fotografía y terminando la escuela, un amigo me dijo “vente a Chiapas” para realizar el servicio social. Para ese entonces yo ya tenía mis primeras referencias del fotoperiodismo de México y tenía ganas de irme hacia esa ruta. Aunque ya habían pasado unos cuantos años desde el levantamiento zapatista, el movimiento todavía estaba fresco.

Fue entonces que me vine para acá con la intención de conocer el zapatismo. En la Ciudad de México leíamos todo lo relacionado con el tema y las diversas opiniones de los medios de comunicación, por lo que me interesó estar en la zona de los acontecimientos para poder tener mi propia opinión. Acá me empecé a relacionar con distintas organizaciones sociales, con la idea de aportar mi trabajo. 

¿Y la inquietud por lo espiritual, cómo surge?

Tengo un tío que es antropólogo, que se llama Víctor Sánchez. La convivencia con grupos indígenas de México ha sido una de sus principales actividades. Se involucró con las comunidades nahuas y wixárika, sumergiéndose en su ritualidad indígena de donde aprendió otra forma de relacionarse con el mundo. A lo largo de su vida se ha interesado por el desarrollo humano, abordando su estudio también desde el lado de la psicología además de la antropología, con lo que ha desarrollado un método donde se encuentran la ritualidad indígena con el mundo moderno, en una versión en la que revisa cuáles son los puntos de contacto más fuertes para alguien de ciudad que no tiene ese tipo de relación con la ritualidad. Entonces, desde niño me siento muy cercano a los pueblos indígenas, a la ritualidad, a la forma en que los pueblos originarios se conectan con la naturaleza y cómo encuentran un sentido a la vida.

Mi abuelo era socialista. Cuando yo vivía en casa de mi abuela había mucha literatura socialista, en paralelo tenía al tío Víctor. En la adolescencia tuve un momento de conflicto porque yo leía autores marxistas y de algún modo pensé que se oponían a mi forma de entender lo espiritual.

Al final, me fui dando cuenta de que este tipo de ritualidad no compite, no choca con la ideología o la religión. Para mí es como la psicología primaria: poderse encontrar con la naturaleza y a través de la naturaleza –que no tiene un ego y no responde a tus propias necesidades– empieza a emerger una percepción diferente.

Considero que los seres humanos podemos tener en una vida espiritual sin fe, sin dioses, con una ritualidad, una espiritualidad más conectada con los tiempos que vivimos. Ya tenemos ciencia, pero los seres humanos seguimos tropezando con nuestra psicología. Para mí, este tipo de ritualidad es lo que más me centra, nos dispone a valorar otras cosas. Y aquí en Chiapas están los dos puntos muy fuertes: el mundo ritual o espiritual y el movimiento social. Que para mi de alguna manera están ligados. 

¿Cómo se empezó a reflejar eso en tu trabajo?

Prácticamente todo mi trabajo tiene un enfoque social y de alguna manera espiritual; a pesar de ello, refiriéndome a la espiritualidad, yo decía que era prácticamente imposible plasmar lo que pasa en estos momentos rituales porque son introspecciones. Sin embargo, realice Ofrenda justamente como parte de un ritual.

Por ejemplo, los wixárikas comen peyote en sus rituales. Nosotros decimos: “Bueno, no somos de los pueblos originarios, no tenemos esa cultura que lleva el ritual a cierto lugar interno. Las drogas las hemos usado normalmente para divertirnos en lugar de conectar con las cosas. Más bien las usamos para desconectar”.

Empezamos a plantear que podemos alcanzar estados alterados de conciencia sin el consumo de drogas. Y tenemos distintos rituales. Uno que en este trabajo de Ofrenda se refleja es el entierro del guerrero. Hacemos un hoyo en la montaña, nos metemos ahí a pasar la noche hablando con la tierra arreglando asuntos del alma. Es un ritual que ayuda muy bien al cierre de ciclos, introspecciones. 

¿Y la construcción tuya del vínculo con las comunidades fue sencilla?

Chiapas era un espacio muy complicado para fotografiar: en las comunidades indígenas estaba prácticamente prohibido, aunque hoy se empieza a abrir un poco.

Uno de los mitos es que les roban el espíritu cuando tomas una fotografía o el de que cualquiera que entra y toma una foto tiene un benéfico económico después con esas fotos. Es una combinación entre las creencias de distintos tipos pero en el fondo creo que está mezclado de las complejidades sociales de Chiapas

Yo creo que también los Altos de Chiapas han sido una zona conflictiva desde la conquista. Ha habido varias sublevaciones: la más conocida de nuestros tiempos es la del 94, además tienen un mundo muy complejo. Realmente es complicado entender, porque no puedes reducir a todas las zonas indígenas como si fueran una sola: hay grupos, hay diferentes creencias. De hecho, hay muchos grupos que están enfrentados dentro de las comunidades y de ahí también nace el paramilitarismo. 

 ¿Y tu experiencia personal cómo fue?

Me invitó la comunidad de Aldama hacer un registro fotográfico de las fiestas tradicionales. Me acuerdo que la primera vez que fui ya se escuchaban rumores de “¡No! Va a empezar la guerra. ¡Hay problemas!”. Y de hecho, esa fue la última fiesta donde santos de comunidades vecinas llegaron a saludar a Santa Magdalena porque estalló el conflicto y ya los pueblos no se buscan, no se encuentran. Se está destruyendo el tejido social entre las comunidades.

Hay un personaje principal que conocí que se llama Cristóbal Santis. Cristóbal es un guardián de las tradiciones que, aparte, tiene su conexión con el mundo mestizo. Son de los que tienen un pie bien puesto en el mundo occidental y un pie bien puesto en su comunidad. Son de los que ayudan a negociar cosas, un puente entre culturas. Lamentablemente ahora es un preso político por apoyar a los comuneros desplazados por el conflicto

Gracias a Cristóbal yo ya estaba con las puertas abiertas en la comunidad, empecé a visitar, visitar, visitar para hacer fotografías y tratar de entender mas. 

¿Y el hecho de ser un foráneo cómo influyó en esa búsqueda?

Yo llevo fotografiando Chiapas muchos años. Al principio me negaba porque cuando llegué a Chiapas me di cuenta de que el extractivismo que existe es tan fuerte que la mayoría de las historias que se cuentan de Chiapas no son de chiapanecos. Formamos un colectivo y empezamos a hacer talleres para que los propios chiapanecos contaran sus historias. Actualmente estoy haciendo un trabajo porque creo que después de 19 años de vivir aquí ya tengo una opinión muy clara.

Ahorita estoy trabajando en un proyecto sobre los Altos de Chiapas. En el trabajo estoy asumiendo muy claramente que soy de afuera. Un caxlan, que es como llaman de forma peyorativa a los mestizos. De hecho, el proyecto se llama Caxlan, asumiendo muy claramente mi rol social en medio de este territorio. Y de ahí va avanzando el discurso y las reflexiones. 

Volviendo a los dos polos de trabajo, el mundo espiritual y el mundo físico, ¿Cómo se mezclaron ambos en tu proyecto?

Cuando el conflicto empezó a crecer, vi que ambas cosas estaban relacionadas. Por un lado los sueños, un mundo que es fundamental para los pueblos originarios en general. Para ellos el mundo de los sueños y el mundo diurno están unidos: en los sueños hay mensajes claros de qué va a pasar, premoniciones. Ahí es donde digo “quiero ver qué están soñando estas personas en medio de balaceras y desplazamiento”. Y así se fue creando la idea de reunir las dos cosas.

También era un momento muy claro para poder comunicar cómo en los pueblos originarios la construcción interna ritual y psicológica es bien diferente y eso es lo que para mí es una de las grandes fortalezas de los pueblos originarios de toda América.

Esta espiritualidad es muy pragmática. Es parte de la vida: cocinar, soñar, trabajar, ir a la escuela. Los que estamos educados en el sistema occidental o blanco, o como sea que lo llamemos, lo que hicimos fue confinar la espiritualidad a los domingos y lo separamos de la vida cotidiana.

En los pueblos el momento de comer era un ritual, el momento de bañarse en el temazcal era un ritual, pero no ritual como lo entendemos ahora en esta época New Age. Para nosotros es como que vamos al temazcal y nos vestimos de blanco, algunos cánticos, nos ponemos collares: hacemos una parafernalia, hacemos una actuación de ritualizar. En los pueblos originarios el ritual es cotidiano. Para mí ritualizar tiene que ver cómo colocas tu atención sobre el acto que estás haciendo.

Yo creo que lo que conocemos como ‘pensamiento occidental’, es un pensamiento sobre consumo; las cosas dejan de ser rituales, los objetos, la comida, los amigos, incluso la borrachera. Y siento que en las grandes ciudades hemos perdido eso de ritualizar. Hasta puedes pagar tu perdón. 

Claro, y allí sueñan que se tienen que ir para sobrevivir.

Sí, pero curiosamente este pueblo no se va; está aguantando. De hecho, vino la gente de la ONU y no les pareció grave la situación, porque lo que está sucediendo es un tipo de desplazamiento que le llaman ‘intermitente’. Cuando empiezan las balaceras todo el mundo huye a las montañas donde acampan. Están resistiendo, pero apenas se puede regresan porque no quieren perder sus casas, sus terrenos, cosa que los pone en un peligro más extremo. Pero sí: a través de los sueños les están diciendo ‘ten cuidado, vas a morir o va a morir a alguien’. Es una forma de estar alertas. 

¿Cómo se origina el conflicto en este pueblo en particular?

Eso es muy complejo de entender. Aquí todos nos preguntamos cuál de las teorías puede ser, pero hay hechos claros. Uno es que en los noventas, cuando el movimiento zapatista crece, una de las estrategias del gobierno que se ve en una bronca, porque cada vez se están sumando más indígenas al movimiento es crear nuevos municipios.

A San Andrés que era un bastión zapatista le crearon nuevos municipios que les entraba dinero directo del estado y eso ayudaba a mitigar la insurrección.

Chenalhó también tiene su historia: así como San Andrés era muy zapatista, en Chenalhó existen también algunos simpatizantes del zapatismo, pero en su mayoría no lo son. De hecho de ahí salen los paramilitares que hacen la matanza de Acteal.

Los paramilitares de ahora son, dicen, grupos de corte paramilitar dado que no se puede comprobar que hayan sido capacitados por las fuerzas militares. Lo que sí es un hecho es que son familia, que son contactos y conocidos de los paramilitares de los 90. Las armas que se usaron para la matanza de Acteal nunca se encontraron.

En el caso de Aldama y Chenalhó existen discrepancias sobre los límites de cuando se crearon los nuevos municipios, pero históricamente un río que divide las comunidades ha sido la frontera por generaciones

Ese es el conflicto primero por el que se activa todo, aunque de fondo es muy raro porque estos grupos armados de Chenalhó no sólo tienen conflicto con Aldama, sino contra otras comunidades que están alrededor y son los que están armados, son los que están cometiendo las violencias. 

Volviendo al tema de la fotografía y los sueños, Jorge Panchoaga nos decía en una entrevista que la sociedad condenaba a la fotografía a solo tener que reproducir la realidad y que el desafío era cómo fotografiar lo que no se puede ver. Da la sensación de que te estás alejando de ese mandato de reproducir la realidad visible.

Creo que antes tenía ese mandato de reproducir lo que llamamos realidad súper amarrado. Casi que ni platicaba con mis amigos de la ritualidad que aprendí de niño. Me iba a la montaña con mi familia, con la gente con la que hacía mis ofrendas y luego regresaba a mi vida cotidiana. No era algo que compartiera mucho. Cuando de pronto dije “bueno, voy hacer un proyecto sobre esta importante parte de mi vida”, al principio me sentía muy incómodo. Fui a hacer rituales para pedir permiso de hacerlo.

La imagen que me ayudó mucho es la del Nierika. Digamos que comúnmente, como lo conocemos los mestizos, Nierika son unos pequeños cuadros de estambre que hacen los wirarikas. Los hacen como ofrenda antes de ir a una peregrinación plasmando lo que esperan encontrar o después de estas, sobre las visiones que recibieron.

Entonces dije “bueno, le voy a entrar por ahí, voy a crear mis Nierikas”: imágenes que viven dentro de mí, que me dan dirección y ritualizan el camino al que quiero ir, imágenes de lo que quiero encontrar en estos rituales. 

Primero fotografiaste tus propios rituales íntimos en Ofrenda, pero luego lo compartiste reconstruyendo los sueños de otros. ¿Cómo hiciste para convertirlo en algo colectivo, y que otras personas te cuenten sus sueños?

Es muy complicado que alguien te cuente. Por ejemplo, en algunos de los pueblos originarios no se menciona nunca la palabra diablo. Nombrar el mal es invocarlo, atraerlo. Pasa lo mismo con las pesadillas y en tiempos de guerra los buenos sueños escasean.

Ahora están llegando bastantes periodistas a la región. Entonces es rarísimo porque están preguntando datos duros y cuando llega mi turno yo pregunto “oye, yo te quiero preguntar si soñaste”. Hasta los periodistas lo ven fuera de lugar.

Al final yo les explico a los que me conocen que es una forma diferente de comunicar. Entonces me cuentan y de ahí busco crear la imagen que evoque lo del sueño que están contando.

El proyecto está en camino. Todavía no está completamente desarrollado. La idea es poder mostrar el mundo de los altos desde la mirada del foráneo, asumiéndome como el caxlan. Porque, de cierto modo, seguimos colonizando una y otra vez a los pueblos. Incluso yo, que trato de llegar con todo el respeto. Hay un choque fuerte entre las culturas, tenemos que construir puentes.  

¿Por qué decir que estás lejos de comprender?

¡Híjole! Porque la historia y las cosas que han pasado, las desventajas, la desigualdad que ha habido en Chiapas es tan grande, más con un pueblo que ha tenido más de 500 años de resistencia. Entonces, para mí es importante asumir que yo apenas tengo 19 años tratando de entender estas cosas.

Donde sí creo que nos unimos todos, donde creo que no hay barreras, es en la ritualidad. Porque cuando uno está en medio de un ritual todos somos iguales, todos estamos desnudando nuestro espíritu enfrente del ritual y así lo vamos trayendo al cotidiano.  

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